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En mi colaboración anterior apunté algunas de las principales necesidades del municipio de Tlaxcala: sistema de recolección de basura, reorientar rutas del transporte público; desasolve de alcantarillas, un nuevo espacio, amplio, para el tiánguis sabatino, colocar nomenclaturas en la ciudad, barrios, colonias y pueblos; eliminar los cientos de baches; promover la limpieza de la laguna de Acuitlapilco; urge un nuevo cementerio a la ciudad. También dije que el Dr. Xelhuantzi es, a mi parecer, un profundo conocedor de la historia de Tlaxcala (municipio y estado). En esta ocasión abordaré el primer punto, es decir: la recolección de basura (s. XVIII).
La ciudad capital de Tlaxcala tiene en Xelhuantzi a uno de los pocos historiadores de mayor raigambre, peso histórico y cultural, así como a uno de los más prudentes analistas del acontecer histórico en nuestros lares. Ha publicado mucho y muy diversos artículos, desde hace más de 25 años, enfocados a Tlaxcala en otras épocas, ocupando para ello múltiples formatos: revistas culturales impresas (revista “Maxixcatzin” es una de ellas), periódicos (en El Sol de Tlaxcala, al menos 8 colaboraciones; y Síntesis por lo menos una veintena), libros, opúsculos y más recientemente en plataformas electrónicas, entre otros.
En El Sol de Tlaxcala por ejemplo, de su autoría tenemos títulos medulares: “El Carnaval o carnestolendas en Tlaxcala en el siglo XVIII”, en 2 partes (st.16,743 y 16,750); “La importancia histórica de Atlihuetzía está en el abandono”, ésta el 24 de enero de 2005; también “La ciudad de Tlaxcala en la época colonial” (st.17,492). En este último, el historiador hace un reflexivo análisis de cómo era el proceso de limpieza y manejo de basura de la entonces ciudad de Tlaxcala, que en estricto sentido de la palabra, era únicamente lo que hoy conocemos como “centro histórico”, en razón de que todas las colonias que hoy lo circundan no existían, ninguna; éstas son de creación reciente, surgidas todas en la segunda mitad del pasado siglo XX. De hecho, hoy día, y para no revolver o confundir las cosas, la actual “ciudad” de Tlaxcala está compuesta por varias colonias y pueblos y un centro histórico. Dicho de otra forma, y con claridad: lo que hoy día estaría “cumpliendo” 500 años es únicamente el centro histórico, nada más. Es importante saber distinguir “ciudad de Tlaxcala” de lo que es el “centro histórico”.
En la época colonial, igual que hoy, el “centro histórico” sufría graves afectaciones en épocas de lluvias. Entonces, era peor, en razón de que las pocas calles no estaban empedradas y, menos aún adoquinadas (no existía este elemento). Todo ello, como es de suponerse, formaba grandes lodazales que dificultaban el tránsito social, pero sobre todo generaba preocupantes focos de infección que debían ser atendidos lo más pronto posible por el riesgo de producirse epidemias. Derivado de ello, “el 27 de abril de 1737 el gobernador Joseph González de Leagui emitió unas leyes de sanidad para evitar que en la ciudad se acumulara basura y se propagara la epidemia de viruelas, que en ese año azotaba la provincia de Tlaxcala” , apunta el Dr. Xeluantzi en el artículo citado.
Apenas tres meses después, el 18 de julio de 1737, el mismo gobernador “reiteró su mandato a los habitantes para que empedraran las calles de la ciudad, la plaza pública y los caminos reales en un lapso de quince días [sí que era exigente el buen Joseph], de no cumplir los vecinos con lo estipulado, el Ayuntamiento realizaría las obras y pagarían el gasto generado por las obras, aparte de cumplir una multa de dos meses de cárcel”, híjole, ojalá se retomara hoy 2025 esa disposición de hace 288 años, sobre todo ahora que las lluvias han estado severas y los daños tanto a las vías de comunicación de la ciudad reciente, así como al centenario centro histórico, han estado preocupantes.
Siete años después, Francisco Antonio de las Rivas “renovó las órdenes dictadas por su antecesor; en aquellas fechas los portales se encontraban en pésimo estado de conservación, casi a punto de derrumbarse. En los portales se ubicaban algunas tiendes y pequeñas moradas, además era el sitio donde los comerciantes ponían el tianguis los sábados y para evitar que ocurriera un accidente, el gobernador ordenó a los inquilinos: que luego y sin dilación alguna comenzarte a repararlos y componerlos hasta que perfectamente lo estén y se pueda transitar sin peligro”.
Guillermo Alberto Xelhuantzi Ramírez concluye: “El descuido de las construcciones principales de la ciudad, como los portales y las Casas Reales (actualmente Palacio de Gobierno) nos obliga a replantear nuestra concepción de Tlaxcala como una ciudad virreinal; efectivamente, en el siglo XVI, recibió numerosos privilegios por parte de la Corona Española, motivo por el cual los historiadores de nuestra entidad hacen hincapié en la importancia de su fundación; en sus discursos nos trasmiten la concepción de un pasado glorioso; pero la documentación, como lo veremos en los próximos textos, nos cuentan otra historia que cuestiona los discursos de la Historia de Bronce”.
En realidad, de la ciudad de Tlaxcala tenemos mucho publicado en las páginas de El Sol, porque son múltiples los articulistas que han desarrollado el tema, desde el primer ejemplar. Un claro ejemplo [de muchos] es el artículo “Hallazgos en los archivos de Tlaxcala revelan detalles de la vida de la Colonia”, autoría de Alfonso Neri Castaneira (st.10,333), en el que aborda temas tales como “Cartas factura de la venta de esclavos negros; el historiador Muñoz Camargo firma como testigo” * “Códices y mapas de la Colonia en litigios de tierras”. Ciertamente Neri Castaneira ocupaba, en esta fecha, otro importante cargo periodístico en la ciudad de Puebla, sin embargo seguía aportando artículos de especial interés histórico.
Y ya que Xelhuantzi mencionó, líneas arriba, la fundación de Tlaxcala, en tal sentido, y hoy día que tanto se habla de los “supuestos” 500 años de la fundación, tema que ha causado controversia y opiniones encontradas por varias razones, me hizo recordar ese “apresurado” suceso mundial: cuando estaba por concluir el año 1999 se prepararon los países, pensando que empezaría el siglo XXI y también el tercer milenio. Tremendo error: el siglo XX terminaba el 31 de diciembre del año 2000, y entonces sí: en enero del 2001 empezaba el siglo XXI (y también el tercer milenio), “un pequeño error mundial” de un año.
En Tlaxcala tampoco nos quedamos atrás, hoy día: con bombo y platillo se ha pregonado que la “ciudad” de Tlaxcala (la ciudad no; el centro histórico sí) habría cumplido 500 años el pasado 3 de octubre (hace tres días), cuando en realidad, si se aplican correctamente las matemáticas, se cumplieron 499 años completos, el 2 de octubre. Y pensar que hoy día se discute si fue o no “fundada” la ciudad. Y no nos damos cuenta que los 500 años de la denominada fundación, en realidad se habrán de cumplir el 3 de octubre de 2026. Es muy simple: las matemáticas elementales no se equivocan, no mienten. A nadie del congreso, o del ejecutivo, o del municipio, habré de rebatir sus múltiples propuestas fundacionales. Todos ellos están en su derecho de. Recuerdo las congruentes palabras de José Antonio Álvarez Lima: “El tiempo ubica a cada quien en su lugar; la sociedad siempre vigila y evalúa”.
Por otra parte, en cuanto a la “fundación”, primero habría que entender en su amplio contexto lo que es una “bula”, y luego, la denominada Devotionis Tuae Probatas Sinceritas que, gracias a la historiadora Mercedes Meade de Angulo (fallecida justamente en octubre hace 30 años), conocemos dicha bula desde hace ya varios lustros. La crónica periodística apunta que Mercedes Meade fue “la única investigadora que se ocupó de señalar [en aquellos años] los límites de nuestra Entidad, mediante la utilización de mapas precisos para fijar las demarcaciones…” (st.14,065; pag.3). Así las cosas, y para concluir, y para despejar dudas en cuanto a la tan mencionada bula que nos ocupa, sugiero consultar otra, la denominada bula Ferdinandus Cortesius y, ¡Oh Sorpresa: “alguien” no estaba tan equivocado! Ojo: esta bula no está en el “Bulario Indico”, Tomo-I (tampoco en el T-II), de Balthasar de Tobar. Y no es Burla: está signada por Clemente VII.