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Análisisviernes, 21 de diciembre de 2018

Francisco Goitia: sueño y realidad

Sus biógrafos dicen que las escuelas formadoras de su técnica fueron el realismo y el impresionismo, que evolucionaron más tarde hacia un modernismo expresionista típicamente mexicano.

Cuando tuvo edad para aprender las primeras letras, fue llevado al rancho Charco Grande de la misma hacienda. Cursó la instrucción primaria en Fresnillo.

Sin embargo, esta vida apacible y tranquila no podía durar mucho tiempo, pues su padre estaba interesado en que viajara a la ciudad de México a estudiar y no al Colegio Militar, como eran los deseos de Goitia, decidiéndose este último finalmente por las artes plásticas.

Pero la vida de Francisco Goitia, como su obra pictórica es también aleccionadora.

Después de estudiar en la Academia de San Carlos, fue soldado villista y después maestro promotor rural. Nutrido en la raíz popular, mostró siempre lo recto de su humildad, rasgo auténtico y fundamental de su carácter.

En 1904 viajó a Barcelona con la ayuda económica de su padre; asistió a talleres y aprendió la pintura al carbón; obtuvo un subsidio para estudiar en Italia pintura renacentista, pero tuvo que regresar a México con la caída de Porfirio Díaz y el término de su beca.

De vuelta en México, vive un tiempo en Zacatecas, de cuya estancia son los cuadros de paisajes zacatecanos, como: Paisaje de Santa Mónica, La Huerta del Convento de Guadalupe, Zacatecas, etc.

Posteriormente trabaja de 1918 a 1925, con el antropólogo Manuel Gamio como dibujante de objetos y sitios arqueológicos.

Así era Goitia: sabio en la vida y en el arte, despojado de todo interés mundano, los honores y la fama. En cada cuadro, como en cada palabra, concentraba la esencia del espíritu. Cada una de sus obras es como una joya de belleza dramática inigualable.

Goitia sabía que los artistas además de vocación requieren del esfuerzo constante y sistemático para perfeccionar el oficio y develar los aparentes misterios del color y la profundidad. El sentía los elementos como integrantes de una unidad indisoluble de aire y de luz.

Esto lo lleva a hacer un recuento de su vida: el reencuentro con su país y su pueblo; su ardua lucha contra los demonios del cuerpo y su posterior conversión religiosa; su permanente búsqueda de identidad como hombre y como artista.

Fue gran amigo de Rufino Tamayo, pero también tuvo relación con los grandes precursores del arte contemporáneo mexicano, al lado de David Alfaro Siqueiros, José Clemente Orozco, Diego Rivera y Carlos Mérida, entre otros.

Durante veinte años vivió en el Barrio de San Marcos, en Xochimilco, aislado del mundo, dibujando y pintando. Murió en 1960, dejando inconcluso un autorretrato que había empezado en 1943.

Francisco Goitia: sueño y realidad

Premio Nacional de Periodismo 2018

Fundador de Notimex

pacofonn@yahoo.com.mx

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