Mauricio salvó al mundo
El frío de diciembre fue testigo de una extracción brutal. El atacante aseguraba que todos llevamos algo dentro que él necesita recolectar ya
Alberto Serrato
Mauricio quiso gritar otra vez, pero el hombre del impermeable le tapó la boca con una mano húmeda, viscosa, como cubierta en grasa.
—No te muevas… ya casi —susurró el desconocido, con una voz temblorosa que no sonaba a amenaza, sino a ansiedad.
Mauricio sintió cómo el cuchillo se hundía más, desgarrando músculo, piel, todo. Su cuerpo empezó a convulsionarse mientras el agresor acomodaba la posición del arma, como si buscara algo específico entre sus órganos.
—Tiene que estar aquí… —decía el tipo, respirando agitado—. Todos la traen… siempre la traen.
La hoja salió de un tirón. Mauricio cayó al suelo, pero no murió. Aún no. El hombre se hincó sobre él, metió ambas manos en la herida abierta y comenzó a explorar dentro del tórax como quien revuelve una bolsa de mandado.
Mauricio vio sus propios pulmones inflarse y desinflarse a la intemperie mientras las manos del tipo los empujaban a un lado con impaciencia. Sentía cada tirón, cada presión, cada dedo hundiéndose en tejidos que jamás debieron tocar el aire.
—¡Aquí estás! —gritó el atacante, sacando algo pequeño, rojo y palpitante.
Mauricio no supo qué era, pero la cosa se movía como un animal recién nacido.
El hombre del impermeable la sostuvo con cariño, la observó bajo la luz del poste, sonrió… y la guardó en una pequeña caja metálica que llevaba colgada del cuello.
Luego se levantó, respiró profundo y dijo:
—Gracias, Mauricio, tu muerte ha salvado muchas vidas.




























