Ricardo Salinas Pliego: ¿El outsider que necesitaba la oposición?
Ahí es donde entra Ricardo Salinas Pliego.
Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad de quien las emite y no de esta casa editorial. Aquí se respeta la libertad de expresiónMorena es el único partido-gobierno que habla como si siguiera siendo oposición. No parece haberse dado cuenta de que ya es el poder. Controla el Congreso, la Suprema Corte, las gubernaturas, los municipios, el INE, el Tribunal Electoral. Gobiernan desde hace ya 7 años y sin embargo, desde Palacio Nacional siguen con la cantaleta de que todo es culpa de Felipe Calderón, una figura que ya no gobierna desde hace 13 años.
Y es que al margen de los resultados, el éxito electoral real de Morena en 2024 se explicó en buena medida, por la habilidad política de López Obrador para mantener unido a su movimiento. Un partido que durante años bailó al ritmo del ex presidente, incluso después de su salida formal. Pero hoy, los conflictos internos, los golpeteos y las fracturas son más visibles que nunca y la mayor oposición a Morena, terminó siendo precisamente Morena.
Sin embargo, a pesar de la popularidad de la presidenta y la alta aprobación del partido, esa fortaleza se sostiene no por resultados, sino gracias a los programas sociales que benefician a más de 35 millones de ciudadanos. Pero en materia de salud, seguridad, economía y corrupción, la cuarta transformación reprueba estrepitosamente. Y para que esta situación cambie, hacen falta dos factores fundamentales: el primero puede que ya haya comenzado y se llama desgaste local.
Los grandes derrumbes políticos rara vez ocurren de golpe. El PRI no perdió el poder acumulado durante casi un siglo por una sola derrota, sino por una serie de derrotas pequeñas y emblemáticas en municipios y estados, hasta llegar a Baja California en 1989. Lo mismo comienza a suceder con Morena: sobre todo si analizamos las recientes elecciones en Durango y Veracruz, que mostraron retrocesos en bastiones importantes.
No obstante, en el terreno nacional la oposición no termina de recomponerse. El nuevo PAN ha propuesto abrir sus candidaturas a la ciudadanía, aunque eso no es ninguna novedad: ya lo hacía antes. Ernesto Ruffo, su primer gobernador, provenía del sector empresarial, Vicente Fox venía de la dirección en Coca-Cola y Felipe Calderón ganó una primaria interna muy competida, por lo que podemos concluir que la apertura no es el problema, sino la falta de rumbo y liderazgos.
Hoy el PAN intenta alinearse con la ola global de partidos de ultraderecha que han capitalizado el descontento social: Trump, Milei, Meloni, Bukele, en su momento Bolsonaro. Pero hay una diferencia sustancial. Esos movimientos apostaron por una derecha radical, provocadora, mientras que el PAN sigue siendo una derecha mocha y temerosa, que no se atreve a romper los moldes. Tal vez por falta de estrategia… o por falta de un personaje que encarne esa rebeldía.
Su figura polariza, pero también conecta con un electorado hastiado de políticos tradicionales. En medio del caos opositor, su nombre empieza a sonar como una alternativa, sobre todo entre un sector huérfano de liderazgos reales. El PAN, encabezado por Marko Cortés y Ricardo Anaya —los mismos que acumulan derrota tras derrota—, se aferra ahora a un discurso de renovación que no convence. Y el grupo de Los Oceans, del que surgió el actual dirigente Jorge Romero, no ha logrado darle dirección al partido.
Situación que agudiza la crisis blanquiazul, pues hoy los partidos necesitan rostros, no al revés. Ya no son los políticos quienes buscan un buen partido: son los partidos los que necesitan una figura que los haga relevantes, tan solo hay que ver el caso de Morena con López Obrador y como su simple nombre o imagen, hacía ganar a candidatos y candidatas que nunca lo hubieran logrado por su cuenta.
Pero volviendo al dueño de Banco Azteca, no se trata de afirmar que Salinas Pliego pueda ganar una elección presidencial, de hecho su desconexión con el México real es evidente y le resultaría muy difícil. Pero sería ingenuo también descartarlo por completo. La política internacional reciente nos ha demostrado que los outsiders ya no son anomalías, son la constante que está moviendo al mundo: Trump, Meloni, Milei o Bukele comenzaron siendo improbables… y hoy gobiernan.
Pues cuando un país atraviesa una crisis múltiple —económica, seguridad, salud—, suelen emerger liderazgos disruptivos, no necesariamente populares, pero sí eficaces en canalizar el enojo social. Trump nunca fue querido, Milei tampoco. Y sin embargo, ambos entendieron el momento histórico de sus respectivos países.
Sea o no Ricardo Salinas Pliego, México parece estar a la espera de un liderazgo que rompa el molde. Un perfil capaz de absorber el hartazgo y reconfigurarlo en discurso político. La mesa está servida: un país polarizado, una oposición desarticulada y un oficialismo que empieza a desgastarse.
Dejando la vara más baja que nunca. Entre los nombres en el tablero —Adán Augusto, Noroña, Cuauhtémoc Blanco, Marko Cortés, Álvarez Máynez, Alito Moreno— bastaría alguien con un poco de poder y audacia, para que reclame el lugar del outsider que tarde o temprano, llegará también a México.