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Al penetrar en las raíces intelectuales de la neolengua, Roger Scruton destaca cómo ésta erradica el diálogo al imponer su propio “plan”. Así, al hablar de “justicia social”, legitima la normalización en el habla de la apropiación y distribución de los bienes entre los hombres, desconociendo con ello las etapas previas de libre acuerdo en las que cada ciudadano era, en lo individual, autónomo para organizar y construir su propia vida.
Derivado de ello y partiendo de la dicotomía entre derecha liberal conservadora e izquierda “progresista”, mientras la primera analiza al mundo en términos de autoridad, gobierno e instituciones, la otra lo hace a partir del poder y la dominación, de tal suerte que su “verdad” no es otra que el poder mismo y su “esperanza”: su deposición, siendo su consecuencia la permanente lucha contra las instituciones burguesas -comprendidas todas las asociaciones privadas que derivaran de ellas, desde un centro educativo, artístico, social o religioso, hasta una institución judicial o legislativa de envergadura-. Antagonismo que representa un peligro para el “Estado”, desde el momento en que son “artificios” en manos del “enemigo”, motivo por el cual la izquierda finca su anhelo de conquistar el poder en la presunta esperanza de “liberar al oprimido” y “distribuir” los bienes sociales de acuerdo con “su plan”, lo que detona que su neolengua devenga en un lenguaje totalitario en el que los seres humanos solo pueden ser inocentes (ellos) o culpables (los otros).
¿Qué subyace atrás de esta maniquea visión? En términos de Scruton una enfermedad emocional: el resentimiento. Resentimiento justificado en la doctrina marxista que, al pretender “demostrar” que su ideología “era en sí” una ciencia, declaró a la clase burguesa ostentando una identidad común y gozando de privilegios compartidos “gracias” a la explotación del proletariado. Así, al ser la teoría de clases una “ciencia” que solo una élite comprende y domina y ser capaz ella de revelar el carácter ideológico del pensamiento burgués, pronto el marxismo se convirtió en una especie de gnosticismo cuyo lema era: gobernar a través del conocimiento. ¿Quién entonces sería el abocado a gobernar? El individuo secuestrado por el resentimiento, que cuestiona el éxito “inmerecido” del otro y que se siente “traicionado” por el mundo. No otro que el sujeto presa de una rabia aniquiladora que no se ubica dentro de las estructuras vigentes (comprendidas las normas morales y legales) y que para alcanzar el poder absoluto busca la destrucción de éstas.
En la Inglaterra de principios del siglo XX, la “izquierda” comenzó entonces a utilizar la historia como un mecanismo fundamental para incidir en la “lucha proletaria”. Autores como H. G. Welles, los Webbs, R. H. Tawney y la corriente fabiana, terminaron por coincidir en que el socialismo era sinónimo de “progreso”. Nacía entonces la “Nueva Izquierda”, en la que destacaron figuras de historiadores como Eric Hobsbawm y E. P. Thompson, ambos proclives al comunismo que, en el periodo de entreguerras, alcanzó un gran impacto entre los intelectuales europeos (Reino Unido, Francia, Alemania, Italia, etc.), al grado que Scruton evoca a Czeslaw Milosz, quien denunció ampliamente “el poder satánico” que dicha ideología ejerció sobre la intelectualidad polaca entonces, al extremo de conducirla a traicionar toda lealtad: desde la vida de sus compatriotas, familia e iglesia, hasta el orden legal mismo de su Nación. Y es que el comunismo había llegado en el momento preciso: cuando el europeo se encontraba en plena crisis de sus valores religiosos y civiles.
Una clara muestra de ello la ofrece Breton al proclamar en el Segundo Manifiesto Surrealista de 1930 que “todo estaba por hacer” y que “todos los medios eran buenos para aniquilar las ideas de familia, patria y religión”, en la medida que era necesario construir un nuevo sistema de creencias para tener un nuevo orden que transformara la realidad y la “reescribiera” en el lenguaje de la “autoafirmación”. Fue así como los historiadores británicos comenzaron a reinterpretar “cientifizando” a la historia desde la neolengua marxista en revistas como Past and Present, New Reasoner, Universities y Left Review.
Atrás quedaba la idea hegeliana de que la conciencia determinaba la evolución social. Para la nueva historia, de acuerdo con “La ideología alemana” de Marx, era la vida (realidad material, social y económica) la que determinaba a la conciencia (religión, derecho, moral, arte, Nación, soberanía, etc.), en tanto que la conciencia de clase emergía como el elemento por excelencia que divide y separa a la sociedad.
Sin embargo, con el paso de los años y a pesar de su enorme impacto, el marxismo económico terminó por fracasar: era insuficiente. La Nueva Izquierda necesitaba penetrar a las instituciones a fin de moldearlas dentro de un nuevo esquema de valores, esto es, desde la cultura. Faltaba solo elegir al ideólogo que así se los permitiera y pronto lo encontraron en el pensamiento de Antonio Gramsci. (Continuará)