No es novedad, es justicia
Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad de quien las emite y no de esta casa editorial. Aquí se respeta la libertad de expresiónHace algunos días, Zacatecas vivió una jornada inédita con la realización de un partido oficial de la selección mexicana femenil, correspondiente a las eliminatorias de Concacaf rumbo al Mundial de Brasil 2027, en el que miles de aficionados se dieron cita para presenciar un encuentro que marcó un antes y un después en la historia deportiva del Estado. La respuesta del público no solo superó expectativas, sino que evidenció un cambio significativo en la forma en que se percibe y se consume el fútbol femenil, consolidándolo como un espectáculo capaz de convocar, emocionar y generar identidad colectiva.
Más allá del resultado en la cancha, lo ocurrido ese día permite reflexionar sobre el lugar que el fútbol femenil ha logrado conquistar en la actualidad. No se trata únicamente de un crecimiento en términos de audiencia o difusión, sino de una resignificación profunda de su valor social. Durante años, fue relegado a espacios marginales, sin inversión, sin visibilidad y, en muchos casos, sin el reconocimiento mínimo hacia quienes lo practicaban. Las jugadoras no solo han tenido que desarrollar habilidades deportivas de alto nivel, sino también sostener una lucha constante contra prejuicios arraigados que cuestionan su legitimidad.
El auge actual del fútbol femenil no puede entenderse como un fenómeno espontáneo, sino como el resultado de una acumulación de esfuerzos individuales y colectivos. Cada entrenamiento en condiciones adversas, cada torneo disputado sin reflectores y cada oportunidad ganada con dificultad han construido las bases de lo que hoy comienza a consolidarse. En este sentido, la asistencia masiva a un partido como el de Zacatecas no representa únicamente interés, sino también una forma de reconocimiento histórico hacia una disciplina que durante décadas fue ignorada.
Sin embargo, sería un error asumir que este tipo de eventos son suficientes para garantizar su desarrollo pleno. El verdadero reto radica en transformar estos momentos en procesos continuos. El impulso al fútbol femenil requiere de inversión, estructuras profesionales sólidas y una cobertura mediática que no dependa de lo extraordinario para volverse relevante. Asimismo, implica un cambio cultural más amplio, en el que deje de percibirse como una versión secundaria del fútbol, y se reconozca en su propia dimensión, con características, ritmos y narrativas propias.
En este proceso, la sociedad juega un papel determinante. La asistencia a los estadios, el consumo de contenido y la exigencia de mejores condiciones no son acciones menores, sino mecanismos que contribuyen directamente a su consolidación. Apoyar el fútbol femenil no es un acto simbólico, sino una forma de incidir en la construcción de un entorno más equitativo dentro y fuera del deporte.
Lo sucedido en nuestro Estado deja una lección clara: el interés existe y la respuesta del público también. Lo que sigue no es comprobar su viabilidad, sino garantizar su constancia, que Zacatecas se convierta en una plaza importante para el desarrollo de estos y otros encuentros, porque el verdadero cambio no se define por episodios excepcionales, sino por la capacidad de convertirlos en parte de la normalidad.