Desde que lo toqué sentí algo malo en él, traté de no tomarle importancia, lo limpié con un trapo húmedo, lo envolví en plástico para esconderlo en un ropero y esperar la noche buena
Me llamo Paola tengo 42 años, viví en la colonia IV centenario, muy cerca de un parque en vialidad Tornel y creo que jamás debí haber comprado ese maldito muñeco de cuerda.
No sé dónde demonios esté ese maldito muñeco, espero que esté lejos de cualquier familia en estas fechas de navidad. Ahora espero que entiendan porque cada año maldigo la navidad.
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Una nube de tierra se dibujó a través de un rayo de sol que atravesaba el traga luz, tosió un par de veces y sacó a un muñeco de madera / Foto: AFP
Es una blasfemia decirle maldita a la navidad, pero desde que compré ese juguete para mi hijo, mi vida se ha destruido y odio estas fechas, al terminar este relato me entenderán. Alberto, espero que puedas darle forma a este audio que te envío porque si algo no se me da en la vida es escribir, además creo que después de años tengo el valor para contarlo, pero sigo y seguiré vacía por culpa del dolor.
El padre de mi hijo se marchó a los pocos meses de su nacimiento casi a mediados del 2003. Nunca creí que fuera a hacerlo, pero ser papá no le gustó y menos la responsabilidad que esto conlleva, no le rogué ni tampoco me hice la víctima, al fin y al cabo, me quité un peso de encima, pues no era muy amigable que digamos. A veces los desayunos eran unos buenos estrujones y las cenas forcejeos para tener sexo con él. En fin, esto no es el centro de este relato y no me agrada recordarlo, pero es necesario contarlo por la vulnerabilidad que sentí en estos momentos, ya te lo cuento.
Rentaba esa casa porque era pequeña, barata y no me apretaba el bolsillo para pagar la renta. Trabajé de medio tiempo en una escuela secundaria y eso me daba tiempo para acomodar los horarios del preescolar en relación a mi rutina laboral. Todos los días lo recogía a la 1:45 pm y nos íbamos a la casa para hacer tareas, jugar o en ocasiones nos salíamos a comprar algún helado o a pasar tiempo de calidad juntos, siempre platicábamos de un montón de cosas, a veces parecía un adulto, porque sabía expresarse muy bien, además utilizaba conceptos muy bien aplicados para un niño de su edad. En el mes de noviembre del año 2007, comenzó con la emoción de la navidad y no le pude sacar de la cabeza el pedir un muñeco de cuerda igual al de una película antigua que vio en casa de sus abuelos. Busqué en internet, pero no había tantas herramientas de búsqueda, no encontré nada parecido y me dio miedo arriesgar mi dinero en una pantalla y me decidí ir al centro a una tienda de antigüedades donde encontré la desgracia. El día que lo compré, dejé encargado a Marco con mis papás y fui a la tienda que hasta hoy maldigo para ver que me demonios me encontraba.
Caminé por la calle Hidalgo y doblé por una calle que no voy a mencionar. Era un lugar viejo, que parecía una casa embrujada. En la entrada había un letrero de lámina muy viejo y retorcido que decía “Bienvenidos”. El lugar estaba lleno de muebles antiguos, cuadros, candelabros oxidados, figuras de porcelana, otras de cerámica, había también triciclos de los años 30´s, cunas sacadas de un cuento de terror, algunas cabeceras de cama muy a la época victoriana y un sinfín de cosas que yo no las visualizaba en ningún otro lugar más que en un basurero.
Caminé algunos cinco minutos dentro de la casona hasta que un hombre gordo de bigote, me abordó, me preguntó qué buscaba y cuando le dije sobre un muñeco de cuerda antiguo, me hizo una seña para que lo siguiera y me llevó a uno de los cuartos donde había un montón de juguetes llenos de polvo, el viejo pateó algunos, una nube de tierra se dibujó a través de un rayo de sol que atravesaba el traga luz, tosió un par de veces y sacó a un muñeco de madera. El horrible mono tenía una sonrisa cínica, unos ojos perdidos, estaba vestido con un pijama de rayas, tenía una mariposa de metal anclada en su espalda, el viejo anticuario alzó el muñeco como un recién nacido, giró la mariposa y la con una voz robótica dijo: “somos amigos”, “nadie nos va a separar”; sentí escalofríos y ganas de irme, pero era el deseo de mi hijo estaba por encima de mi mala sensación, le pregunté al viejo el costo y me dijo que setecientos pesos, no le encontré mayor problema porque ya me había gastado más de veinte días en buscar un dichoso muñeco de cuerda por lo que le entregué el dinero y me llevé esa horrible maldición a casa.
Desde que lo toqué sentí algo malo en él, traté de no tomarle importancia, lo limpié con un trapo húmedo, lo envolví en plástico para esconderlo en un ropero y esperar la noche buena, pues Marco a los inicios de diciembre de ese año ya había colocado la carta en el árbol de navidad.
Fueron dos noches tormentosas y hasta el día de mi muerte, no podré dormir igual, porque estoy segura de que esa figura cambió su aspecto, pues la sonrisa que tenía en la tienda de antigüedades se había convertido en un mal gesto lleno de odio. La primera noche cuando me acosté, el ropero se sacudió como si el mono estuviese luchando por librarse del plástico, pensé que mi mente jugaba malas bromas por la sugestión ocasionada desde que ese gordo de bigote lo alzó frente a mis ojos. La segunda noche, el ropero se abrió, pensé que era una pesadilla y nunca me atreví a quitarme la sábana de la cara, escuché pasos y ruidos en la cocina, alboroto en la sala, incluso una risa espantosa y siniestra.
A la tercera noche, deseaba descansar un poco, tomé una pastilla de clonazepam para intentar conciliar el sueño como una persona normal y creo que ese fue mi peor error porque a pesar de haber dormido como piedra, cuando desperté, Marco estaba en su cama, asfixiado, con plástico de emplayo enredado en su rostro, lancé un grito ahogado en forma de gruñido, quité el plástico lo más rápido posible con la esperanza de verlo con vida. Él, tenía su piel gris, el rostro lleno de horror y sufrimiento, a su lado, estaba el maldito muñeco, dibujando de nuevo esa horrible sonrisa. Estuve detenida medio año, fue un juicio largo, pues pensaron que yo lo había matado, pasaron cuatro años hasta que pude salir adelante con un buen abogado y un intenso tratamiento médico.