Culturadomingo, 8 de diciembre de 2024
Airbnb Maldito en jardines de Durango
Tengo fiebre, me siento mal, espero que mi vida no termine en este relato
Elizabeth Gamero Garcia
Alberto Serrano

Me hospedé en un Airbnb maldito y es hora de relatarlo al mundo, porque desde entonces mi cuerpo ya no es el mismo, poco a poco se degrada y veo como esa mancha negra sube desde mi pie hasta la pierna, actualmente ya se encuentra cerca de la ingle y los médicos no lo entienden, pues no hay partes gangrenadas o en estado de necrosis. Creo que esa mancha es el signo más puro de mi futura y cercana muerte. Te cuento mi relato.
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Mi nombre es Oscar Ceballos, soy de Durango, tengo 25 años y hace poco tuve una discusión intensa con mi madre, por lo que renté un Airbnb en el fraccionamiento jardines de Durango, justo en la calle Madre Selva y es que, siendo sincero, desde la partida de mi padre a raíz del divorcio, ella y yo no hemos tenido la mejor relación. Es mi madre, la quiero con toda mi alma y jamás le haría un daño, pero creo que necesita espacio para asimilar el cambio y comenzar de nuevo. Por mi parte, estoy pendiente de ella todo el tiempo, pero compartir techo con ella no era la mejor opción hasta hace unos días que la muerte ha comenzado a corroer mi cuerpo.
Desde que hice la conexión con el anfitrión del departamento a través de la plataforma, algo no me pareció tan cotidiano pues las estrellas y reputación estaban al tope, pero los comentarios y reseñas de los usuarios denotaban misticismo y un discurso extraño que primero me llenó de morbo, luego me invitó a rentarlo por unos días; había frases como “una experiencia inolvidable”, “no toquen a la muñeca”, “en la noche me tocaron la puerta” y un sinfín de mensajes similares. Por otro lado, la fotografía de la persona parecía sacada de un relato urbano, pues tenía aspecto de una mujer con no menos de sesenta años, un cabello negro hasta los hombros rodeado, ojos orientales y su cabeza estaba rodeada por un paño de la cultura japonesa, supuse sus orígenes y no le tomé tanta importancia, reservé la habitación. El día del alojamiento llegó casi igual de rápido que el inicio de mi desgracia.
Pedí un viaje, le dije a mi madre que saldría unos días de la ciudad para no herir ninguna susceptibilidad, le di un beso en la frente y me marché con destino al Airbnb, fue un trayecto de cinco o siete minutos y en realidad se me fue el tiempo viendo Reels de personas saltando en las alturas. Me sudaron las manos, sentí náuseas y en algunos momentos sentí vértigo. Llegamos al destino, me bajé del Corolla color azul, el tipo se antojó nervioso al llegar y luego me hizo una mueca inexplicable, lo despedí y la aplicación hizo el cobro a mi tarjeta. El extraño departamento estaba frente a mí, no era muy grande, pero su modo de alzarse era siniestro. En la reja había un cubo negro con dígitos numerales para ingresar una clave y extraer la llave, no tuve mayor dificultad y entré a ese horrible departamento de un solo piso. Afuera era de día, pero adentro parecía no existir el tiempo. Era una sala pequeña, con dos sillones, un televisor vintage y una pequeña pared adornada con tres repisas y con luces de tonalidad roja, sobre ellas, había figuras de porcelana antiguas que resplandecían con el reflejo de la luz, pensé que todo eso era parte del look y la experiencia de hospedarse ahí. Recuerdo muy bien cada una de las figuras: la primera era una anciana con un velo, en su mano llevaba un bolso y dentro de ese bolso se veían cráneos pequeños, daba el aspecto de tener vida estar en movimiento.
La segunda era un niño de algunos seis años sentado sobre una pelota de colores pálidos como las de los circos antiguos. El niño se antojaba con un semblante triste y demacrado. Por último, dentro de una especie de capilla de madera estaba una muñeca de cabello largo vestida con un Kimono y ese kimono era sujetado por clavos gruesos muy similares a los que se usan en el vudú. Arriba de la pequeña capilla, había un letrero en español e inglés, decía: “No tocar”. Sentí el impulso irracional de acariciarla, pero me contuve, me di la vuelta, dejé mis cosas en la habitación y me encerré con doble pasador. Intenté acostarme y ver televisión, pero no había señal, no había internet y ni siquiera conexión a la televisión local, quise apagar la pantalla, pero ni al desconectarla, dejó de lanzar ese destello odioso. La verdad sentí miedo, pero quizá otra toma de corriente escondida detrás de la caja protectora del televisor, alimentaba el aparato. Saqué de mi maleta un libro, pero no pude concentrarme ni siquiera en una sola página, pues algo parecido a un refrigerador hacía un estruendo constante. Mi teléfono perdió la señal, no pude quejarme con la maldita vieja esa, pero no pasaría la noche de esa manera.
Duré algún tiempo recostado sin perder la calma, hasta que un sentimiento de miedo y mezclado con ira me arrebató, me puse de pie y salí del cuarto, fue lo peor que pude haber hecho, porque cuando abrí la puerta, todo se apagó, las luces rojas, el televisor, la luz exterior y lo peor fue que mi teléfono le quedaba 1% de batería. Intenté abrir la puerta de acceso a la calle, pero estaba atascada, las ventanas padecían el mismo mal y cuando golpeé uno de los vidrios para ser escuchado por un hombre que pasaba caminando, fui ignorado como un fantasma. Los vidrios parecían blindados, con nada podía dañarlos, mi desesperación bordeó líneas de la locura, porque era igual a estar dentro de un maldito ataúd. Mis ojos se acostumbraron a la penumbra y entre siluetas y negrura, pude ver el resplandor de las figuras. Sentí odio al verlas, tomé a la puta anciana y la estrellé contra uno de los vidrios, fue inútil porque solo los pedazos de cerámica estallaron, luego tomé a chiquillo de la pelota y lo estrellé contra la chapa de la puerta, no hubo efecto alguno, solo más trozos de cerámica. La muñeca estaba ahí intacta, leí de nuevo la advertencia, pero mi odio era por mucho más fuerte que ese maldito letrero, agarré a la muñeca del cabello y la estrellé contra mi cabeza, sentí un hilo de sangre correr por mi nariz, esa maldita mona era más dura que una roca. De mi frente colgaba la carne rajada y de haber podido ver en un espejo, seguro el hueso estaba expuesto. Se me ocurrió estrellarla contra el vidrio y al hacerlo, la ventana estalló en varios pedazos, unos rayos de sol entraron a modo de esperanza, tomé mis pertenencias y salté por el hueco de libertad, cuando estaba en el patio, la muñeca estaba con el rostro pálido, lleno de mi sangre y con una mirada indiferente. Dibujé una sonrisa y levanté mi pie derecho para estrellarlo contra esa horrenda figura, pero el resultado fue uno de los clavos de su kimono enterrado en la planta de mi pie. Cuando llegué a servicios médicos, ya habían pasado tres días desde el alojamiento, pero para mí, solo fueron horas de tensión. La mancha en mi pie se ha extendido por toda mi pierna, no encuentro ninguna relación en la app de Airbnb de la casa y ayer que fui al domicilio, solo es una casa vieja y abandonada. Tengo fiebre, me siento mal, espero que mi vida no termine en este relato