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Culturadomingo, 23 de noviembre de 2025

La barredora

Un dispositivo de limpieza sin marca llegó con olor a viejo y comenzó a actuar solo antes de atacar a la mascota de la dueña en la noche

Alberto Serrato

El mensajero ni siquiera esperó firma; dejó la caja, tomó una foto como constancia y se fue. Helena la encontró ahí posada a pie de la puerta, siniestra, extraña y a la vez inofensiva como lo que era: una caja de Amazon.

—Pues ya qué, adiós mis tardes de barrido —murmuró, empujando la caja dentro.

Helena se puso nerviosa. —Seguro el instructivo viene en un código QR —dijo para sí misma. Y desde ese momento el orden y la tranquilidad en casa se vinieron abajo.

Lo puso a cargar y, después de unos veinte minutos, vibró levemente, como un recién nacido, y luego de sacudirse avanzó con un movimiento lento, casi tímido, hacia el pasillo.

—Oye, no, todavía no… —intentó detenerlo, pero el robot esquivó su mano, como si tuviera ojos y la hubiera visto venir.

Lo dejó andar y no le tomó importancia a la intranquilidad que sintió porque a fin de cuentas era un robot y los robots suelen ser autónomos.

La primera desgracia ocurrió al día siguiente.

—¡No! ¡No, mi niño! —gimió, sacudiendo la cabeza.

Se quedó paralizada, con el corazón golpeándole la garganta.

La vecina más chismosa, cuando escuchó el horrible llanto de Helena, fue a tocar la puerta. Helena abrió con los ojos rojos. —¿Qué pasó? —le preguntó con más morbo que preocupación.

Helena retrocedió tan rápido que tropezó con el sillón. Se puso de pie temblando. —¿Qué eres? —susurró.

Una culpa guardada por años, enterrada en el olvido y en las confesiones a su terapeuta de confianza. Y ahí se dio cuenta de que no era la máquina, no era una maldición. Era un cobro pendiente.

Su mamá murió sola en un cuarto de paredes blancas y una colchoneta metálica.

Eso había dicho. Y Helena no quiso escucharla.

Luego del recuerdo, la barredora comenzó a moverse otra vez.

—Ya sé por qué estás aquí —le dijo con la voz quebrada—. Sé lo que hice y te pido perdón.

El robot se detuvo frente a ella. Las luces del pasillo parpadearon. El aire se volvió helado, húmedo, igual que el cuarto donde su madre murió.

—Perdóname —soltó Helena, cayendo de rodillas—. Perdóname, mamá…

La casa se estremeció y dejó de ser eso para convertirse en el cuarto del asilo mental donde murió su anciana madre; el pasillo se llenó del mismo olor que emanaba de la caja el día que llegó. El olor viejo a enfermedad y abandono.

Una sombra se proyectó detrás del robot. Un contorno humano. Pequeño. Encogido. El aparato vibró, como si la sombra fuera su verdadera dueña.

Helena retrocedió despacio. —No… no, por favor… El robot se acercó otro paso. La sombra también.

Helena pensó en correr, pero sus piernas se quedaron clavadas al piso. Las lágrimas le escurrían por la cara y el terror también. La imagen de su madre se impuso como una fotografía viviente…

—Lo siento… —murmuró, casi sin voz. El robot dejó de moverse y por un instante, todo quedó inmóvil.

Luego, el aparato se dirigió hacia ella. Helena lo siguió sin entender. El robot se quedó quieto frente a la puerta… esperando como esa mascota bien portada que solía aparentar ser. Helena abrió la puerta.

Al cerrar la puerta sintió que una voz le habló al oído; era la de su madre, susurrando exactamente lo mismo que años atrás:

“Lo dejaste entrar, hija…”.

Helena se congeló, porque el robot ya se había ido, pero la sombra no. La sombra estaba dentro de la casa. Y esta vez realizaría el cobro final.

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