Vida y libros / El encanto de lo indescifrable
Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad de quien las emite y no de esta casa editorial. Aquí se respeta la libertad de expresiónEl primer libro que me fascinó fue Pedro Páramo. Lo descubrí una noche entre los pocos ejemplares que tenía el librero de la casa. Leí dos páginas, no entendí nada, pero recuerdo haber tenido la revelación de algo. La única palabra que reconocí fue “canícula”, porque mi abuela la mencionaba mucho y sabía que se asociaba con el calor.
Días después volví a leer el primer par de páginas y tampoco supe de qué hablaba el autor. Veía la portada una y otra vez: salían unas figuras humanas en procesión, pero con la espalda cubierta con mantas blancas, lo que hacía que las personas se vieran de manera incierta. Recuerdo que devolví el libro como si fuera un objeto sagrado: lo guardé en su lugar con cuidado, procurando que no se doblara ni que se cayera. Tenía alrededor de nueve años.
A pesar de haber leído cuentos clásicos infantiles desde preescolar, el ejemplar de Pedro Páramo fue el que provocó que empezara a ver a los libros como algo más que un objeto. Ese libro era de mi hermano, porque en su escuela se lo habían encargado. A mí nunca me dejaron leer esa novela, coincidí con ella por casualidad.
Sin embargo, tuvieron que pasar varios años para que leyera La metamorfosis y entendiera por fin el objetivo de la literatura: retratar la complejidad de la realidad, descifrar nuestra imaginación y traducir el laberinto engañoso del ser humano. Entonces comprendí que en ocasiones el gusto por la lectura no empieza por la comprensión, sino por la fascinación de algo que no entiendes.
La diferencia de los libros frente a otros artefactos es que se adaptan a todas las personas y a todas las circunstancias. Con el paso del tiempo reconozco que el libro es una extensión de nosotros mismos, un espejo donde se reflejan nuestros miedos, alegrías y sinsabores. Es un vehículo que nos conduce por diferentes caminos. Un espacio en calma que se parece a nuestra casa.
Cada vez compruebo que los libros tienen vida propia. Son tantas las casualidades que he tenido con ciertos títulos o autores, que no lo puedo dejar pasar desapercibido. Los libros dan armonía a la cotidianeidad y te aconsejan en momentos difíciles. Te hablan y te escuchan, pero si no los cuidas se pierden o buscan otras bibliotecas.
Me sigue pareciendo sorprendente cómo un objeto me fascinó a los nueve años sin entender por qué. El encanto de lo inexplicable fue, quizá, lo que me formó como lector. Más de treinta años de ese feliz descubrimiento, las portadas indescifrables, los autores desconocidos y las historias que no alcanzo a entender me siguen cautivando.