Bajo una sudadera blanca y las inclemencias del sol, la masajista camina kilómetros en la arena buscando clientes para ofrecer sus masajes en la espalda, cabeza y cuerpo
¿Te quedas fuera de la conversación? Mandamos a tu correo el mejor resumen informativo.
En semanas recientes México ha vivido momentos críticos en su seguridad, que han implicado un llamado a la cohesión social y nos han recordado que, ante los desafíos económicos, sociales y de seguridad, el país necesita unidad. Sin embargo, en contraste con ese ánimo colectivo, el gobierno federal ha decidido insistir en una reforma electoral que, lejos de fortalecer la democracia, genera profunda preocupación.
La propuesta promovida por Morena plantea modificaciones que afectarían la autonomía del Instituto Nacional Electoral, una institución que durante décadas ha sido pieza clave en la transición y consolidación democrática. Debilitar sus capacidades técnicas y su independencia significaría alterar el equilibrio que garantiza elecciones libres, competitivas y confiables.
La democracia no se reduce al triunfo de una mayoría. Su esencia radica en la protección de las minorías, en la existencia de contrapesos y en la certeza jurídica para todos los actores políticos. Una reforma que concentre poder y reduzca espacios de representación no moderniza el sistema. Lo tensiona. Y en un país con nuestra historia, cualquier paso que debilite la pluralidad debe analizarse con extremo cuidado.
Llama la atención que la propuesta ni siquiera haya logrado respaldo unánime dentro del propio bloque oficialista. Cuando una reforma de esta magnitud genera reservas internas, es evidente que no existe consenso suficiente para modificar las reglas fundamentales del sistema electoral. Las reglas del juego democrático no pueden cambiarse desde la lógica de la coyuntura.
Mientras tanto, México enfrenta prioridades urgentes. La inseguridad continúa afectando a miles de familias, la inversión requiere certidumbre y la economía necesita estabilidad institucional para crecer. Destinar energía política a una reforma que divide, en lugar de atender los problemas más apremiantes, parece una decisión desconectada de la realidad cotidiana de la ciudadanía.
Desde el PRI nuestra postura es clara. No se respaldará una reforma que debilite la autonomía electoral ni que ponga en riesgo la representación plural. Si el país va a discutir cambios en materia electoral, estos deben orientarse a fortalecer la participación ciudadana, mejorar la eficiencia institucional y consolidar la confianza pública, no a concentrar poder.
Hoy México necesita concordia y responsabilidad. Las reformas deben ser herramientas para unir y para perfeccionar nuestras instituciones, no para erosionarlas. Defender la autonomía del árbitro electoral y la pluralidad de las fuerzas políticas es defender el derecho de la ciudadanía a que su voto cuente en igualdad de condiciones. Ese es el verdadero compromiso con la democracia que demanda nuestro país.