Como en ninguna época del año nuestra ciudad y muchas alrededor del mundo se visten de Navidad. Casa habitación decoradas, parques iluminados, tiendas comerciales con música alusiva y por supuesto, góndolas abarrotadas de productos de todo tipo con ofertas de todo tipo. A eso se suman la esperada gratificación anual que da inyecta recursos financiero y pone en movimiento todo el aparato económico. Al interior de las casas, los nacimientos, los platillos típicos y la reunión familiar. La música navideña impregna nuestros oídos desde los conciertos programados en los foros más académicos hasta la música funcional de las centros comerciales o consultorios. Hasta pareciera que existe una especie de “tregua” en los conflictos, las deudas y hasta los desavenencias matrimoniales. Parecería que se abre un “espacio mágico” donde el amor, la esperanza, La Paz y el perdón parecen ser posibles. Donde la utopía se vuelve realidad siquiera por un momento. Lo triste es que esta espacio de tiempo solo dura un ratito. Ya pare el día de los inocentes o en el mejor de los casos al partir la rosca de reyes, todo se acaba. Como en el cuento de Cenicienta, la princesa se convierte en empleada doméstica. Ahí surge la pregunta obligada: ¿Qué vas a hacer con Cristo? Todos en algún momento de nuestras vidas nos confrontamos con la realidad de esta cuestión que nos obliga a responder.
La virgen María lo recibió en su vientre y en su corazón a pesar de no comprender la concepción sobrenatural. San José lo protegió de que un infanticidio y le dió un nombre. Los magos vinieron muy lejos siguiendo la estrella para adorarlo. Los maestros de la ley lo admiraron en el templo cuando solo tenía doce años. Los discípulos dejaron todo para seguirlo cautivados no por su elocuencia sino por su ejemplo de amor. El leproso lo tocó porque el Dios inaccesible se hizo cercano a pesar de nuestra inmundicia. María de Betania lo ungió con un perfume de nardo muy costoso porque no escatimó su devoción. El centurión que dirigió su crucifixión declaró que era el Hijo de Dios Y el ladrón a un lado de la cruz le pidió lo salvara justo en el último momento. José de Arimatea le dio una digna sepultura y María Magdalena lo vio resucitado y corrió a decirle a los otros discípulos. Millones de personas en todo el mundo y a lo largo de la historia lo hemos recibido como nuestro Señor y Salvador. Porque el niño del pesebre no es solo un bebé sino es el Hijo de Dios hecho hombre. El y solo él, nos salvó y perdonó nuestros pecados, nos dió vida eterna y cambio nuestra vida aquí y ahora para siempre. También quiere transformar la tuya. Y tu: ¿Que vas a hacer con Cristo ?