No sé usted, estimado lector, pero cada vez que un funcionario del gobierno nos presenta estadísticas sobre la violencia en Sinaloa para convencernos de que “todo está mejorando”, siento una patada en el estómago. Uno de esos funcionarios, experto en contar muertos, es el batman (en minúsculas) Harfuch. Cada vez que visita Sinaloa, intenta persuadirnos de que estamos mejor con una lluvia de cifras inconexas.
Las estadísticas del batman son tramposas. A veces compara los muertos en Sinaloa con el mes anterior; cuando los números no le favorecen, recurre a algún mes del año pasado para ver si así logra construir un relato coherente. Ha dejado de ser batman para convertirse en un macabro Conde Contar, abandonando su papel de guardián de Ciudad Gótica para transformarse en una caricatura de Plaza Sésamo, donde todo es dulzura y felicidad.
Para desgracia del batman contador (y de todos los sinaloenses), en varias de sus visitas para realizar su conteo de muertos ocurren tragedias que nos devuelven a la cruda realidad de Ciudad Gótica. La semana pasada, justo durante la visita del gabinete de seguridad, se registró un intento de robo a una camioneta en la que viajaba la nieta del gobernador. Fue un día de caos. Ese episodio demostró que contar muertos en tablas de Excel no tiene nada que ver con la realidad que se vive en Culiacán.
Nadie está seguro en Culiacán. No importa si tienes escoltas, si eres rico o pobre, si tomas precauciones o no; de nada sirve transitar por rutas concurridas ni viajar de día o de noche. La violencia en Sinaloa no sigue ninguna lógica: simplemente te toca o no te toca.
El gobierno insiste en vender a Sinaloa como si fuera Plaza Sésamo en lugar de Ciudad Gótica. Al igual que en el programa infantil, el régimen pretende enseñarnos a hablar, leer y contar, pero a su manera, con su propio lenguaje. Nos quiere educar. En Sinaloa no hay muertos, hay “decesos”. No hay asesinatos, hay “abatidos”. No hay asaltos, hay “despojos”. No hay violencia, hay “sequía”. Podríamos seguir enumerando frases hechas diseñadas para insertar en la mente de la población un lenguaje infantil que nos traslade al mundo feliz de Abelardo y Óscar el Gruñón.
Harfuch cuenta: un homicidio, dos homicidios, tres homicidios, cuatro homicidios… ¡ya estamos mejor, amiguitos! Su misión de contador no se limita a enumerar muertitos. También cuenta policías o soldados: un nuevo soldado, dos nuevos soldados, tres nuevos soldados… ¡ya tenemos muchos soldados! El señor secretario de Seguridad se ha convertido, además, en un excelente narrador de cuentos. Cada vez que puede, nos receta el cuento de los “protocolos” (aprendan la palabra: pro-to-co-lo… ¡muy bien, amiguitos, ya saben una nueva palabra!) o el cuento de las “estrategias” que revisan todos los días. Muchos cuentos, pocas realidades.
Y mientras el Conde Contar sigue sumando en su pizarra mágica, los sinaloenses vivimos en un reality show donde el guion no lo escribe Plaza Sésamo, sino un villano de Ciudad Gótica. Cada día, las noticias nos traen un nuevo capítulo: un tiroteo por aquí, un secuestro por allá, una balacera en plena avenida. Pero no se preocupen, amiguitos, que según el batman, todo está bajo control. ¡Solo es cuestión de aprender a contar de nuevo! Si el número de tragedias no baja, no es porque las estrategias fallen, sino porque no hemos entendido bien las reglas del juego. ¡A repetir la lección, que el profe Harfuch nos está evaluando!
En este Sinaloa de fantasía, también nos enseñan a aplaudir los refuerzos. ¡Miren, amiguitos, llegaron más patrullas! ¡Un helicóptero, dos helicópteros, tres helicópteros! ¡Qué divertido es contar seguridad! Pero cuando la noche cae y las sirenas suenan, nos damos cuenta de que esas patrullas y helicópteros son solo accesorios de un set de televisión que no filma en nuestras calles. La realidad es que los ciudadanos seguimos siendo extras en esta película de terror, mientras el gobierno nos invita a cantar la canción del final feliz que nunca llega.
Entonces, ¿qué nos queda? Seguir escuchando los cuentos del batman, memorizar su vocabulario y fingir que vivimos en un Sinaloa donde todo es color de rosa. Pero, estimado lector, cada vez que el Conde Contar abra la boca para vendernos su mundo de números y protocolos, recordemos que Ciudad Gótica no se arregla con cuentos de hadas. Hace falta algo más que contar soldados o repetir palabras bonitas. Hace falta enfrentar la realidad, aunque duela, y dejar de tratar a los sinaloenses como niños que necesitan un cuento para dormir.
¿Usted qué opina, amable lector? ¿Vive en Gótica o en Plaza Sésamo?