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Escuchar las noticias hoy en día debería considerarse un deporte extremo. Llevamos años con un guión que apenas cambia de actores o escenario, pero mantiene la misma trama: muertes, corrupción, redes de crimen, inocentes que cargan con el peso de la malicia. Siempre es lo mismo. Y si, querido lector, eres de quienes siguen las noticias todos los días, sabes lo mentalmente desgastante que puede ser esa exposición constante al horror.
Estas últimas dos semanas han sido particularmente agotadoras. Amparos, asesinatos, violencia en una marcha, huachicol fiscal, corrupción, flotilla Global Sumud, negociaciones, guerra. No solo por la gravedad del contenido, sino por la pregunta que insiste en quedarse en la cabeza: ¿será que ya no nos importa?, ¿de verdad hay tanta indiferencia?, ¿hemos convertido al “otro” en algo prescindible…desechable?
No son preguntas nuevas, en lo absoluto. Tanto así, que un grupo de académicos en Londres escribió The Care Manifesto: The Politics of Interdependence, un llamado a reconocer que permitirnos que las cosas y las personas nos importen, también es un acto político. En un sistema que premia el individualismo y la productividad, cuidar se vuelve una forma de resistencia, por más grande o chica que sea. El manifiesto busca precisamente eso, entender la crisis global del cuidado y su impacto en las estructuras más profundas del tejido social (Chatzidakis et al., 2020).
Los autores plantean que, el cuidado nos recuerda una verdad humana básica: nuestra existencia depende de la de los demás, no hay manera de ser individualista. No podemos crecer y desarrollarnos, si no miramos a quienes tenemos al lado, nos caigan bien o no. Por eso, The Care Manifesto propone colocar el cuidado en el centro de las instituciones políticas y sociales. Desde ahí, sugieren que se vería fortalecida la democracia,economía, salud pública e incluso reducirse la desigualdad, porque si nos importa el “otro”, ¿cómo podría ser prescindible? (Chatzidakis et al., 2020).
Claramente, no se trata de una idea ingenua o de un mundo ideal donde todos nos tomemos de las manos para cantar “Kumbaya”. Se trata de reconocer que los gestos cotidianos son, también, actos políticos. Hacer una llamada a un ser querido, acercarnos a un compañero de trabajo que parece cabizbajo sin llevarnos tanto con él, procurar que en una reunión escuchen a quien le cuesta hablar en público, o dejar un comentario positivo en el negocio de un desconocido. Todo eso, en su aparente sencillez, desafía la lógica del desinterés. Es hacer un acto en lo absoluto contundente, político y retador desde la plataforma de lo privado.
Cuidar es resistir, es demostrarle al otro que su existencia importa, que nos importa. En un mundo que insiste en anestesiarnos ante el dolor ajeno, ese gesto mínimo de cuidado y reconocimiento, por más pequeño que parezca, puede convertirse en una revolución silenciosa. Para cambiar la trama y el guión de una historia, en realidad basta un simple movimiento: un acto de cuidado, de interés genuino, de verdad -pero de verdad- voltear a ver a quien tenemos al lado. Porque los cambios y este “cuidado del que hablamos”, no necesitan ser gigantescos ni venir de las instituciones; también pueden construirse de a poco, en lo cotidiano, tan cerca y tan posibles que estén… a la vuelta de la esquina.