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Como buena chilanga, desarrollé un amor profundo por una ciudad que, en teoría, tendría razones para repudiar. Amo caminar por Reforma un día de marzo, teñida de morado y llena de cláxones y smog. Amo esperar el Metrobús en julio, mientras la furia de Tláloc cae sin piedad. Amo salir con mis amigas a cualquier bar y, luego, volverme inmune al ruido que se cuela por las ventanas, porque la ciudad nunca duerme. Siempre hay una algarabía constante. Básicamente, soy como Shrek: amo mi pantano, aunque no sea perfecto.
Pero un día, pasó algo curioso: los rostros, los sonidos y hasta los menús de las zonas que frecuentaba comenzaron a cambiar. Todo parecía hablado en otro idioma. Era como si nuevos personajes se instalaran en el pantano sin que nadie preguntara. Shrek, de pronto, ya no reconocía su propio hogar.
Esta columna no es una sátira sobre la gentrificación, ni un ataque a quienes deciden mudarse. Es un intento por aclarar conceptos que se están confundiendo, como si migrar y gentrificar fueran lo mismo, y como si la violencia contra “el otro” estuviera justificada solo por llegar a un lugar “que no le corresponde”.
Vamos por partes. La migración, según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), es “el movimiento de personas desde su lugar de residencia habitual a otro, dentro o fuera de un país”. Pero hay matices: no es lo mismo migrar por elección, con visa en mano y vuelo pagado, que hacerlo obligado por violencia, persecución o desastre. Hay quienes migran por privilegio y quienes lo hacen porque no tienen otra opción. Visibilizar esa diferencia es vital.
Ahora hablemos de la gentrificación. Según la RAE, es “el proceso de renovación de una zona urbana que implica el desplazamiento de su población original por otra de mayor poder adquisitivo”. Y ahí, está el corazón del problema: no es lo mismo migrar por necesidad, que mudarse a la CDMX porque todo es más cool y más barato.
Retomando la analogía del pantano de Shrek, imaginemos que un par de nuevos vecinos llegan buscando una vida distinta. Los Tres Osos, Pinocho y otros personajes comienzan a compartir el espacio, respetando la dignidad y la cotidianidad del quehacer de todos. Hasta ahí, todo funciona. Pero ¿qué pasaría si, de pronto, voluntariamente, comenzaran a llegar en masa decenas de seres mágicos? Lo que antes era suyo, ahora está saturado, rediseñado, cotizado. No se trata de estar en contra de los nuevos vecinos, sino de preguntarnos: ¿qué ocurre cuando su llegada desplaza a quienes han estado ahí desde siempre?
Esta analogía, aunque burda, busca tres cosas: (1) recordar que migrar es un fenómeno humano, tan antiguo como la humanidad misma, (2) reconocer que la gentrificación sí daña el tejido social de la célula viva que es una ciudad, cuando desplaza a quienes han construido comunidad y (3) reiterar que la violencia jamás debe ser una respuesta. No se trata de exigir que todos “regresen a su país”. Se trata de pensar políticas públicas, estrategias comunitarias y modelos de gestión urbana que permitan a quienes ya estaban conservar su espacio y a quienes llegan, integrarse sin desplazar. Que haya espacio para Shrek, Pinocho, los Tres Osos y quien más venga, sin que eso implique que alguien tenga que irse. Porque al final, este pantano (llamado CDMX) también es nuestro. Y la posibilidad de habitarlo sin violencia, con dignidad y con equilibrio tiene que estar…a la vuelta de la esquina.