La altitud y el aire seco del valle favorecen fenómenos de dispersión de luz que pintan el firmamento con sus icónicos tonos azules y espectaculares atardeceres rojizos
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Dispersión de Rayleigh explica los tonos del atardecer / Foto: Enrique Mijares / Cazadores de estrellas
En Durango, los colores del cielo son muy peculiares, el característico cielo azul que a tantos directores de cine ha atrapado, sin dejar atrás sus hermosos atardeceres con tonos naranjas, rojos y matices dorados que, sin duda, no pasan desapercibidos. Este fenómeno que muchos retratan en fotografías va más allá de lo estético, es ciencia pura.
Es importante mencionar que estos colores tan característicos de nuestro cielo se deben, en gran parte, a nuestra ubicación topográfica, es decir, la que tiene que ver con los detalles físicos y de relieve. Al ser un valle que se encuentra rodeado de montañas, se mantiene el aire más seco (con menos partículas de agua). Además, nuestra altitud, de aproximadamente 1 800 metros sobre el nivel del mar, hace que haya menos partículas en el aire; en otras palabras, tenemos menos aire encima de nosotros, lo que favorece en gran medida ese cielo tan azul. Ahora veremos el por qué.
Cielo de Durango destaca por su azul intenso y limpio / Foto: Enrique Mijares / Cazadores de estrellas
Los colores no son otra cosa que luz, y la luz está formada por ondas. Cada color corresponde a una onda con diferente longitud: entre más rojo es un color, más larga es su onda, y estas se dispersan menos, ya que no chocan fácilmente con otras partículas. Por el contrario, entre más violeta es el color, más corta es la onda y mayor es la probabilidad de que choque con partículas; por eso se dice que la luz azul se dispersa mucho más que la roja.
La luz solar es blanca, y el blanco es la combinación de todos los colores, por ende, la luz solar contiene todas las longitudes de onda. Pero, ¿por qué no vemos todos los colores a la vez? Esto se explica por un fenómeno conocido como dispersión de Rayleigh, que ocurre cuando la luz choca con partículas más pequeñas que su longitud de onda. Expliquémoslo mejor.
Menos partículas en el aire favorecen la visibilidad / Foto: Enrique Mijares / Cazadores de estrellas
Nuestra atmósfera está formada por varias capas de gases (principalmente Nitrógeno y Oxígeno); al mediodía, el Sol tiene una trayectoria más corta a través de la atmósfera, ya que entra de manera casi vertical. Como el recorrido es menor, hay más probabilidad de que las ondas azules (cortas) lleguen a nuestra retina. Estas no llegan directamente del Sol, lo que vemos son fotones que rebotan en las partículas de la atmósfera y, por casualidad, llegan a nuestros ojos.
Por el contrario, durante el amanecer o el atardecer, la trayectoria de la luz solar es más larga, ya que el Sol entra de forma inclinada a nuestra atmósfera; en este caso, las ondas cortas (azules) se dispersan y no alcanzan a llegar a nuestra retina, mientras que las ondas largas (rojas) sí lo hacen. Estas llegan de manera más directa, lo que va tiñendo el cielo de tonos naranjas, amarillos y rojos.
Ubicación geográfica y aire seco definen los colores / Foto: Enrique Mijares / Cazadores de estrellas
En algunas ocasiones, el cielo puede apreciarse muy rojo, y esto se debe al exceso de partículas como polvo, humo u otros contaminantes. Por eso, este tipo de cielo es muy común en zonas desérticas, debido a la arena. Este mismo fenómeno ocurre en Marte, que al tener grandes desiertos, mantiene muchas partículas en su atmósfera, lo que propicia su característico color rojo. Podemos decir que las partículas atmosféricas actúan como un filtro: las ondas más largas atraviesan la atmósfera con mayor facilidad, mientras que a las más cortas se les dificulta.
Existe otro tipo de dispersión que se encarga de darle color a las nubes, la dispersión de Mie, que a diferencia de la dispersión de Rayleigh, esta dispersa todos los colores de forma similar, ya que las partículas involucradas son del mismo tamaño que la longitud de onda de la luz. Como mencionamos anteriormente, el blanco es la mezcla de todos los colores y por eso las nubes se observan blancas.
Ciencia y paisaje se unen en los cielos duranguenses / Foto: Enrique Mijares / Cazadores de estrellas
En conclusión, los colores de nuestro cielo no son casualidad, sino el resultado de la interacción de la luz solar con la atmósfera y nuestras condiciones geográficas. Gracias a fenómenos como la dispersión de Rayleigh y la de Mie, el cielo duranguense se convierte en una combinación perfecta entre ciencia y paisaje, donde la altitud, el aire seco y la menor cantidad de partículas potencian sus azules intensos durante el mediodía y sus atardeceres cálidos. De esta manera, lo que muchas veces admiramos solo por su belleza es también una muestra clara de cómo las leyes de la física se manifiestan de forma visible en nuestra vida diaria.