Análisisdomingo, 1 de febrero de 2026
Jueces, árbitros y coaches
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La mayoría de nosotros sentimos que tenemos derecho a opinar sobre cómo deberían vivir los demás; o sencillamente cómo deberían resolver sus temas; lo hacemos con nuestra propia familia, con el vecino, el pariente, el compañero de trabajo, el jefe, el empleado, el proveedor, incluso el transeúnte con quien coincidimos de manera fortuita. Casi todos tenemos excelentes idas de cómo los demás deberían hacer las cosas. Este es un tema que viene impregnado en nuestra naturaleza humana, al punto que el mismo Señor Jesucristo lo aborda en el famoso sermón del monte hablando del problema de juzgar a los demás: “¿Por qué te pones a mirar la astilla que tiene tu hermano en el ojo, y no te fijas en el tronco que tú tienes en el tuyo? y si tú tienes un tronco en tu propio ojo, ¿cómo puedes decirle a tu hermano: ‘Déjame sacarte la astilla que tienes en el ojo’? ¡Hipócrita!, saca primero el tronco de tu propio ojo, y así podrás ver bien para sacar la astilla que tiene tu hermano en el suyo. (Mateo 7:3-5)
Ahora bien, no solo somos para criticar a los que están cerca, sino también para con las autoridades de gobierno, por ejemplo; mismas que escogimos en elecciones populares (hablando de manera corporativa claro) y a las que les damos apenas cien días para cambiar décadas de corrupción, malas praxis administrativas y todo tipo de políticas nefastas. Lo interesante es que, por si fuera poco, ahora somos buenos también para arreglar lo que ocurre en otros países: nos ponemos como árbitros entre Ucrania y Rusia; Israel y Palestina, y ahora mismo entre Venezuela y Estados Unidos o mejor dicho, entre los que están a favor de la intervención y los que no. Lo cierto es que la mayoría de nosotros carecemos de los elementos necesarios para formarnos una opinión crítica debidamente fundamentada, muchas veces por desconocer la historia, pero otras, por ausencia de autoridad moral, no por necesariamente hacer lo incorrecto, sino más bien por no hacer lo correcto; como lo hicimos notar en el artículo de hace un par de semanas atrás: “El que sabe hacer el bien y no lo hace, comete pecado.” (Santiago 4.17)
Procuré esta vez no cometer el mismo error y le pregunté directamente a ciudadanos de aquellos países, algunos que viven fuera hace años, otros que todavía van y vienen y hasta otros que viven en esos lugares. Básicamente Venezuela y Cuba. No solo me llevé la sorpresa de la disparidad de opiniones frente a un mismo fenómeno, sino que me di cuenta también lo desinformado que estaba al ver las cosas desde afuera. Pienso que ese es el objetivo de los medios de comunicación que no tienen escrúpulos; no es informar, sino incluirnos en el debate, gratuito para nosotros, pero de alto costo social para quienes los sufren. Finalmente llegué a la conclusión de que ninguno de nosotros tenemos derecho a decirle al vecino cómo tiene que vivir. Antes bien, deberíamos ser empáticos e interesarnos de verdad por lo que están viviendo, y nunca, pero nunca, herir su estima al menospreciar, menoscabar o mucho menos ningunear su identidad personal, familiar o nacional. No es buena idea fungir como jueces, árbitros o coaches, a no ser que nos lo pidan, y creo que por ahora no estamos convocados.