¿Su objetivo? Hacerse del poder y de sus privilegios. En palabras scrutonianas: no otro que el evidente germen de su resentimiento. ¿Cómo lograrlo? Éste fue el reto.
En los 10 últimos años, las congregaciones cristianas evangélicas concentraron 69 por ciento de los registros de asociaciones religiosas ante el gobierno federal, más del doble que la Iglesia Católica
Eraclio Rodríguez, dirigente del Frente Nacional de Rescate al Campo Mexicano, dijo que ante la falta de respuesta del gobierno seguirán sus manifestaciones
¿Te quedas fuera de la conversación? Mandamos a tu correo el mejor resumen informativo.
Roger Scruton fundamenta su análisis crítico identificando la existencia de tres etapas interconectadas dentro del “continuum” histórico del pensamiento neomarxista cultural que han moldeado la dicotomía izquierda-derecha (presunta desde mi punto de vista como al final de esta serie expondré) que ha debilitado y hoy confronta a Occidente en su interior.
La primera de ellas, fundamentalmente encarnada en Antonio Gramsci; la segunda, en los principales exponentes de la Escuela de Frankfurt y, finalmente, la tercera, identificada con los existencialistas franceses de la segunda mitad del siglo XX. Intelectuales todos ellos que, como evidenció el filósofo británico, desarrollaron una poderosa agenda ideológica inspirada en el pensamiento marxista anterior a la época de El capital, correspondiente al Marx promotor del ateísmo y denostador de los valores emanados de la tradición judeocristiana que imperaban en la sociedad europea.
Así, a diferencia de los revolucionarios franceses del siglo XVIII que enarbolaban la libertad y la igualdad frente a la opresión política, los neomarxistas del siglo XX, posicionados en la izquierda y proclamándose defensores de la libertad y la justicia social, lo que en realidad pretenderán será la deconstrucción y emancipación de las instituciones, convenciones y costumbres del orden burgués: familia, escuela, Estado-nación, en suma, las “estructuras de dominación” de las que tanto habló Foucault. De ahí su impulso a la liberación de la mujer frente a la opresión del hombre, la de homosexuales y transexuales frente a la homofobia o la de los musulmanes contra la “islamofobia”: en esencia, los principales temas que permean en toda la legislación occidental que actualmente existe en materia de antidiscriminación, según la cual la reconceptualización de justicia social plantea una “transformación radical” de la historia mediante la eliminación de todo privilegio, jerarquía y distribución inequitativa de bienes, al concebir a toda desigualdad como injusta.
La cuestión es que, siguiendo el canon marxista que planteó el advenimiento del comunismo luego de la fase socialista en la que desaparecían el Estado-nación, el orden legal, la división del trabajo y, por supuesto, la propiedad privada, como remarcó Scruton: Marx nunca dijo cómo se lograría -sólo se basó en su “inevitabilidad histórica”, derivada del decurso de las leyes del “movimiento histórico”- y tampoco explicó las contradicciones que planteaba la utopía socialista y que comenzaron a cuestionar posteriormente personajes como Maitland, Weber, Sombart, Mises, Mallock, Popper, Hayek y Aron, entre otros.
Ahora bien, ¿hacia dónde condujeron las subsecuentes generaciones de marxistas su orientación ideológica a lo largo del siglo XX? Paradójicamente hacia un sentido contrario al ideario original de Marx, es decir, hacia la defensa de “las rutinas burocráticas y la institucionalización de la cultura del bienestar” mediante la elaboración de “nuevas” leyes y comisiones gubernamentales antidiscriminatorias, es decir, hacia la burocratización de la “liberación” y “justicia social”, dejando de lado a los antiguos marxistas que continuaban discutiendo la lucha anticapitalista, compartiendo con estos solo un punto de contacto extremo: la transformación del lenguaje político.
Scruton es lapidario cuando afirma: “Fue George Orwell quien acuñó el término ‘neolengua’ en su escalofriante descripción de un Estado totalitario ficticio”, pero subraya que el apoderamiento del lenguaje a cargo de la izquierda no es un fenómeno reciente: inició con la Revolución Francesa y se fortificó durante la Primera y Segunda Internacionales (Londres, 1864 y París, 1889), siendo en esta última cuando se “asumió” la visión “de un mundo transformado” que no requería de justificación, pero sí de distinguir entre quienes compartían y comulgaban con su propia concepción de “verdad” y quienes eran sus enemigos, entre los que debían considerarse como los “más peligrosos” a los que eran próximos a las ideas de la corriente principal, al ser una amenaza que podía “contaminar su pureza” ideológica. Razón que les condujo a comenzar a utilizar etiquetas de marcaje personal para establecer claros “deslindes” de posicionamiento ideológico: revisionistas, desviacionistas, socialistas utópicos, etc., hasta llegar a la división entre bolcheviques y mencheviques.
Estigmatización de todo crítico que se convirtió en una praxis exitosa, cotidianamente empleada sobre todo por la élite comunista. Palabras acuñadas que triunfaron sobre la realidad que les incomodaba y repudiaban. Palabras que “advertían” sobre los “peligros” de la resistencia. Neolengua comunista que, de acuerdo con la historiadora sovietóloga Françoise Thom, era una langue de bois (lengua de madera) que protegía “la ideología del malintencionado ataque de lo real”, erigida en un sistema de pensamiento a partir del propio lenguaje. (Continuará)