Autoridades judiciales y municipales coincidieron en la urgencia de fortalecer la protección integral, en un contexto donde la infancia enfrenta retos silenciosos dentro del entorno familiar
El gobierno municipal convocó a la población a sumarse a una estrategia ambiental que pretende mejorar el entorno ecológico mediante la plantación de árboles
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El Zócalo amaneció distinto, o quizás fue el mismo de siempre, ese corazón de piedra que late al ritmo de los pasos de los que nunca antes fueron invitados a la fiesta. Este pasado 6 de diciembre, la plancha de concreto no solo sostuvo a una multitud, sino a siete años de historia nueva. Porque aquí, en este ombligo de luna que tantas veces nos vio marchar con la garganta seca de gritar fraudes, ahora se celebra. Se celebra que la larga noche, esa noche neoliberal fría y desalmada que nos dejó a la intemperie, por fin dio paso al amanecer.
Los señores de la derecha, desde sus ventanas altas, siguen sin entender. No comprenden el alboroto, les molesta el color de la piel que inunda la plaza, esa diversidad de culturas, credos y clase social que para ellos es ruido, pero que para nosotros es la música de la transformación. Están divorciados del país real, incapaces de leer que este México ya no les pertenece a unos cuantos, sino que ha vuelto a ser del mejor pueblo del mundo.
Si uno mira bien, ya no son los mismos rostros de angustia de 2008, cuando Felipe Calderón nos hundió en el miedo y la carencia, dejando a casi la mitad del país en la pobreza. Hoy, las cifras tienen carne y hueso: 13 millones y medio de mexicanas y mexicanos han soltado el lastre de la miseria. Ya no son cifras en un papel, son familias que comen tres veces al día.
Bajo este cielo de la Cuarta Transformación, lo que antes llamaban “dádivas” para calmar conciencias, hoy son derechos escritos en la Constitución. Es conmovedor pensar en los viejitos, nuestros abuelos, que ya no dependen de la caridad, sino de su pensión; o en las madres trabajadoras y los jóvenes que construyen su futuro. El dinero, que antes se esfumaba en bolsillos oscuros, ahora llega directo: de los casi 300 mil millones con los que empezó Andrés Manuel, pasamos a los 850 mil millones en este 2025. Y con la doctora Claudia Sheinbaum, esa mujer que lleva las riendas con firmeza, la inversión superará el billón.
Es una red inmensa, un abrazo que protege desde la cuna hasta la vejez. “Salud Casa por Casa”, tocan a la puerta y te preguntan cómo estás; “Sembrando Vida”, que llena de verde el campo; las becas para los muchachos, la “Rita Cetina”, la “Benito Juárez”, para que nadie suelte los libros por falta de centavos. Y en la mesa, el maíz y la leche tienen precio justo, porque se ha recuperado el campo y la dignidad de quien lo labra.
¿Y el salario? ¡Ah, el salario! Cuánto sudor costó que se reconociera el valor del trabajo. Para 2026, la PresidentaSheinbaum ha logrado lo impensable: un aumento que nos lleva a más de 300 pesos diarios, y en la frontera, donde la vida es dura, a más de 440. El dinero en la bolsa de los trabajadores rinde más del doble que en 2018. Eso es justicia, contante y sonante.
Se siente también en el aire que respiramos. Petróleos Mexicanos y la CFE, que querían vender como fierro viejo, vuelven a ser nuestras, palancas del desarrollo. Y esa deuda maldita, herencia de la corrupción de Peña y Calderón, se va achicando, pesando menos sobre los hombros de las futurasgeneraciones.
Incluso el miedo, ese monstruo grande, empieza a replegarse. La violencia baja, los homicidios descienden; ya no estamos en los tiempos de la guerra absurda. Ahora se construyen trenes que cruzan la selva, se recupera el agua, se modernizan los puertos y el gobierno se vuelve digital, más ágil, más cercano.
Por todo eso estaba el Zócalo a reventar. Porque defendemos lo nuestro, nuestra soberanía, ante aquellos que sueñan con entregarnos al mejor postor extranjero. Aquí seguimos, con la esperanza intacta y la certeza de que México, por fin, ha despertado.