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Análisismiércoles, 30 de julio de 2025

Crónicas sin filtro

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Y después del aborto… solo quedó el eco

Durante días no comió, no durmió. Su mundo, antes lleno de metas y libros, se llenó de miedo. ¿Qué iba a hacer? ¿Cómo iba a decirle a su madre? ¿Qué dirían en la universidad? ¿Cómo iba a criar un bebé si apenas podía sostenerse a sí misma?

Buscó respuestas en internet. Encontró foros, clínicas, recomendaciones. Leyó que era su cuerpo, su decisión. Se aferró a eso. Era su derecho. Pero el derecho no quitaba el vacío. No calmaba el miedo. No sanaba la soledad.

Cuando salió, llevaba puesta la misma ropa, pero ya no era la misma persona. Caminó tres cuadras sin saber hacia dónde. En su vientre ya no había nada. Pero en su pecho había un silencio nuevo, oscuro, insoportable.

Esa noche, no pudo dormir. Escuchaba un llanto imaginario. Sentía punzadas en el abdomen y en el alma. En los días siguientes, sangraba sin parar. Tuvo fiebre, escalofríos, miedo. Pero no fue al médico. ¿Qué iba a decir? ¿Cómo iba a explicarlo? Nadie sabía. Nadie debía saber.

Volvió a clases como si nada. Fingía. Reía en los pasillos. Entregaba tareas. Pero por dentro, se hundía. Empezó a tener pesadillas. Soñaba con un bebé abandonado, con una cuna vacía, con una voz que le decía: “¿por qué?”.

Las secuelas no eran visibles, pero la estaban matando. Perdió peso. Lloraba en el baño de la facultad. Se alejaba de sus amigas. Ya no toleraba los sonidos de un ultrasonido en prácticas. Ver a una embarazada la hacía temblar. Se odiaba por lo que había hecho, pero no se perdonaba por no haber tenido otra opción.

Una noche escribió en su diario: ‘He matado una parte de mí y no sé si alguna vez podré recuperarla’. Ese fue el día en que su madre la encontró desmayada. Había tomado pastillas. Muchas. No quería morir… solo quería dejar de sentir.

La internaron en un hospital psiquiátrico por riesgo suicida. Diagnosticada con depresión postaborto, trastorno de ansiedad y síndrome de duelo no resuelto. Le dieron medicamentos, terapia, pero lo que más necesitaba era un abrazo que le dijera: ‘No estás sola’. Nunca lo tuvo.

En el grupo de apoyo escuchó historias similares. Mujeres que abortaron por miedo, por presión, por abandono. Ninguna se sentía libre. Ninguna había salido ilesa. Y en ese espacio, por fin, Camila lloró. Gritó. Se permitió sentir lo que durante meses había silenciado: tristeza, culpa, miedo, rabia, amor, duelo.

Hoy Camila tiene 25 años. Trabaja como enfermera en una clínica de salud comunitaria. Ayuda a otras mujeres. Escucha sin juzgar. Acompaña con empatía. Porque sabe que abortar deja marcas. No siempre visibles. No siempre aceptadas. Pero marcas al fin.

Y aunque ha sanado en muchos aspectos, todavía hay noches en que se pregunta cómo habría sido todo si alguien la hubiera sostenido. Si hubiera sentido apoyo. Si no hubiera tenido que decidir sola. Si el Estado ofreciera alternativas reales. Si la sociedad dejara de callar el dolor postaborto.

Porque nadie habla de eso. Del insomnio. De los flashbacks. Del vacío existencial. De las relaciones que se rompen. Del cuerpo que recuerda. Del alma que grita. Del estigma. Del juicio. De la vergüenza. Del silencio.

Esta historia no es única. Pero sí es verdadera. Tan verdadera como los nombres que no se dicen. Como los gritos que no se escuchan. Como las mujeres que caminan con una cicatriz que nadie ve.

Esta es una historia muy real de vida. Acude a centros e instituciones como Fundación Beleshka para una atención integral y cualquiera de nuestros servicios que ofrecemos como: Psicología, tanatología, asesoría legal gratuita, psicopedagogía, nutrición, orientación vocacional, escuela para padres, educación especial y psicosocial.

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