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Nos alcanzó una nueva Navidad y ahora, en ésta, regresé al terruño donde crecí, pasándome unos días maravillosos donde no sabía que iba a capturar lecciones de amor, tal vez solo vine buscando la luz de los recuerdos y entre ellos, quizá una silueta que me trajera aquellos seres amados ausentes pero presentes en mí, así, suspendida entre el silencio de los recuerdos y el espeso paso del tiempo me di cuenta que éste parece olvidar su prisa.
Así que frente a frente, tan cerca del tiempo pasado me reencontré con amigos y familia, mostrándome que el tiempo pasa pero la amistad perdura sin importar el espacio entre ellos y yo. Así, reconozco que la familia es lo mejor que uno puede tener. No ha habido huida, sólo espacio por el tiempo no vivido en el día con día, sin percibirlo, la vida ha pasado como una coreografía lenta, casi solemne, como si el universo entero hubiera decidido contener la respiración y yo también.
El amor no se mide por promesas sino por presencia, presencia del ser amado, compañero de vida, junto a él, la amistad y la familia son un acto cuidadoso, íntimo, como entregar algo sagrado en cada reencuentro, es una pequeña fiesta silenciosa, no es un baile espectacular, sino una danza casi delicada, casi tímida porque durante varios días nos encontramos flotando frente a frente con el tiempo, entrelazando las memorias en charlas que quisiéramos fuesen interminables, cambiando de color como si el cuerpo expresara lo que no hace falta decir, se convierte en una forma de decir “estoy aquí”. “Sigo contigo”. “Seguimos siendo nosotros”.
Después del encuentro, el día continúa y permaneceremos juntos a pesar de la distancia y el tiempo y continuaremos comiendo juntos, hablando y en ocasiones discutiendo, porque incluso en el mar y el universo hay desacuerdos y reconciliaciones sin drama. No se guardan rencores ni se llevan cuentas. El universo es demasiado grande y la vida muy corta para cargar con pesos innecesarios como para dejar de celebrar estar vivos, cuidando la energía que se requiera hasta el último adiós, y mientras tanto, algo crece para que cuando llegue el momento, lleguemos a la luz que nos recuerda algo que solemos olvidar: el cuidado no tiene género. El amor no pertenece a un solo cuerpo. La entrega no sigue normas humanas. La vida no desaparece, permanece cerca. Acompaña. Vuelve a bailar. Vuelve a cambiar de color. No hay jerarquía. Hay cooperación. Por eso esta historia puede sonar incómoda y enternecedora a la vez, no habla solo de recuerdos, habla de otra forma posible de amar.
De una en la que nadie ayuda porque ambos se sostienen en el vínculo que se renueva cada día, no con grandes gestos, sino con pequeños rituales constantes donde amar no siempre es proteger desde fuera, es llevar dentro ese amor, esperando, cuidando para bailar cada mañana como si el reencuentro fuera siempre un milagro y si tus reencuentros son así escríbeme en angeldesofia@yahoo.com.mx Gracias.