Nélida: la refugiada que construye paz en la CDMX
México se ha convertido en el abrigo de aproximadamente 600 refugiados en los últimos años,
Margarita Solano
#PeriodismodePaz
El destierro
—¿Quién es Hipólito? —pregunta un hombre que como bienvenida cubría su rostro con pasamontañas.
—¿Que quién es Hipólito? —esta vez grita.
Las hachas apuntan el rostro de la familia Herrera. Raumir, el menor de los varones se anima a contestar, “todos somos Hipólito”.
—Entonces todos a la camioneta — la voz seca, la orden dada.
Faltan 13 minutos para la media noche.
LA HUÍDA
“Mi papá tiene un orificio en la frente, no se le ve maltrato, su ropa está intacta. Mi hermano Raumir tiene un hueso del brazo levantado. Rafael tiene una venda en la cabeza, le han destrozado el cráneo y el estómago”, explica la sobreviviente con ayuda del índice.
Por las mañanas, los rebeldes solían desayunar en fondas del poblado, compartían con familias, jugaban fútbol con los más chicos. Entonces los paramilitares se dejaron ver en la región bajo la bandera de `limpiar´ los poblados de la guerrilla.
Sin saberlo, Nélida y sus cinco hijos menores -tan seguidos uno del otro como las letras del alfabeto- comienzan a esbozar una vida nómada y a construir su propio retrato de una familia colombiana que jamás se volvería a reunificar.
Al día siguiente, Nélida fue evacuada de Colombia rumbo Costa Rica y luego a México con el status de refugiada. Fue su primera vez en un avión. Su rumbo era un país desconocido huyendo de una violencia que no entendía.
LA DESPEDIDA
A las seis de la mañana, Nélida habla con los militares que resguardan el caserío de Mariangola.
—¿Pero cómo pueden no haber visto nada si en un pueblo de dos calles que pasen 11 camionetas amarillas es tan evidente? — los soldados aseguran desconocer el paradero de los Herrera.
Ese frío noviembre de 1996 sopla de la montaña un viento helado trayendo a cuestas el presagio de la muerte. Un equipo de búsqueda conformado por amigos y lugareños trabaja desde la noche anterior.
—Nélida al pie de la carretera, aquí…. a las afueras— gritó bajando la montaña un voluntario apuntando a la carretera que divide Maríangola de la nada.
EL SABOR DEL EXILIO.
Dice que no quiere que los muchachos terminen en las drogas ni inmiscuidos con las pandillas. Quiere que huyan de la violencia sin verse en la necesidad de tener que abandonar su patria ni su familia, como le pasó a ella.
Es sábado y en un patio de la Vasco de Quiroga Nélida extiende cinco cartulinas en la pared y pide a sus alumnos que escriban palabras relacionadas con la paz. Los muchachos conversan, ríen, escapan de su
entorno.
—Esteban ven a ver esto— le grita Nélida a uno de sus hijos.
El adolescente al igual que sus hermanos, no recuerda nada de Colombia: huyeron a los cinco años.
—¿De qué es mamá? sostiene la botella café y etiqueta roja.
—Es de cebada hijo, es como nuestra cerveza colombiana.
Esteban prueba la Pony Malta intentando descubrir su sabor.
—Sabe rica mamá, me gusta... creo que sabe a Colombia.