De la indefensión aprendida a la indolencia manifiesta
Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad de quien las emite y no de esta casa editorial. Aquí se respeta la libertad de expresiónEn la última colaboración, en este mismo medio, comentaba a cerca de la experiencia actual del bachiller, visto a la luz de su comportamiento y desempeño en el aula de clases. Al respecto, en las redes sociales recibí variadas manifestaciones relativas al contenido del texto, desde las que aluden a la descripción de los adolescentes y su vivencia en las aulas, su concepción idealista, realista y a veces rebelde, pasando por la remembranza del ambiente escolar cálido que nos abriga, nos reconforta y nos hace sentir parte del entorno, que a veces nos provoca tristeza cuando no salen bien las cosas y volvemos a casa, pero a la vez que nos alegra y que hace que cada día sea una experiencia nueva, que al acumularse van conformando nuestra experiencia escolar.
También, hubo quien comentó que se revivieron momentos de la vida como estudiantes y ahora como docentes, recordando épocas que se vivieron con alegría y que al regresar a ellas se encuentra que hubo una gratificación amplia por haber servido a aquellos estudiantes en el transcurso de esa etapa de sus vidas, lo que implicó entenderlos tal como son, aceptarlos y guiarlos en su trayecto formativo.
Por otra parte, también recibí comentarios acerca de que todos los estudiantes debieran actuar enfocados, interesados y motivados, ya que en la actualidad muchos de ellos no saben lo que quieren y muestran un poco de desánimo. Al respecto, comenté que hay efectivamente, entre nuestros estudiantes, no sólo de bachillerato, sino en secundaria y en el tipo superior, un poco de desaliento e indefensión aprendida, por lo que la labor de los maestros es clave para encauzar, canalizar, reorientar y si es necesario, rescatar a aquellos muchachos que por momento no encuentran su camino.
Es evidente que la inquietud, el idealismo, la rebeldía y la energía a punto de desbordarse de algunos estudiantes, así como la apatía, la desesperanza e incluso la indolencia de algunos otros provoca que muchos maestros tengamos dificultades para planear, organizar y llevar a buen puerto nuestras clases; sin embargo, creo que ambas situaciones bien diagnosticadas y mejor atendidas pueden obrar en logros académicos sorprendentes.
Especialmente, los maestros y los padres de familia tenemos que saber que el problema de la indefensión aprendida es un fenómeno en el que los estudiantes con problemas de aprendizaje se sienten frustrados y se desaniman a aprender, dadas las presiones e incomprensiones que enfrentan cotidianamente, tanto en el hogar como en la escuela, en donde se les expone, se les evidencia y se les hace aparecer como tontos e incapaces en múltiples situaciones.
Así, la indefensión aprendida es vista como una expectativa estudiantil, basada en experiencias previas de falta de control, de que todos los esfuerzos que se hagan por hacer bien las cosas, ya sea en el hogar o en la escuela, conducirán inevitablemente al fracaso, un fracaso muchas veces celebrado por padres y maestros y aprovechado por otros estudiantes para acosar o maltratar a sus compañeros.
Esto significa que muchos de nuestros alumnos aprendieron a ser víctimas indefensas y que al manifestar problemas de aprendizaje también han llegado a creer que no son capaces de controlar o mejorar su propio aprendizaje o de tener dominio de sí mismos y enfrentar las presiones del entorno. Esta creencia es muy poderosa y puede impedir que los estudiantes nunca se esfuercen por descubrir que pueden marcar una diferencia en su propio aprendizaje, por lo que se vuelven pasivos e indefensos, a la vez que vulnerables y prestos a la burla y el descrédito.
Ahora bien, si la indefensión aprendida es un problema, lo es aún un problema mayor la indolencia estudiantil, un fenómeno cada vez más frecuente que hace que los estudiantes ni reaccionen ni se inmuten ante la conducta inadecuada que presentan ante sus padres o maestros y eluden deliberadamente el enfrentamiento directo con los hechos o responsabilidades que los circundan; es decir, están en el ánimo de pensar, decir y hacer el me vale y háganle como puedan, que yo no voy a hacer absolutamente nada.
Esa forma de conducirse por parte de algunos estudiantes, por supuesto que encierra una alta dosis de egoísmo, pues pone al individuo al margen de las consecuencias familiares, escolares y sociales de sus propios actos y no busca ni siquiera asegurar su bienestar o tranquilidad personal. No le importa hacer nada, no piensa en su futuro, no espera nada ni busca agradar a nadie, no tiene ganas de vivir y solo sobrevive porque hay quien se preocupe por él.
Como una pasividad aparentemente inofensiva, la indolencia estudiantil es mucho más peligrosa y difícil que la indefensión aprendida, pues es una actitud nociva y destructiva que debe ser desterrada del comportamiento de nuestros estudiantes. La indolencia actuada, muchas veces de manera no consciente, por parte de los estudiantes, les impide la captación y práctica de valores familiares, escolares, sociales e incluso afectivos, y en casos extremos puede producir parálisis conductual y desvalorización personal, y por supuesto, una baja o nula autoestima e incluso ideación suicida.
Por tanto, dado que la indefensión aprendida y la indolencia estudiantil se presentan en diversas formas, y no siempre una es consecuencia de la otra, es importante que padres y maestros estemos atentos a estas problemáticas y actuemos juntos, de manera responsable y coordinada, para dar a estos estudiantes la atención médica, afectiva y escolar requerida.
Especialmente, en las escuelas los profesores tenemos que dejar de ser aburridos, repetitivos, despóticos e intolerantes; profesores que no tenemos vocación y que tal vez querríamos habernos dedicado a otra cosa; profesores sin motivación y que por ende no motivamos a los alumnos; profesores que dejemos a un lado la mediocridad y la rutina; y lo más importante, dejemos de ser de esos profesores que no le aportan nada a la clase y a quienes sus estudiantes no les importan.
Si queremos que los alumnos piensen por sí mismos, tenemos que fomentarles eso en las aulas desde pequeños. Si queremos que nuestros estudiantes expongan sus propias ideas en clase tenemos que respetarles por ser un poco diferentes y evitar que sean motivo de burla. Si queremos que nuestros alumnos aprecien la ciencia, el arte y la cultura tenemos que hacerlo primero nosotros como maestros. Si queremos que nuestros estudiantes cuando sean adultos sean críticos, creativos, democráticos, responsables y que sepan apreciar la belleza tenemos que dejar de tratarles como a los borregos, pensar que sí tienen cerebro y que son capaces de transformar el mundo en el que viven.