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A lo largo de mi vida, la Palabra de Dios ha sido siempre una luz en el camino, calidez en los tiempos más fríos. Siempre viva y eficaz, nunca deja de sorprenderme con su novedad, con su frescura, con su consuelo. Aunque piense que ya me sé un pasaje, siempre hay cosas nuevas, siempre se puede actualizar. Así como Heráclito decía que uno no se puede bañar dos veces en el mismo río, yo estoy convencido que nunca se lee dos veces el mismo pasaje, porque aunque el texto es el mismo yo y mis circunstancias somos diferentes, el Espíritu siempre inspira cosas nuevas.
Por eso no puedo dejar de pensar una vida sin la Palabra de Dios. Y es que estoy seguro que es más fácil entender nuestra humanidad desde Dios. La experiencia de siglos y siglos recopilada en la Sagrada Escritura es una fuente de inspiración que ayuda a todos en cualquier circunstancia que se encuentren. Por eso San Efrén decía que «el Señor pintó con multiplicidad de colores su palabra, para que todo el que la estudie pueda ver en ella lo que más le plazca. Escondió en su palabra variedad de tesoros, para que cada uno de nosotros pudiera enriquecerse en cualquiera de los puntos en que concentrar su reflexión» (Comentarios sobre el Diatésaron, 1,18).
En efecto, esta Palabra es viva y eficaz, más punzante que una espada de dos filos (cf. Heb 4,12). Es como la lluvia que baja del cielo y empapa la tierra, haciéndola germinar y dar fruto (cf. Is 55,10ss). En ella encontramos un bálsamo en nuestras heridas, un consuelo en nuestras tristezas, un río de alegría para nuestra felicidad. Auténticos tesoros que han inspirado a autores literarios de toda época, las mejores obras artísticas de la historia, una cultura que es imposible entenderla sin la Palabra de Dios.
Los evangelios, con pasajes como la conocida Parábola del hijo pródigo, el Buen samaritano, las bienaventuranzas; frases que llegan a lo profundo del corazón como “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14,6), “la verdad los hará libres” (Jn 8,31), “el que esté sin pecado que tire la primera piedra” (Jn 8,7).
Rezar, por ejemplo el salmo 51 cuando hemos fallado, “Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa...”. Leer Mateo 6 cuando estemos preocupados, “No anden preocupados por su vida, qué comerán, ni por su cuerpo, con qué se vestirán…”. Escuchar esas palabras de San Pablo en Romanos 8,31: “ si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros?… En todo vencemos gracias a Jesús que nos amó”. Leer el salmo 23 cuando nos sentimos solos: “El Señor es mi pastor, nada me falta…”. O el gran himno al amor de san Pablo cuando nos sentimos enamorados: “El amor es comprensivo, el amor es servicial… el amor dura por siempre” (1Co 13). Y así, estar siempre alegres en el Señor, como nos invita San Pablo en Flp 4.
Cuantas historias y personajes en la Biblia nos sirven de ejemplo: David peleando contra Goliat (1Sm 17), Sansón con su quijada de burro (Jc 15), Moisés dirigiendo al pueblo (Ex), Jeremías siendo perseguido (Jr 38), Pedro siendo perdonado (Jn 21), la mujer pecadora siendo liberada (Jn 8), San Pablo y la gente llorando cuando se despiden (Hch 20), Jesús curando, enseñando… amando.
La Palabra de Dios es un tesoro, porque es Dios mismo transmitiéndose. Yo quiero que hoy volvamos a valorar nuestras Biblias, la Palabra de Dios. Que cuando vamos a la Santa Misa le prestemos atención a Dios que nos habla en la Liturgia de la palabra. San Jerónimo sostenía: “Yo pienso que el Evangelio es el Cuerpo de Cristo; yo pienso que las Sagradas Escrituras son su enseñanza… Cuando acudimos al Misterio [eucarístico], si cae una partícula, nos sentimos perdidos. Y cuando estamos escuchando la Palabra de Dios, y se nos vierte en el oído la Palabra de Dios y la carne y la sangre de Cristo, mientras que nosotros estamos pensando en otra cosa, ¿cuántos graves peligros corremos?”. No hay que dejar que se nos caiga la Palabra de Dios.
Uno de los propósitos que me he puesto mientras doy clases de Biblia y por lo que sigo en su enseñanza no es que aprendan demasiadas cosas, sino que sientan el mismo amor por la Palabra de Dios que ye he experimentado, que se sientan atraídos, que se interesen por la Sagrada Escritura. Ya Dios hará todo lo demás.