¿Te quedas fuera de la conversación? Mandamos a tu correo el mejor resumen informativo.
Los del pantalón de los domingos y las medias suelas. Los que vestimos las piñatas en Santa Anna y cargamos los peregrinos con Michita o en el hogar de los Domínguez Martínez. Somos los de junto, los que esperan el pan caliente en “La Venturina” de los Miranda y su fiel empleado don Nacho por la calle Costa, y vamos por la leche con las botellas o la olla con Trini Limas por la calle Guadalupe, al otro lado de los abarrotes de su hermano Miguel Limas.
Los Graciano, que vivían al otro lado de esos mismos abarrotes de don Miguel Limas pero por la calle Gómez Palacio; los que compran con Domitilo el carbón para el anafre y la leña para el baño a 30 centavos el kilogramo y a 10 centavos el puño de ocote por la calle de Gómez Palacio, al otro lado de donde vivían Alma Alicia Walkup y Renato Romo Estrada. Y al otro lado Carmelita, que vendía dulces afuera del taller de artesanías de barro, en seguida los lonches de Ramón Serrano, y doña María y su hijo “El Güero” Ortega en Gómez Palacio y Borrego, y su hermana Martha que se casó con Refugio “El Tubo” Vargas.
Doña María se cambió a Guadalupe y Gómez Palacio donde estaba la “Botica Nacional Guadalupana” que atendía con su consultorio médico –sin desatender su visita a las escuelas primarias ya que también se desempeñaba como médico escolar– mi padre, el Dr. José Pedro Palencia Contreras, al cambiar de domicilio a la casa de Zarco 306 sur, entre 20 de Noviembre y 5 de Febrero, propiedad que era de mis abuelos, el Dr. Heriberto Palencia Liceras y doña María Luisa Contreras de Palencia, y que dejaron a sus hijos: mi padre José Pedro y mis tíos Heriberto, Salvador y Luis Palencia Contreras.
Comerciamos con sombreros, zapatos y ropa usada que vendían; los que ocultan la bolita bajo la cáscara de nuez en el Santuario, los que trabajan atrasito de la raya. Somos los de la grasa, joven; los de la tintorería La Moderna que en una camioneta entregaba la ropa limpia y recogía la sucia, utilizando plancha de vapor; los de la Miscelánea “La Maravilla” contra esquina de la Miscelánea Hidalgo de don Ramón Ibáñez en Hidalgo e Independencia, o la papelería de su hijo –del mismo nombre Ramón– en Arroyo y Gómez Palacio “El Milloncito”, a quien el vecindario apodaba “El Santo Niño” por güerito y bien parecido, padre de quien fue subdirector de El Sol de Durango, Jorge Ibáñez Asencio, donde hoy se encuentran los Funerales Flores.
Los de la frutería “La Gardenia” en las calles de Guadalupe y Gabino Barreda con su propietario don Arturo Ibáñez, papá del locutor Arturo, quien se tuvo que ir a Monterrey por su amor con “La Picolísima” quien cantaba –con mucho entusiasmo y afinación– en la Orquesta de Pablo Cisneros. Al otro lado de “La Gardenia”, anexa a la casa familiar por la calle de Guadalupe, estaba la lechería que atendía Raquel, hermana de Arturo Ibáñez. Con el correr de los años “La Gardenia” fue propiedad de don Cornelio, originario de Santiago Papasquiaro, quien le cambió de nombre a “La Pasadita”.
Los de los abarrotes y frutería “La Zacatecana” de don “Pancho” en Guadalupe y Pereyra; los de la lechería de doña Merceditas Quiñones (tía del periodista y escritor Guillermo Favela Quiñones) por la calle de Hidalgo casi esquina con Pereyra; el molino de la calle Borrego donde vivía el ciclista profesional Bibiano González; los de la frutería “La Noche Triste” de Rosendo “Chendo” Ortiz en Coronado e Hidalgo, donde por las noches se convertía en un tugurio donde se jugaba a la baraja. Los del menudo en el zaguán los domingos con Benita por la calle Gómez Palacio, donde hoy está el negocio de tuberías y conexiones de los Ayala.
Somos los respetuosos de los templos Metodistas, “protestantes” les decíamos, y su “Atalaya” que estaban: uno en la calle Independencia entre Pereyra y Gómez Palacio, otro en Zaragoza y Gabino Barreda. Somos los del barrio Guadalupano, “Chago” con su carretón de verduras que a diario ofrecía su mercancía antes de las ocho de la mañana y que servía como despertador a muchas familias, pero a otras molestaba ya sea porque trabajaban de noche o se parrandeaban.
Los que fuimos testigos como Altagracia, de la “Alfarería Parral” por la calle Guadalupe antes de llegar a Pereyra, corrió del hogar al marido porque soñó que la engañaba; los de la también alfarería de los Radatz en la esquina de Guadalupe y Pereyra; los de la miscelánea “Los Laureles” de don Francisco por Guadalupe y Felipe Pescador, cerca del mercadito “Independencia” con sus dos secciones; los de “Las Capuchinas” en la esquina de Borrego y Prolongación Felipe Pescador; los de “La Norteña” de don Juan Galindo en las calles de Borrego y Hernández; los de la carbonería de la calle Borrego casi esquina con Hernández; los del taller de fundición del señor Sierra en la esquina de Ayuntamiento y Gómez Palacio.
Los amigos de los Castro Rochel que vivían por la calle Guadalupe entre Hernández y Prolongación Felipe Pescador y atendían su Hotel Nacozari; los amigos de los Landa por la calle de Bárcena entre Pereyra y Gómez Palacio; los que conocimos a don Fermín Núñez cuando vivía por la calle Gómez Palacio entre Bárcena y Ayuntamiento. Somos los que vimos batallar para su caminar –por la polio– a Juanelo, pero que usaba el brazo flácido como chicote cuando se peleaba, dándole “cran” con el brazo sano.
Somos los que veíamos salir de la vecindad vestidos de luces al puntillero del toreo “El Imposible” por la calle Borrego. Somos los de los bares y cantinas como El Rhin en Coronado e Hidalgo, El Salón París en Gómez Palacio e Hidalgo, La Vencedora de los Molina, primero en Guadalupe y Gómez Palacio y después en Gómez Palacio y Borrego, hoy “El Despacho” frente a los billares “Carrera”, donde jugaban muy a menudo Sergio “La Mécora” Palencia Alonso, “El Fresco” y su hermano Rogelio, “El Fachitas”, “El Willy”, “El Panterita” que se desempeñaba como chofer en un carro de sitio al igual que “El Jamoncillero”; los de la Cantina “Villa del Mar” en Guadalupe y Pereyra, los de El Póker de Ases en Bárcena y Hernández, los de la cantina El Nacozari en Zaragoza y Pereyra.
Los que oyeron cantar en discos de acetato de 45 y 33 rpm a Lola Beltrán, Lucha Villa y Javier Solís; los que vieron llegar a los cafés como el Tupinampa a los chinos por la calle 5 de Febrero, a los de “La Norma” en Hidalgo e Independencia, a los panaderos españoles que hacían el marquesote y chocolate de metate, los que usaron los últimos huaraches de llanta que se vendían en el mercado Gómez Palacio. Somos los que le dábamos cran a los coches Ford, los que comíamos los tacos de doña María en la terminal de los autobuses Ómnibus de México por la calle Francisco I. Madero casi con 5 de Febrero.
Los que saboreamos a todas horas las tortas de la Rica Torta en Independencia y Gómez Palacio, que atendían su propietario don Enrique Caballero y su hija Gloria y donde era lugar de reunión de Óscar y Horacio Palencia Alonso, Guillermo “El Gordo” Herrera, Alfredo y Víctor Ortiz Abascal, Guillermo Favela Quiñones, Francisco “Quico” Sánchez, Jesús “Chuy” Sáenz Hernández y Emilio Caballero, hijo del propietario don Enrique.
Los que presenciamos los matachines de la calle de Rebote de Lucio López con sus dos hijos que eran los monarcas de la danza y que se iban al Santuario de Guadalupe el día 11 de diciembre y regresaban hasta altas horas de la noche del día 12, día de la Virgen de Guadalupe, y entrenaban fuera de la casa de Tomasón Esquivel y sus bellas hijas, Lupita, Marcela y Clara, vecino de la familia del hoy licenciado Raúl Obregón Almodóvar. Los de las gelatinas rosas en aparadores de vidrio a 10 centavos las de leche y a 5 centavos las de agua.
Los que asistimos a los matinés en el Salón Don Bosco del Templo de Santa Anna, o en los cines Principal, Imperio, Victoria u Olímpico; los sábados de estudiante con credencial a un peso la entrada en el cine Imperio, los miércoles en el cine Principal. Somos los de los gritos y chiflidos al cácaro por el cambio de rollo de la película, los acomodadores con su linterna trataban de localizarnos en la sala del cine debido a los golpes que dábamos con los pies en el piso de madera por alguna falla en la exhibición de la película. La época de la crinolina, la motocicleta, la chamarra de cuero, el pantalón de mezclilla Levi’s, la bota vaquera o de motociclista y el peinado estilo Elvis.
Los de las tortas de Juanón a mediodía después de las clases en el Tecno o en el Juárez, instituciones a donde nos trasladábamos en nuestras bicis “Hércules” o “Philips”; los que ascendíamos a saborear el café o la limonada o la nieve o los “pepitos” en Benavides frente a Catedral, donde la planta alta estaba destinada a los jóvenes y sus ligues y la planta baja a los ya profesionistas y personas mayores, donde la marquesina de Benavides sirvió para llevar a cabo los mítines estudiantiles diarios en el movimiento social pro industrialización de Durango en 1966, y en la farmacia de Benavides laboraban Marcela Esquivel y Carolina “Carito” Breceda, atendiendo los perfumes y la caja, respectivamente.
Los que pudimos invitar a la vecina a la galería del Cine Imperio, invitar una paleta de Excélsior o una nieve en el Luby, o un refresco en el Café Nido o en Mi Oficina, o un jugo o licuado o rebanada de pastel en El Pasaje, por la de 5 de Febrero con salida a la calle anexa del Multifamiliar, o en los jugos de don Alfonso Martínez, el mánager de los boxeadores, por 20 de Noviembre casi esquina con Pasteur, o a comer a los restaurantes Riviera, el Guadiana del Hotel Casa Blanca, Posada Durán, El Jardín. O los mayores que tomaban una copa en los tradicionales bares el Belmont, taberna donde se concentraban los músicos, esperando al cliente para llevar serenata o que requería llevar un “gallo”, o en el Country Club con la presencia de su propietario don Óscar Hiram Herrera y sus hijos.