Este año, la entrega de los Grammys estuvo marcada por los discursos y mensajes que resonaron con fuerza contra políticas que afectan a millones de personas. Lo que podría haber sido una noche estrictamente musical se transformó en un acto de denuncia colectiva.
Profesor de Derecho Civil y Derecho Familiar de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Autónoma de México
Con almuerzos y trajes de baño listos, decenas de personas acudieron a refrescarse en la recientemente rehabilitada alberca del parque Melchor Ocampo de Cuernavaca
La Profepa impuso una clausura total en el ejido de Palo Grande, Miacatlán, luego de detectar la remoción ilegal de vegetación nativa para el cultivo de agave. Se perdieron ejemplares de cazahuate y guamúchil
Desde hace cinco décadas la familia Rosas realiza los tradicionales Judas que se queman en Sábado de Gloria; este año agregaron figuras con uniformes de equipos de futbol y personajes de cómics y películas
Familias acuden a la fuente de Civac, en Jiutepec, a divertirse y refrescarse durante este viernes de Semana Santa; el espacio seguirá operando el resto de la semana
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Desde que el ser humano descubrió que podía narrar el mundo con pigmentos en una cueva, con versos en un pergamino o con acordes en una plaza pública, el arte ha sido mucho más que entretenimiento, ha sido resistencia. El arte fue, desde su origen, una forma para entender el mundo, confrontar el miedo y la incertidumbre. Más tarde, cuando las civilizaciones construyeron templos y palacios, sirvió tanto al poder cuanto a su cuestionamiento. Incluso bajo la vigilancia de imperios y dogmas, siempre hubo una grieta por donde se filtró la crítica.
Durante la Edad Media, el arte europeo estuvo subordinado a la teología y al orden feudal; pero el Renacimiento, al colocar nuevamente al ser humano en el centro del universo, rompió esa verticalidad simbólica. El hombre dejó de ser una figura diminuta ante lo divino para convertirse en medida del mundo.
Con el paso de los siglos, cada momento histórico encontró en el arte su espejo y su altavoz. El romanticismo reaccionó contra la frialdad racionalista exaltando la emoción como verdad. El realismo denunció las miserias de la industrialización. El muralismo mexicano, tras la Revolución, convirtió los muros públicos en libros abiertos para el pueblo, narrando la explotación, la lucha agraria, la dignidad indígena.
En el siglo XX, la música asumió con especial fuerza ese papel de denuncia. El blues nació del dolor de la experiencia afroamericana; el jazz rompió jerarquías culturales; la canción de protesta en los años sesenta acompañó marchas por los derechos civiles y cuestionó guerras lejanas que cobraban vidas jóvenes. Más tarde, el punk gritó contra el desempleo y la desesperanza; el hip hop emergió en barrios marginados como crónica rítmica de exclusión y supervivencia.
En esa larga tradición de creación y crítica social se inscriben los premios más mediáticos de la industria musical contemporánea, los Grammy. Entregados por la Academia Nacional de Artes y Ciencias de la Grabación (Recording Academy), los premios reconocen —desde 1959— la excelencia artística y técnica en la música grabada. Es un espectáculo televisivo, y un termómetro cultural. Lo que se premia, lo que se ignora y lo que se aplaude desde el escenario revela tensiones profundas de nuestra sociedad.
Pero, ¿qué pasó en los Grammys? Lo que ocurrió fue algo recurrente en la historia del arte, la ceremonia se convirtió en tribuna. Artistas aprovecharon el foco global para hablar de guerra, migración, racismo, violencia de género, diversidad sexual y libertad de expresión. Los discursos de agradecimiento mutaron en manifiestos.
Al recibir Canción del Año por “Wildflower”, Billie Eilish alzó la voz con palabras que trascendieron el arte, “Nadie es ilegal en tierra robada”. A su vez, Bad Bunny, brotando emoción tras ganar el premio a Mejor Álbum de Música Urbana y la histórica distinción de Álbum del Año por Debí Tirar Más Fotos —el primer álbum completamente en español en conseguirlo—celebró su triunfo artístico, transformando en una llamada a la humanidad: “Antes de dar gracias a Dios, voy a decir: ICE fuera. No somos salvajes, no somos animales, no somos aliens. Somos humanos y somos americanos”.
No fueron voces aisladas. Olivia Dean, al recibir el premio a Mejor Artista Nuevo, recordó con orgullo sus raíces: “Estoy aquí como nieta de un inmigrante… soy producto de valentía, y esas personas deben ser celebradas”. Otros artistas, como Kehlani y SZA, sumaron palabras de solidaridad con las comunidades que la política migratoria ha impactado, y muchos asistentes lucieron el pin de protesta incluso en la alfombra roja
No es nuevo. En distintas ediciones, figuras de la música han cuestionado al poder desde ese escenario. Recordemos cómo la industria ha debido reconocer géneros históricamente marginados —como el rap o la música latina— y cómo, a la par, ha sido criticada por reproducir desigualdades estructurales, brechas de género, discriminación racial o invisibilización de escenas independientes.
Los Grammys, como cualquier institución cultural, están atravesados por contradicciones. Son industria y son arte; son espectáculo y son discurso. Premian millones de ventas, pero también celebran propuestas arriesgadas. En ese equilibrio frágil se juega la legitimidad simbólica.
Lo que ocurrió fue la reiteración de una verdad histórica. El arte no puede separarse de la realidad social que lo produce. En un mundo fracturado por conflictos bélicos, crisis migratorias, desigualdades económicas y retrocesos democráticos, los escenarios globales se convierten en espacios de interpelación ética.
Las exigencias que resonaron —explícita o implícitamente— tienen que ver con derechos humanos fundamentales, igualdad sustantiva entre mujeres y hombres; respeto a la diversidad; protección a comunidades racializadas; libertad creativa sin censura; condiciones laborales dignas para quienes viven de la música; paz frente a la violencia estructural y armada.
Los Grammys, como el arte, reiteramos que son un espejo. Reflejan el estado de nuestra cultura, y al mismo tiempo, la moldean. Un artista convierte su micrófono en conciencia, y se transforma en un acto político. El arte nació para contar lo que duele y lo que sueña. En las notas hay memoria; en la canción, una posibilidad de revolución íntima. Se logró que millones escucharan las demandas de justicia y dignidad, entonces lo que pasó fue algo más que un premio, fue la confirmación de que la música, todavía, puede ser un acto de resistencia, la dignidad humana no es negociable y que la imaginación es, en sí misma, un acto de libertad.