Scrutopia: la herejía que devela nuestra realidad (V)
György Lukács
Scruton y los primordios de la escuela de Frankfurt
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Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad de quien las emite y no de esta casa editorial. Aquí se respeta la libertad de expresiónEn aquella época todos sentíamos un odio acérrimo por el capitalismo. Deseábamos destruirlo a toda costa y con la mayor rapidez posible.
El marxismo no se puede demostrar (…) te conviertes a él… la legalidad o ilegalidad para el partido comunista es cuestión meramente táctica.
Tras la Segunda Guerra Mundial, la aparente “purga” del nazismo en el mundo universitario alemán detonó una fuerte crisis académica. Haber recibido el veneno nazi tuvo un alto costo, y si autores como Sartre (1905), Merleau-Ponty (1908) y Hobsbawm (1917) recibieron la amnistía, hubo otros a los que no se exoneró como Heidegger (1889). Sin embargo, a los epígonos del nacionalsocialismo sucedieron nuevos ídolos, el principal: la Escuela de Frankfurt (EF).
Al desarrollar su demoledora crítica sobre la EF, Scruton ubica la gestación tanto de la izquierda germana como de la francesa en el periodo entreguerras, y reconoce al húngaro György Lukács (1885-1971) y al germano Theodor Adorno (1903-1969), como los primeros y más influyentes intelectuales que detonaron la eclosión de lo que sería denominado como “marxismo humanista”: antecedente directo de la EF.
¿Cómo nació éste? De acuerdo con el británico, intelectuales austrohúngaros como Gustav Klimt (1862), Richard Strauss (1864), Karl Kraus (1874), Hugo von Hofmannsthal (1874), Franz Kafka (1883), Ludwig Wittgenstein (1889), Friedrich Hayek (1899), Egon Schiele (1890), Joseph Roth (1894) y el propio Arnold Schoenberg (1874) -mentor directo de Adorno y padre del expresionismo atonal-, estaban atrapados entre la nostalgia por los tiempos decimonónicos idos, el añoro de la libertad frente a las costumbres imperantes y la necesidad de “vengarse” contra lo heredado: venganza que hizo de Lukács un sujeto que pretendió erigirse en inquisidor de la cultura.
Y es que Lukács -colaborador del movimiento comunista junto con Viktor Serge (1890) y Antonio Gramsci (1891), gran admirador de Georges Sorel (1847) y del terror revolucionario y comisario de Instrucción Pública que despidió a todo aquel profesor universitario que no fuera comunista en Hungría, comenzando por el filósofo Béla Hamvas (1897)-, fue pionero en ubicar a la cultura como epicentro de la lucha entre revolución y reacción, ostentándose como exterminador de todo lo que fuera “reaccionario”, al grado de instruir a los marxistas en la condena de la cultura a partir de las categorías que diseñó y que se convirtieron en el marco teórico-conceptual del “humanismo marxista”, entre cuyos cultivadores destacarían Agnes Heller (1929), Ferenc Féher (1933), György Márkus (1934) y János Kis (1943). Humanismo según el cual la ética comunista debía enfrentar “la necesidad de actuar mal” como “sacrificio” impuesto por la revolución, al ser la maldad una “concepción” burguesa y todo burgués tener que ser destruido. Visión lukácsiana nacida del odio “contra el demonio” del capitalismo que las “apariencias” del mundo burgués “ocultan”. Odio total e incondicionado que lo hará justificar todo quebranto de la moral.
No obstante, la mayor aportación del húngaro para Scruton y que retomará la EF y, en la posguerra, la Nueva Izquierda, es su lenguaje que muestra al capitalismo como “el mayor mal social ante una generación que había gozado de la abundancia, de la libertad, de las prestaciones sociales y de las oportunidades de la ‘economía capitalista mixta’” -crítica que el propio Marx dejó subsumida en “El Capital” bajo su propia teoría económica- y, junto a él, la idea de totalización del marxismo dialéctico por la que concibe al capitalismo desde su inherente “totalidad”, al visualizar al capital captando el todo de las cosas y las cosas como un todo.
Proceso al que llamará “reificación” (mundo subjetivo que “lo explica todo”), desde el momento en que el capital otorga poderes humanos a objetos no humanos (como la moneda y todo bien de capital), y que junto con los conceptos de “fetichismo” (mundo objetivo) y “alienación”, constituyen los principales “pecados” del sistema capitalista al “definir” su condición espiritual. Gracias a ello, Lukács revelará y dotará de un sentido teológico a la economía marxista, al adaptarla al mundo de la posguerra que buscaba la emancipación interior frente a las normas establecidas por el orden burgués. Pero ¿quién era un burgués para él? Scruton no deja duda: todo crítico del marxismo. Y ¿“proletario”? Todo escritor marxista.
La paradoja, dirá nuestro filósofo, es que ninguno de los marxistas fue, en efecto, proletario, comenzando por Lukács -que provenía de una familia aristocrática-, el mismo que se especializó en poner etiquetas a sus “enemigos” -acusándolos de ser “herederos” del “violento cosificador” Marqués de Sade (1740)-; que buscó destruir a todas las instituciones políticas de Occidente; que sembró el repudio contra los fundamentos cristianos pretendiendo demoler valores como la verdad, humildad y expiación, y quien habría de legar en Adorno, como constataremos, las bases para su futura crítica radical de la racionalidad occidental. (Continuará)