El trabajo y la explotación infantil en cualquiera de sus formas constituyen una violación a los derechos de niñas, niños y adolescentes y una manifestación de la pobreza, la vulnerabilidad y la exclusión social imperante en México. En la actualidad, cerca de 168 millones de niños trabajan en el mundo, muchos a tiempo completo, ello no van a la escuela y no tienen tiempo para jugar, muchos no reciben alimentación ni cuidados apropiados, se les niega la oportunidad de ser niños. Más de la mitad de estos niños están expuestos a las peores formas de trabajo infantil como trabajo en ambientes peligrosos, esclavitud y otras formas de trabajo forzoso, actividades ilícitas incluyendo el tráfico de drogas y prostitución, así como su participación involuntaria en los conflictos armados. En nuestro México, el trabajo de las personas menores de 15 años de edad está prohibido y para quienes son mayores de esa edad pero no han cumplido los 18 la legislación establece condiciones específicas para su desempeño con el objetivo de salvaguardar su integridad y desarrollo.
Sonora De acuerdo con cifras del Inegi, en nuestro estado son más de 54 mil niños y jóvenes que trabajan, 10 mil 362 tienen entre 5 y 13 años y 44 mil 532 entre 14 y 17 años, además 29.7% no asiste a la escuela y la entidad ocupa el lugar 19 a nivel nacional de menores trabajando. Los sectores en donde más trabajaron en ese año son, en orden descendente, el agropecuario, comercial, servicios, manufacturas, construcción y otros no especificados. También reportó que la mayoría de ellas(os) percibía ingresos inferiores a dos salarios mínimos, mientras que un 20% no recibía salario. En razón al género, los niños superan en número a las niñas en todos los sectores, con excepción del trabajo en el hogar, actividad que es considerada por la Organización Internacional del Trabajo (OIT) una de las peores formas de trabajo infantil, pues genera múltiples violaciones a sus derechos, tales como el alejamiento del entorno familiar, deserción escolar, jornadas excesivas, así como la exposición a riesgos de salud y accidentes. La OIT dio a conocer que actualmente trabajan en el país alrededor de 2.5 millones de niñas, niños y adolescentes de entre 5 y 17 años, es decir, 8.6% de la población total de esa edad, y reveló que Guerrero, Oaxaca y Chiapas son los estados con mayor porcentaje de niñas, niños y adolescentes que trabajan, con 14%, 11.7% y 11%, respectivamente, y cuyas actividades se concentran en el sector primario (agricultura). La OIT reconoce que los adelantos hacia la eliminación del trabajo infantil han sido complicados, sobre todo en la agricultura, debido a la dificultad de llegar a las niñas y niños que trabajan en zonas rurales. De una vez por todas debemos entender que el trabajo infantil ha dejado de ser un método de enseñanza o una posibilidad de mejoramiento; es, por el contrario, una dramática expresión de la desigualdad y la pobreza, cuando por razones de subsistencia todos los miembros de una familia deben trabajar por un salario, reiteradamente discriminatorio para las mujeres y los niños, aun cuando realicen esfuerzos iguales y jornadas iguales que los adultos varones. Con la pobreza y su constante reproducción están asociadas las limitaciones en las oportunidades al empleo, vivienda, salud y educación. La pobreza es una condición integral de las personas, las comunidades y los pueblos. En especial, la pobreza se traduce y retroalimenta de las escasas oportunidades al empleo bien remunerado que permita atender las necesidades básicas de la familia, evitando promover y facilitar el trabajo infantil. El trabajo infantil es un mecanismo de sobrevivencia profundamente injusto, que niega en su propia esencia los derechos básicos de los niños. Un mundo que permite el trabajo de los menores no es un mundo de oportunidades compartidas. Los cuadros perceptibles lastiman la dignidad humana y configuran un factor que actúa en contra del propio desarrollo.