Análisisdomingo, 11 de enero de 2026
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A tan solo media hora de Oaxaca se encuentra el árbol más ancho del mundo. Conocido como árbol del Tule, este Sabino de más de dos mil años fue testigo de no solo varias generaciones sino de la civilización precolombina. Con un grosor de cincuenta y ocho metros de circunferencia y cuarenta y dos metros de altura constituye un destino obligado para todo turista que anda por esas latitudes del país. Dicen el más ancho del mundo, solo superado en altura por las secuoias del oeste americano.
Entre las numerosas anécdotas que le tienen como protagonista, cuentan que un acaudalado español quiso utilizar su madera para decorar su casa, a lo que los indígenas de la zona se opusieron con uñas y dientes logrando detener tal empresa. No sabemos si fue la superstición de los autóctonos lo que motivó tal acción pero lo bueno es que el “ahuehuete” (otro nombre popular para esta especie) permanece intacto, claro está, gracias también al enrejado que lo protege del vandalismo y la ignorancia.
Después de observarlo por un rato me imaginé cómo serían sus raíces. El grosor, la profundidad, el tipo según la especie: si ramificada o pivotante, o una mezcla de ambas. Lo cierto es que puedo suponer sin temor a equivocarme que aún la construcción de la iglesia aledaña estaría asentada sobre parte de ellas. Lo que la gente ve es el tronco, las ramas, el follaje, el fruto, pero no ve las raíces. Un árbol puede sobrevivir a una poda indiscriminada pero no puede vivir sin raíces. Ellas son las que se encargan de conectar con los nutrientes. El tamaño y la salud de las raíces son proporcionales a la grandeza del árbol que vemos.
Un árbol puede ser una analogía de nuestras vidas. El sistema social en el que vivimos está muy pendiente de la imagen, es decir de la copa, del follaje. Por lo mismo, invertimos muy poco en las cosas que no se ven, las que están “en lo profundo” pero que sostienen al árbol, no solo erguido sino vivo. La obsesión por la imagen nos ha llevado a vivir vidas tan superficiales que no es sino hasta que algo inesperado nos advierte que la vida no es ficción. Muchos de nosotros sucumbimos a las reveses de la vida porque no estamos lo suficientemente arraigados.
En este nuevo año te quiero animar a explorar la vida que Dios te ofrece en Jesucristo nuestro Señor e ir “más profundo”: »Pero benditos son los que confían en el Señor y han hecho que el Señor sea su esperanza y confianza. Son como árboles plantados junto a la ribera de un río con raíces que se hunden en las aguas. A esos árboles no les afecta el calor ni temen los largos meses de sequía. Sus hojas están siempre verdes y nunca dejan de producir fruto.” (Jeremías 17:7-8 NTV)