Vida y libros / Crónica de una feria anunciada
Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad de quien las emite y no de esta casa editorial. Aquí se respeta la libertad de expresiónEn los 26 años que lleva la Feria del Libro en Hermosillo, solo dos veces se ha suspendido: en 2020 por la pandemia COVID-19 donde no se permitía hacer eventos públicos, y este año, por respeto a la memoria de las víctimas del incendio en la tienda Waldos en la capital del Estado.
Sin embargo, aunque el reciente motivo que informó el Instituto Sonorense de Cultura (ISC) pudiera ser válido, aunque no justificable por completo, se habló de reagendar la feria pero, después de un mes del anuncio, aún no han dicho cuándo será. Esta cancelación es significativa en un año en que la literatura ha tenido poca presencia en el Estado y, considerando la creciente invisibilidad y el escaso impacto de sus eventos, era previsible que en algún momento, el principal encuentro literario terminara cancelándose. Su ausencia es el síntoma de una problemática más profunda.
Desde que se retomó el Concurso del Libro Sonorense por el ISC a finales del siglo XX, esta institución fue marcando un camino para conocer lo que se escribía en estos territorios. Los libros ganadores se fueron publicados cada vez con mayor frecuencia y eran termómetros para saber qué se estaba escribiendo. Este certamen fue una puerta para conocer la obra de valiosas plumas como Eve Gil, Sylvia Aguilar e Imanol Caneyada.
Por su parte, la Feria de Libro de Hermosillo, organizada por el mismo instituto, fue adquiriendo mayor relevancia a nivel nacional entre 2008 y 2019, extendiéndose en su duración, teniendo la participación de autores internacionales y recibiendo cada vez mayores cantidades de público. El ISC empezó a colaborar de manera directa con ferias de otros municipios como Nacozari y Caborca, y en los eventos culturales como el FAOT o Luna de montaña, las actividades literarias se convirtieron en algo esencial.
La institución que marcaba un rumbo en publicaciones, este año solo publicó, o más bien coeditó, cinco libros. Las colecciones del ISC que se identificaban de manera visual, hoy en día se pierden con facilidad en los anaqueles. Las editoriales independientes sonorenses publicaron más libros que la totalidad de publicaciones de las instituciones académicas y culturales del Estado.
Años atrás, el gremio literario tenía más opciones de concursos literarios, tanto a nivel nacional como regional. Sin embargo, ante la desaparición de fondos federales a partir del 2019, solo han sobrevivido pocos certámenes. Estamos ante más plumas que quieren publicar, pero menos espacios institucionales para hacerlo; hay un público lector en crecimiento, pero pocas opciones para ellos al no haber ferias ni bazares de libros; el gran auge de las nuevas tecnologías para fomentar la lectura o el quehacer institucional es proporcional al desaprovechamiento de ellas; mientras todo esto sucede, existe al mismo tiempo una carencia en remodelar o abrir espacios culturales enfocados a la literatura.
Tenemos un escenario desalentador del gremio de quienes escriben, editan, quienes se encargan de las bibliotecas, promocionan la lectura, pero sobre todo del público en general. Los libros del Gobierno del Estado apenas se difunden, se distribuyen en pocos lugares y, por lo tanto, no cumple el objetivo de facilitar el acceso a la población a libros y materiales de lectura.
Cuando la Feria del libro de Hermosillo (Felih) cambió de nombre por Feria del libro de Sonora (Felison), argumentando que era un evento con presencia en todo el estado, la capital perdió un espacio que ya había sido identificado y apropiado por numerosos lectores. Este año, con la cancelación del evento, no solo Hermosillo se quedó sin feria: todo el estado se quedó sin su principal punto de encuentro con los libros.
Pero no podemos rendirnos ante este desaliento porque los libros siempre encuentran su camino. Si las instituciones duermen, serán las bibliotecas independientes, los colectivos, las editoriales pequeñas, los esfuerzos individuales y los lectores quienes mantengan vivos a los libros. El futuro de la literatura en Sonora depende cada vez menos de las instituciones y más de la voluntad de seguir escribiendo, recomendando y fomentando la lectura en medio de un, literal, páramo literario.