Análisisdomingo, 15 de febrero de 2026
Doctrina que decepciona
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“Me puse a leer detenidamente los evangelios y me llevé una gran sorpresa: a diferencia de Sócrates o Buda; el Cristo de los evangelios no ostenta imponer ninguna filosofía de vanguardia o un sistema ético-moral, su doctrina decepciona, todo en él es gracia”. Hacía mucho no escuchaba una descripción tan contundente de lo que es la esencia de la fe cristiana. En este caso, en boca de un joven que dice ser ateo pero que tiene una sincera búsqueda de Dios, por no decir que es evidente Dios lo está buscando a él.
Muy contrario al sistema del mundo que nos propone encontrar valía e identidad en los logros o posesiones, el Cristo de los evangelios nos decepciona, porque nos propone mirar a los pájaros que no trabajan y a los lirios del campo que no hilan y entender que nuestra valía no proviene de lo que hacemos o de lo que tenemos sino de quiénes somos: simples criaturas de Dios, amadas y cuidadas por El quien pretende ser nuestro “Padre”.
A diferencia de la sociedad actual que nos insta a juntarnos a cualquier precio con los exitosos y poderosos, y buscar el poder por el poder mismo; el Cristo de los evangelios nos invita a asociarnos con los más humildes, con los fracasados, no para sentirnos más, sino para ver el rostro de Dios, evidentemente “desdibujado” en ellos, y de esa forma poder reconocernos a nosotros mismos como personas necesitadas de El. Eso es verdaderamente “decepcionante”.
En contraposición con la fiebre de las redes que nos llevan a crear un “avatar” para sobrevivir en la jungla contemporánea y evitar el “bulling” de una sociedad que llama a lo malo bueno y a lo bueno malo; Jesús en los evangelios nos confronta con la necesidad de ocuparnos de lo que “entra” en nuestro interior más que de cómo nos vemos. Eso también resulta decepcionante.
Ya lo escribió el apóstol Pablo a una nación que se arroga ser la cuna de la filosofía: “Dejen de engañarse a sí mismos. Si piensan que son sabios de acuerdo con los criterios de este mundo, necesitan volverse necios para ser verdaderamente sabios. Pues la sabiduría de este mundo es necedad para Dios. Como dicen las Escrituras: «Él atrapa a los sabios en la trampa de su propia astucia». Y también: «El Señor conoce los pensamientos de los sabios; sabe que no valen nada».” (1 Corintios 3:18-20 NTV)
Ni el estoicismo de Sócrates, ni el nirvana de Buda pudieron liberarnos de la maldad que yace en nuestra humanidad pecaminosa. Solamente la “decepcionante” gracia de Dios manifestada a través de la sangre de Cristo vertida en un madero lo pudo hacer. Todo lo que necesitas es “recibirla”. Y eso también resulta decepcionante.