El siniestro en la empresa Polímeros Nacionales ubicada justo en el cruce del Eje 126 y la avenida Comisión Federal de Electricidad no reportó algún herido, pero en el sitio permanecieron ambulancias
El presidente iraní, Masoud Pezeshkian, afirmó que un alto el fuego en el Líbano era una condición esencial para el acuerdo de su país con Estados Unidos
El caso tuvo como epicentro una clínica privada donde se aplicaban sueros vitaminados, que hasta el 8 de abril han provocado la muerte de ocho personas
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Este fin de semana se celebró una edición más de la marcha del Orgullo: carros alegóricos, banderas y mucho, mucho color. Ese mismo día, tuve una conversación con un funcionario encargado de temas de género, diversidad e inclusión, quien me hizo LA pregunta del millón: “Como investigadora y consultora, ¿cómo le hacemos para generar un impacto real?, ¿cómo se hace la diferencia a gran escala?”. Vaya pregunta. Creo que si existiera una sola respuesta, las luchas sociales no tendrían razón de ser. Simplemente viviríamos ya en una sociedad más justa.
Me pareció muy pertinente que en la conversación surgieran como homólogas la lucha de la comunidad LGBTTTIQ+ y la feminista. Desde mi más humilde opinión, comparten varios campos de batalla. El primero de ellos es la concientización: ese espacio donde se abren foros para cuestionarnos nuestras creencias, nuestra crianza, y para comenzar procesos de deconstrucción que nos permitan transformar patrones dañinos, esos que han enseñado que no todos caben.
Hasta aquí, todo bien. Aquello que no se nombra, no se puede medir. Y aquello que no se mide, no puede cambiarse. Por eso, esta primera fase donde la información, educación y el reconocimiento fluyen, es vital para lograr cualquier transformación. Pero como bien decimos los mexicanos: del dicho al hecho hay mucho trecho. Lo que realmente cuesta es lo que sigue: la acción. Lo tangible. El esfuerzo extra.
Para que cualquier lucha social permanezca (sea desde una política pública, un programa corporativo o un protocolo de inclusión), necesita sostenerse en instituciones que practiquen, todos los días, aquello que se aplaude en las conferencias. Una charla sobre violencia contra las mujeres cobra verdadero sentido cuando la empresa que la organiza tiene una línea clara de denuncia, seguimiento y sanción contra el acoso laboral. Cuando cuenta con políticas de maternidad dignas, salas de lactancia o espacios de cuidado. Una plática sobre inclusión de la comunidad LGBTTTIQ+ pierde fuerza si no va acompañada de un protocolo real contra la discriminación o mecanismos para escuchar a sus miembros cuando se sienten hostigados.
La clave está en construir instituciones sociales: una nueva manera de pensar, de habitar lo público, de convivir no. No sólo quedarnos en discursos. Como señala el Instituto para la Economía y la Paz, uno de los pilares para construir paz positiva (esa que perdura en el tiempo) es el fortalecimiento institucional. Y pocas instituciones son más duraderas que las que se construyen desde lo social, porque éstas se convierten en nuevos andamios del sentido común. Porque así, gracias a este nuevo andamio, las luchas sociales forjan una estructura intangible que, sin estar escrita en papel, sí deja huella.
Por eso, querido lector, esta columna no pretende encontrar el hilo negro. Sólo poner el dedo en el renglón. Porque una empresa que ondea la bandera multicolor solo en junio, o que “conmemora” el 8M sin mover nada de fondo, no está siendo aliada. Está siendo decorativa. Hacer instituciones sociales y nuevos andamios (maneras de pensar) también es abrir espacios, replicar voces, dar seguimiento.Ojalá yo tuviera la respuesta a aquella gran pregunta que me hicieron el sábado. Justamente porque no la tengo, me dedico a buscarla. Porque las luchas sociales se pelean todos los días, no solo en las fechas señaladas. Y en ese seguimiento cotidiano, a veces, se encuentra a un buen aliado…a la vuelta de la esquina.