Mi papá siempre decía que el vino le parecía una bebida de hierbas, amarga y difícil de entender. “¿Cómo le encuentran el gusto a eso?”, preguntaba cada vez que alguien descorchaba una botella en alguna reunión familiar. Yo me reía, pero con el tiempo entendí que su pregunta era más común de lo que parece. Mucha gente se acerca al vino con esa misma curiosidad mezclada con desconcierto. Y la verdad es que la respuesta empieza por algo muy sencillo.
El vino es una bebida alcohólica que se obtiene de la fermentación del mosto de la uva. ¿Y qué es eso? Es el jugo que se extrae al prensar las uvas frescas, con todo y su pulpa, sus azúcares naturales y, en algunos casos, fragmentos de piel y semillas.
Ese líquido, aparentemente simple, es la materia prima de todo. Las levaduras, que son microorganismos presentes de forma natural en la piel de la uva o añadidos por el enólogo, se encargan de convertir el azúcar del mosto en alcohol y dióxido de carbono.
Así de antiguo es el proceso: los primeros registros de vinificación se remontan a más de ocho mil años en lo que hoy es Georgia (el país, obviamente) donde se han encontrado vasijas de cerámica con residuos de vino que datan del año 6000 antes de Cristo. Desde entonces, el vino ha acompañado a prácticamente todas las grandes civilizaciones. Aparece en los jeroglíficos egipcios, en los banquetes griegos, en los rituales romanos y, por supuesto, en la Biblia, donde las referencias al vino son constantes, desde las bodas de Caná hasta la Última Cena. Pocas bebidas pueden presumir una presencia tan profunda en la historia de la humanidad.
Ahora bien, lo que convierte al vino en algo mucho más que uva fermentada son los detalles. La variedad de uva (Cabernet Sauvignon, Tempranillo, Chardonnay y cientos más), el suelo donde creció, el clima de ese año, la mano del enólogo que decidió cuánto tiempo dejarlo en barrica y en qué tipo de roble. Todo eso se traduce en aromas, sabores, texturas y colores que varían de botella en botella.
Existen, a grandes rasgos, vinos tintos (fermentados con la piel de uvas tintas), blancos (generalmente sin contacto con las pieles), rosados (un contacto breve con la piel), espumosos (con una segunda fermentación que atrapa a las burbujas) y fortificados (a los que se les añade alcohol, como el Oporto o el Jerez). Cada categoría es un universo en sí mismo.
Es muy común escuchar que alguien ofrece “vino” de durazno, de ciruela, de jamaica o de membrillo. Son bebidas respetables y con tradición, pero técnicamente no son vino. Por definición legal e histórica, el vino solo puede provenir de la fermentación de la uva (por lo regular del género Vitis Vinifera aunque hay otras). Todo lo demás es un fermentado de fruta, un licor o una bebida artesanal, pero llamarlo vino es técnicamente incorrecto. Esta distinción protege al consumidor y existe en las legislaciones de prácticamente todo el mundo.
Lo que me parece más hermoso del vino es que es un producto vivo. Cambia en la botella, cambia en la copa, cambia con el tiempo. No hay dos botellas idénticas, y eso lo hace profundamente humano. Así que la próxima vez que alguien nos pregunte qué es el vino, digamos con toda confianza: es nuestra cultura contenida en una botella. ¡Salud!
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