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Esta semana, las campañas electorales en Gómez Palacio alcanzaron un nuevo nivel de confrontación, lejos de un debate de ideas o propuestas, lo que está predominando es la guerra sucia. Y como suele suceder en estos casos, la desesperación tiene rostro y color. Raúl Antonio Meraz Ramírez, candidato de la coalición PRI–PAN a la alcaldía, denunció públicamente la aparición de volantes con su imagen y la del gobernador Esteban Villegas Villarreal, en un intento evidente por desinformar y sembrar suspicacias.
La estrategia es burda pero no ingenua; vincular al gobernador con la campaña del candidato de la alianza Unidad y Grandeza para dar la impresión de un uso faccioso del poder estatal, lo cual es falso, pero en política, lo importante no es la verdad, sino el efecto. La aparición de estos volantes en calles y redes sociales ocurre justo cuando la contienda avanza, lo que no deja lugar a dudas sobre la intención.
¿Quién los está distribuyendo? ¿Por qué ahora? ¿Quién se beneficia del daño? Las respuestas no son difíciles de intuir. Cuando una candidatura crece y se consolida, como parece ser el caso de Raúl, los adversarios entran en pánico. Es el guion clásico, cuando no se puede competir en el terreno de la propuesta, se recurre a la difamación. Y el nivel de ataque indica que del otro lado están sintiendo pasos en la azotea.
Pero lo que realmente llama la atención es el uso de la imagen del gobernador. Incluir a Esteban Villegas en una estrategia de guerra sucia no sólo es ruin, sino peligroso. El gobernador ha sido claro en mantenerse al margen del proceso electoral, como corresponde a su investidura. Usar su imagen para crear confusión es no sólo una falta de respeto, sino una provocación directa.
Vale la pena preguntarse: ¿qué tan débil debe estar una campaña para recurrir a estas tácticas? El daño a las bardas de Meraz Ramírez, la circulación de volantes anónimos y las campañas negras en redes sociales forman parte de un mismo patrón. La intención no es convencer, sino asustar, confundir, debilitar la confianza ciudadana. Pero a veces, cuando se empuja demasiado, se consigue el efecto contrario.
En vez de afectarlo, lo que ha logrado esta campaña sucia es colocar al candidato del PRI-PAN como víctima de una guerra desigual. En política, los ataques a veces son la mejor prueba de que vas ganando. Y el hecho de que hayan involucrado al gobernador en esta narrativa de lodo sólo refuerza esta idea.
En este sentido, la respuesta de Raúl Meraz ha sido firme; deslindarse y denunciar. No caer en la provocación es, quizá, lo más inteligente en este punto. El candidato sabe que el juego sucio sólo lo puede enfrentar con altura, estrategia y una narrativa de respeto a la legalidad. Quien pierde los estribos en campaña, pierde también el control del electorado.
Mientras tanto, las autoridades electorales deberían tomar nota. La aparición de propaganda apócrifa, la destrucción de espacios de difusión y el uso de imágenes no autorizadas son prácticas que deben investigarse. No basta con que los afectados denuncien; el árbitro debe actuar para que el proceso no se contamine más.
Por ahora, la ciudadanía debe estar atenta. La mejor respuesta a la guerra sucia es el voto informado. Y a los candidatos, que no se dejen provocar. Porque como bien lo dijo Raúl Meraz, cuando lo único que te queda es el lodo, es porque ya no tienes nada más que ofrecer. Y en Gómez Palacio, la gente ya lo está notando.