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Culturadomingo, 30 de noviembre de 2025

La larva que nació de mí

Sentir un impulso primitivo ajeno a la propia voluntad transforma la mente humana en un vehículo para satisfacer oscuros deseos voraces

Alberto Serrato

Esa noche no fue la excepción, pero hubo un detalle distinto: el eco venía acompañado de un zumbido. No era de insecto, ni de corriente eléctrica; era un zumbido interno que nacía dentro de mis órganos.

«Despierta», pensé; por favor, despierta. Y funcionó. Estaba bañado en sudor, pero seguía escuchando ese maldito zumbido. Quizá seguía inmerso en la pesadilla; no, no podía ser… la luna me advirtió la realidad.

Hubo un instante en el que quise llorar, ya pasaría… «Estoy dando a luz», pensé, pero recordé que no era mujer… Me apoyé en la pared, jadeando.

Entonces lo sentí: un movimiento lento, ascendiendo por la uretra desde el fondo. No estaba hecho para caber allí. Estaba orinando navajas, eran ásperas y vibrantes… —No… no, por favor —balbuceé con sufrimiento, pero fue en vano porque el dolor no suele negociar.

La punta de algo emergió. Era una pequeña esfera translúcida, pulsante, blanda, cubierta de un líquido viscoso que ardía como ácido. La presión era insoportable. Me apoyé en el lavabo, arqueado, mientras aquello seguía saliendo; era un huevo.

Sentí desgarres horribles en mi interior. Una descarga eléctrica recorrió mi espalda. El dolor fue tan extremo que lloré, pero mis lágrimas eran negras.

Y entonces lo sentí: un impulso. No sexual. No nervioso. No violento en el sentido humano. Un impulso primitivo. Un deseo tan extraño que me mareó. No era dolor. No era miedo. Era hambre, pero no de comida…

Me quedé mirándome al espejo. —¿Qué quieres? —me pregunté.

Era energía. Era impulso. Era intención pura. Y lo peor… No quería matarme. Quería que yo matara por ella. Mis manos hormiguearon.

—Quiero sentir cómo se apaga alguien. Me alejé del espejo de golpe, jadeando, pero ya era tarde. La larva respiraba dentro de mí.

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