Ayer sucedió algo que me hizo reflexionar sobre la grandeza de Dios y sobre la ley de las probabilidades, sin que pudiera yo llegar a una conclusión lógica sobre lo sucedido.
Fui con mi hijo y con mi nuera a comer a un café restaurant ubicado en la calle Pedro J. Méndez de Ciudad Madero. Serían las 11 de la mañana y, cuando ya estábamos saboreando unos suculentos platillos, se escucharon de repente dos o tres fortísimos golpes en rápida sucesión que provocaron la alarma de los concurrentes al lugar.
“¡Los carros!”, gritaron algunos, “¡ya los chocaron!”.
Y sí, salimos todos a la calle para ver qué había pasado y pronto comprobamos el desastre. Una camioneta Pick Up, dos coches y mi Hyundai I 10 habían sido víctimas de un ente borracho que pasó como bólido descontrolado en su camioneta Durango, haciendo eses en la calle ya mencionada, pegando en ambas aceras a los vehículos estacionados.
El beodo sujeto iba manejando sin control alguno, con la música a todo nivel y con una hielera llena de cervezas por un lado. Es posible que fuera bajo el influjo de alguna droga, porque prácticamente el vehículo en que viajaba es como si hubiera rebotado de un lado a otro de la calle y no se detuvo; al contrario, como todos los cobardes, huyó del lugar.
El energúmeno borracho fue perseguido por unos vecinos del lugar que resultaron dañados en su coche y fue alcanzado, atrapado y entregado a las autoridades de tránsito, que se lo llevaron y aseguraron que lo entregarían a las autoridades correspondientes.
Ahora bien, escasos minutos antes, unos clientes habían salido del lugar, cruzado la calle y aún platicaban en la acera de enfrente cuando sucedió lo antes descrito, con tal suerte que no fueron embestidos por el auto del energúmeno sujeto.
El “hubiera” no existe, pero salvó la vida de aquellas personas, porque si hubieran salido un minuto después, hubieran sido arrollados horriblemente.
Y mire usted lo que son las cosas: mi auto estaba estacionado al salir del restaurant y, en el último tramo de su recorrido destructor, la camioneta Durango del estúpido sujeto se fue directo contra mi vehículo, con altas probabilidades de hacerlo pedazos.
Sin embargo, en el último segundo de su arrasador viaje, milagrosamente la Durango viró ligeramente y, por increíble que parezca, solo pasó como rayo por un lado, como acariciando mi auto, dejando solo una raya de polvo desde el tapón de la gasolina, pasando por las puertas, hasta el faro delantero, que desapareció con agua y jabón.
Una micra de distancia, o menos, entre uno y otro carro, marcó la diferencia de resultados en el percance, que estuvo a punto de dejarme a pie por un buen tiempo.
La moraleja de este asunto es que nunca sabremos de cuántas desgracias nos hemos salvado, porque yo pude haber estado subiendo a mi auto cuando pasó el borracho chofer, pero no sé, la ley de las probabilidades, la suerte o Dios, ayer estuvieron a mi favor.
P.D. Suerte te dé Dios, que lo demás nada te importe.