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Era muy pequeña cuando Julio Iglesias estaba en su pico de éxito en la radio en México. En 1968, después de un terrible accidente que terminó con su carrera profesional de fútbol, él jugaba en fuerzas inferiores del Real Madrid, en la profundidad de su tristeza y desesperanza escribió “La vida sigue igual”.
Así pues, niña pequeña a quien siempre le gustó la música, escuchaba y cantaba yo: “unos que vienen otros que se van… la vida sigue igual”. No me quedaba claro, no entendía yo la profundidad de esa frase, lo que la canción toda expresaba. Esa canción que puede encerrar los extremos de la vida, la dimensión completa de la evolución. Las obras y gestas que quedan, las personas que se van y quienes quedan para continuarlas hasta que en el tiempo se pierde todo, hasta el recuerdo.
Es verdad que la vida se acaba para todas y todos, que en algún momento simplemente dejaremos de estar, pero entonces, la muerte -imbatible en otros horizontes- se enfrenta al ingenio, la cultura y el simbolismo al que los mexicanos nos aferramos para seguir sabiendo que somos, sintiéndonos, parte de esta golpeada, sufrida, sacrificada pero al mismo tiempo alegre, colorida, bailadora y cantarina patria en la que por fortuna de la virgen de Guadalupe nacimos.
No; nosotros no dejamos que el tiempo olvide a los que “se nos adelantaron” nos gusta decir. A finales de octubre y primeros días de noviembre, los días Santos nos envuelven con sus colores naranjas de mandarinas y cempasúchil, con los hornos prendidos en miles de casas preparando el mejor pan de muerto, con los desfiles de catrinas y los altares llenos de fotografías colocadas cada una con amor infinito, con añoranza, con nostalgia pero especialmente con el anhelo infinito de volver a sentir la vida de quienes ya no están y solo aspiramos a que sepan a través de los rituales que aquí siguen siendo amados.
Dedicamos los altares a familiares, amigos, artistas, científicos, personas conocidas o desconocidas, a las muertas por feminicidio, a quienes han fallecido a manos del crimen organizado, a tantos niños y niñas a quienes las redes de trata, pederastia y adultos sin alma vejaron sus cuerpos hasta arrancarles el último aliento. Rezamos por las almas hasta de nuestras mascotas. A México le gusta rezar, amar, cantar, abrazar…hasta la muerte, hasta a la muerte.
Este año como todos los anteriores, a “mis muertos” que nunca fueron míos pero me da la gana sentirlos así, les ofrecí la sonrisa de la vida nueva, de mi nieta de tres meses a quien mi madre, madrina, amigas, perritos, abuelos y abuelas hubiesen amado tanto. Al Rudo Rivera, mi consuegro tan querido que, aunque su cuerpo no está, sigue su ser en la naricita de Aura y sus deditos tan singulares. Desde allá la ama y cuida. Tengo certeza de ello.
En este 2025, quiero dar gracias porque la señora muerte no se llevó aún a quienes sufrieron por saberse enfermos, porque la vida se impuso al menos por un tiempo, por poder abrazar a tantas personas amadas, por la paz y la alegría, por la esperanza de platicar en mis días de soledad con mi mamá y con Bety, con el gordo Maucirio y con tantas personas para agradecerles su enseñanza en mí, su amor, sus ojos en los que me reflejé tantas veces y la oportunidad de haber convivido con ellos en esta dimensión, en este tiempo.
Los muertos, mis muertos, los tuyos, mientras haya quien ponga una foto en un altar, quien vaya a comprar un tequilita para recibirles “como se merecen”, quien hornee un pan o se siente alrededor de una mesa con otros a recordar, es decir a volver a llevar en el corazón, no estarán completamente muertos. Mientras vivan en nosotros, sin duda, gozan de cabal salud.