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Análisismiércoles, 7 de febrero de 2018

Columna liberal

“El alma es el todo del hombre; que para que nazca, en realidad tiene qué morir, que la tierra es sólo su lugar de exilio y el cielo su tierra de origen”.

Los ritos funerarios de la masonería

Ningún masón puede ser enterrado según la formalidad de la Fraternidad, de no ser por su propia solicitud o de algún familiar comunicada al dirigente de su logia de la cual murió siendo miembro.

En virtud de ser amplios los diálogos entre los oficiantes, destacamos sólo algunos fragmentos de los rituales, en esta ocasión dentro del recinto de la logia.

El hombre camina en una vanidosa sombra, amasa riquezas y no puede saber quién las recogerá. Maestro: ¡Padre Todopoderoso! En tus manos dejamos con humilde sumisión el alma de nuestro hermano que ha marchado. Respuesta: Amén, que así sea.

Después de que el Prelado haya terminado el servicio religioso de la Iglesia, el servicio Masónico deberá comenzar.

Hemos sido llamados de nuevo a considerar la incertidumbre de la vida humana, la certeza inmutable de la muerte y la vanidad de todas las búsquedas humanas.

Decrepitud y decadencia están escritas sobre las cosas vivas. La cuna y el féretro se yerguen en yuxtaposición el uno con el otro y es una verdad melancólica que en cuanto empezamos a vivir, en ese instante también empezamos a morir.

Mientras arrojamos la compasiva lágrima sobre la tumba de nuestro hermano difunto, cubramos sus faltas cualesquiera que hayan sido con el ancho manto de la caridad masónica.

Este último concepto es similar al que expresaban los iniciados griegos cuando afirmaban “Soy un niño de la tierra, pero mi raza es de los cielos estrellados”.

Todo lo anterior es sólo un esbozo de los ceremoniales de los rituales de las ceremonias con que los masones despiden a sus hermanos que fallecen.

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