Análisisdomingo, 18 de enero de 2026
Nobleza
Exsurge
ÚLTIMAS COLUMNAS
Más Noticias
COLUMNAS
CARTONES
LOÚLTIMO
Newsletter
¿Te quedas fuera de la conversación? Mandamos a tu correo el mejor resumen informativo.
La palabra que intitula este escrito viene del latín nobilis, que etimológicamente procede de gnosco, conocer, y el sufijo -bilis. Se utilizaba para designar a personas conocidas por su valor, celebres por su virtud o fama. Así, una persona noble puede hacer referencia alguien conocido por su buen obrar y, posteriormente, procedente de familias que destacan por su valor, es decir, nobles por nacimiento o procedentes de la nobleza. Aquí utilizaremos la palabra noble o nobleza para designar a alguien que es bueno, virtuoso, que destaca por la tranquilidad y el buen hacer.
En el ámbito rural solían identificar la nobleza de algunos animales, entre ellos destacaba particularmente el cordero. El cordero en la Biblia como en otras culturas es el símbolo del ser inocente, que no puede hacer mal a nadie sino sólo recibirlo. Un cordero llevado al matadero enmudece, no abre la boca (cf. Is 53,7). Es probado por su valor, un cordero es noble. Y desde este sentido cobra un sentido importantísimo el título que Juan el Bautista da a Jesús cuando lo presenta a sus discípulos en el evangelio de San Juan, que es el evangelio de este domingo: «vio Juan el Bautista a Jesús, que venía hacia él, y exclamó: “Éste es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo. Éste es aquel de quien yo he dicho: ‘El que viene después de mí, tiene precedencia sobre mí, porque ya existía antes que yo’.» (Jn 1,29-30).
«Este es el Cordero de Dios». Repetimos estas palabras en cada Eucaristía y a veces ya no somos conscientes de su fuerza y significado. Es la nobleza de un hombre tratado injustamente, del Hijo de Dios que ha venido a dar su vida por la redención del mundo. Conlleva el sacrificio del inocente. Que suena muy bonito desde lo teológico, pero que aturde en lo práctico. Porque ¿cómo hablar del sufrimiento de un inocente? El dolor de los inocentes es algo demasiado puro y misterioso para poderlo encerrar dentro de nuestras pobres explicaciones. La Biblia lo afrontó al hablar de Job y se puso de manifiesto en la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo. Lo seguimos viendo a lo largo de la historia en personas que son tratadas injustamente, en los horrores de la guerra, en el drama del hambre y las catástrofes naturales; lo vemos en la actualidad en la terrible violencia que azota nuestro país y el mundo, en la enfermedad que no distingue bondad o maldad de corazón.
¿Por qué permite Dios el dolor del inocente? Muchos prefieren renunciar a la fe al afrontar este problema. Por eso se ha escrito que el sufrimiento del inocente es la roca del ateísmo. Jesús mismo lo vivió: ante el dolor de la viuda de Naím y de las hermanas de Lázaro, supo llorar (cf. Lc 7, 11 y Jn 11). Pero manifiesta a Dios ahí, precisamente en el dolor. Porque no es la incapacidad de explicar el dolor lo que hace perder la fe, sino que es la pérdida de la fe la que hace inexplicable el dolor. La fe nos ayuda en el dolor, mientras que el dolor sin fe se vuelve insoportable. La respuesta cristiana al problema del dolor inocente está confinada en un nombre: ¡Jesucristo! ¡El Cordero de Dios que quita el pecado del mundo!
En la majestuosa novela de Fedor Dostoyevski «Los hermanos Karamazov», en un diálogo de Iván, el hermano menor Karamazov, con Alioscia, comenta: «Tú has dicho: «¿Hay en el mundo entero un solo Ser que pueda perdonar, y que tenga derecho a ello? Pues bien, este Ser existe, y Él puede perdonarlo todo y a todos y por cuenta de todos, porque Él mismo ha dado su sangre inocente por todos y para todos». Jesús no ha venido a darnos doctas explicaciones sobre el dolor sino que ha venido a asumirlo silenciosamente sobre sí. Tomándolo sobre sí, sin embargo, lo ha cambiado desde su interior: de signo de maldición lo ha hecho instrumento de redención. Más aún: lo ha hecho el supremo valor, el orden de nobleza más alto en este mundo.
Ahí está la nobleza por excelencia que cambia el mundo y que se manifiesta en Jesús, el Cordero de Dios. Lo que a los ojos del mundo es el mayor escándalo (el dolor de los inocentes) es ante Dios la perla más preciosa del mundo. El dolor y el sufrimiento se han vuelto fecundos en Dios y desde Dios. En la nobleza de un Cordero a quien nosotros seguimos y adoramos y se nos manifiesta hoy para seguirlo. Vayamos tras Él y ayudemos en su dolor a los inocentes que sufren. Así sea.