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Análisisdomingo, 1 de marzo de 2026

Alfa y Omega / Suerte te dé Dios

Ayer sucedió algo que me hizo reflexionar sobre la grandeza de Dios y sobre la ley de las probabilidades, sin que pudiera yo llegar a una conclusión lógica sobre lo sucedido.

“¡Los carros!”, gritaron algunos, “¡ya los chocaron!”.

El energúmeno borracho fue perseguido por unos vecinos del lugar que resultaron dañados en su coche y fue alcanzado, atrapado y entregado a las autoridades de tránsito, que se lo llevaron y aseguraron que lo entregarían a las autoridades correspondientes.

La línea entre la desgracia y el milagro

Ahora bien, escasos minutos antes, unos clientes habían salido del lugar, cruzado la calle y aún platicaban en la acera de enfrente cuando sucedió lo antes descrito, con tal suerte que no fueron embestidos por el auto del energúmeno sujeto.

El “hubiera” no existe, pero salvó la vida de aquellas personas, porque si hubieran salido un minuto después, hubieran sido arrollados horriblemente.

Y mire usted lo que son las cosas: mi auto estaba estacionado al salir del restaurant y, en el último tramo de su recorrido destructor, la camioneta Durango del estúpido sujeto se fue directo contra mi vehículo, con altas probabilidades de hacerlo pedazos.

Una micra de distancia, o menos, entre uno y otro carro, marcó la diferencia de resultados en el percance, que estuvo a punto de dejarme a pie por un buen tiempo.

Reflexión final

La moraleja de este asunto es que nunca sabremos de cuántas desgracias nos hemos salvado, porque yo pude haber estado subiendo a mi auto cuando pasó el borracho chofer, pero no sé, la ley de las probabilidades, la suerte o Dios, ayer estuvieron a mi favor.

P.D. Suerte te dé Dios, que lo demás nada te importe.

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