La Maldición del Teatro Victoria
La noche en el teatro se volvió una pesadilla para Esteban, quien enfrentó algo imposible de explicar
Alberto Serrato
“Si te elige, no importa dónde estés… irá por ti.”
No sé si pueda volver a dormir, porque ese maldito espíritu me acompaña a todas partes. Creo que ni el mejor de los brujos ni el mejor expulsor de demonios podrán salvarme de este mal que, seguro, me atormentará por toda la eternidad.
Esteban encontró su desgracia la única noche que trabajó en el teatro Victoria. Había sido seleccionado para el empleo gracias a sus diez años de experiencia en seguridad privada. Fue contratado de inmediato, pero, por desgracia o destino, en el turno nocturno.
Era el día cuatro del mes cuatro de un año terminado en cuatro. Los días aún no eran lluviosos, pero en el ambiente había humedad y una sensación de neblina densa le paseó por el rostro como si algo malo vaticinara mientras se dirigía en su bicicleta a laborar.
Caminó en aparente calma hacia la oficina de recepción. Se acostó en su camastro y poco después de la medianoche inició la horrible función.
Cuando el cansancio estaba por llevarlo a dormir, una voz en el fondo del escenario retumbó como un chillido lejano. Esteban pensó que tal vez alguien se había metido o que era una de esas cosas que pasan cuando te estás quedando dormido.
Sintió plomo en la garganta e intentó correr a la recepción, y cuando llegó al muro donde había sentido la mala energía, una voz mezclada con tonos masculinos y femeninos estalló en un murmullo taladrante:
—¿Tienes miedo a que se muera? No te preocupes tanto, se va a morir, pero yo me voy contigo.
Él achacó esa aparición fantasmagórica a todos los horribles pensamientos negativos que lo desbordaban. Esteban salió del pasillo donde estaba ese muro y una carcajada horrible retumbó en las butacas.
Empapado en pánico y en sudor, se fue a la recepción y ahí se quedó orando hasta que se quedó dormido.
Cuando despertó, los rayos del sol ya entraban por una de las ventanas del teatro. Él deseaba que el horror hubiese sido producto de sus pesadillas, pero todo había sido real. La voz. La niña. La carcajada. Estaba seguro de eso.
Faltaban diez minutos para las ocho de la mañana cuando los trabajadores del turno matutino empezaron a llegar. Uno de ellos vio el mal semblante de Esteban y, sin mucho empacho, le dijo:
—¿Qué tiene, señor? Parece que vio a un muerto.
Esteban no creyó esas palabras, pero le tomó la palabra. Sin embargo, desde esa noche, su vida se pudrió con la rapidez de una metástasis agresiva.
—Ya ves, te advertí que se iba a morir, pero aquí estoy contigo —dijo la entidad y desapareció en medio de los llantos. Esteban lo tomó como traiciones de su propia mente y trató de dejarla en el olvido.
Esteban pasó un duelo terrible. Ya no volvió al trabajo por tres razones: miedo, la falta de ánimo y la advertencia de aquel trabajador, pero eso no fue suficiente para recobrar la tranquilidad, porque la maldición no conoce de puertas ni de distancias.
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