Pero el problema, advertía el científico, no estaba tanto en la manipulación genética como en su uso corporativo: empresas que monopolizan las semillas y los pesticidas, o ecosistemas alterados sin suficiente control.
El miedo a jugar a ser dios
¿Monstruos o malentendidos?
De hecho, gran parte del debate ha migrado hacia lo ético y lo ecológico, ¿qué pasa con la biodiversidad? ¿cómo evitar que unas cuantas corporaciones controlen el alimento global? ¿qué límites deben imponerse al mejoramiento genético?
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El miedo a los “Frankenfoods” se intensificó en una época marcada por desastres tecnológicos y desconfianza hacia las grandes corporaciones. / Ilustración generada con IA bajo la dirección creativa de Brenda Marquezhoyos y supervisión de Josue Martinez. Esta imagen no representa un hecho real.
Si Mary Shelley hubiera nacido en el siglo XXI, tal vez su monstruo no habría sido un hombre hecho de retazos humanos, sino una hamburguesa con genes de pescado y tomate, o una mazorca inmune al glifosato. Bienvenidos al mundo de la “comida Frankenstein”, un término que suena a ciencia ficción, pero que lleva más de tres décadas rondando los pasillos de supermercados y debates científicos
.El concepto surgió en 1992, cuando The New York Timespublicó un artículo de Molly O’Neill titulado Geneticists’ Latest Discovery: Public Fear of ‘Frankenfood’. En él se narraba cómo, durante una convención en Nueva Orleans, científicos y tecnólogos alimentarios presentaban con orgullo los primeros productos genéticamente modificados, como Chy-Max, una enzima creada por Pfizer para producir quesos más consistentes. Pero lo que para ellos era innovación, para muchos consumidores sonaba a pesadilla biotecnológica.
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Fue entonces cuando un lector, Paul Lewis, escribió una carta al periódico llamando a estos alimentos “Frankenfood”, una fusión de “Frankenstein” y “food” que capturó el miedo colectivo hacia lo que se percibía como una intromisión del ser humano en la naturaleza. Desde entonces, el término se popularizó para describir cualquier alimento alterado por ingeniería genética, y con ello, nació uno de los debates más intensos de nuestra era: ¿estamos creando monstruos comestibles o salvando al planeta del hambre?
En la actualidad, millones de hectáreas en el mundo se siembran con maíz, soya y algodón transgénicos. / Ilustración generada con IA bajo la dirección creativa de Brenda Marquezhoyos y supervisión de Josue Martinez. Esta imagen no representa un hecho real.
Desde el tomate que no se pudre hasta el maíz que resiste plagas, la biotecnología agrícola ha prometido resolver problemas que antes parecían imposibles, reducir el uso de pesticidas, aumentar el rendimiento de los cultivos y enfrentar el cambio climático. Según un análisis de la Boston University (2007), en aquel entonces más de siete millones de agricultores en 18 países ya cultivaban soya, maíz y algodón transgénico.
El bioquímico Sir Hans Kornberg, quien presidió el Comité Científico de Modificación Genética del Reino Unido, fue uno de los primeros en cuestionar el pánico popular. Para él, la idea de los “Frankenfoods” era más producto del sensacionalismo mediático que de una amenaza real. “Si llevamos siglos seleccionando las semillas más fuertes o los animales más gordos, ¿por qué temer a una técnica más precisa?”, se preguntaba.
Kornberg explicaba que los avances en enzimas de restricción —esas tijeras moleculares que cortan y pegan fragmentos de ADN— permiten unir material genético de distintos organismos con una exactitud quirúrgica. El resultado, plantas que resisten sequías, crecen en suelos salinos o sobreviven a heladas, como el famoso tomate con gen de pez, símbolo por excelencia del mito Frankenfood.
Detrás del rechazo a las “comidas Frankenstein” hay algo más profundo que un debate técnico: una desconfianza hacia la ciencia misma. En los años noventa, el recuerdo de Chernóbil, el DDT y las crisis alimentarias pesaba sobre la conciencia colectiva. Como señala la investigadora Susan K. Harlander, citada por The New York Times, el público no sólo temía a los genes, sino a lo que representaban, el poder corporativo, la falta de regulación y el miedo a perder el control sobre lo que comemos.
La metáfora de Frankenstein encajaba a la perfección. Tal como el joven Víctor en la novela de Shelley, los biotecnólogos parecían desafiar los límites naturales para crear vida bajo su propio diseño. Aunque sus intenciones fueran nobles —curar el hambre, prevenir enfermedades, aumentar la productividad—, el resultado seguía evocando el mismo dilema moral: ¿hasta qué punto podemos reconstruir la vida sin consecuencias imprevistas?
Por otro lado, Ciencia UNAM retoma esta reflexión en su artículo “Frankenstein, la singularidad y el fin de la humanidad”. Ahí se explica cómo el adjetivo “frankensteniano” ha pasado de los laboratorios de genética a casi cualquier innovación que se perciba como antinatural, desde la clonación hasta la inteligencia artificial. Craig Venter, pionero en genómica, lo resume con una frase demoledora: “Es fácil vender miedo, y la mayoría teme lo que no comprende.”
El término “Frankenfood” nació en 1992 a partir de una carta publicada en The New York Times, donde un lector comparó los transgénicos con el monstruo de Mary Shelley. / Ilustración generada con IA bajo la dirección creativa de Brenda Marquezhoyos y supervisión de Josue Martinez. Esta imagen no representa un hecho real.
A más de 30 años del primer “Frankenfood”, el panorama ha cambiado. Actualmente comemos sin saber que muchos productos tienen ADN modificado: harinas, soya, papas, maíz, café o cacao híbrido. Hasta ahora, no hay evidencia científica concluyente de que sean dañinos para la salud, como subraya Kornberg.
Las respuestas, como en toda buena historia de Frankenstein, no son simples. La biotecnología alimentaria no es un monstruo ni un milagro, es una herramienta poderosa, capaz de resolver crisis, pero también de amplificarlas si se usa sin responsabilidad.
Quizá la verdadera “comida Frankenstein” no es la que lleva genes de otros organismos, sino aquella que combina tecnología, mercado y deseo humano en una receta imposible de separar. Una mezcla donde la ciencia promete salvarnos, pero el apetito económico amenaza con devorarlo todo.
Como se observa, el dilema sigue siendo el mismo que Shelley planteó hace dos siglos: ¿quién es el verdadero monstruo —la creación o el creador? Mientras la biología sintética, los cultivos de laboratorio y la inteligencia artificial se sientan a la mesa, tal vez la pregunta más sensata sea otra: ¿estamos listos para comernos al Frankenstein que nosotros mismos cocinamos?