El ramen de Project: Hail Mary y la realidad de la comida liofilizada en el espacio
La película Project: Hail Mary populariza una duda real: ¿qué comen los astronautas? La respuesta está en la comida liofilizada, una tecnología clave pero no perfecta.
La liofilización —del griego lyo, ‘disolver’, y philos, ‘amigo’— es un proceso de preservación de alimentos que suena a ciencia ficción pero lleva décadas siendo la columna vertebral de la nutrición espacial.
La NASA y el origen este método
El ramen de Grace
¿Y si fuera ramen convencional? La cronología del desastre
Hagamos el ejercicio mental: ¿qué pasaría realmente si Grace dependiera del ramen instantáneo de supermercado como fuente principal de alimentación?
La ciencia detrás de alimentar astronautas a largo plazo
Microgravedad, radiación y el cuerpo humano
Alimentos frescos en el espacio profundo
El Centro Aeroespacial Alemán ha desarrollado un sistema de soporte vital de circuito cerrado capaz de proveer hasta el 30% de los requerimientos alimenticios de un astronauta mediante este enfoque.
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La NASA perfeccionó técnicas de conservación alimentaria para misiones espaciales. / Foto: Cortesía NASA
La mayoría de nosotros –los que soñamos con comida–, salimos del cine con dos preguntas urgentes. La primera, existencial: ¿de verdad existe algo como el Astrofago?. La segunda, mucho más terrenal: ¿ese ramen que come Ryland Grace en el espacio es el mismo que yo pido a medianoche cuando no quiero cocinar? La respuesta corta a ambas es no. La respuesta larga es más interesante y, en el caso del ramen espacial, bastante más perturbadora.
Project: Hail Mary (2026) —basada en la exitosa novela homónima de Andy Weir, el mismo autor de The Martian— convirtió en película un relato de supervivencia extrema, rigor científico y una amistad interestelar tan improbable como entrañable. En él, Ryland Grace, el personaje interpretado por Ryan Gosling, despierta en una nave espacial sin memoria, descubre que es el único sobreviviente de una misión desesperada para salvar a la Tierra de un microbio alienígena llamado Astrofago, y come ramen en las escenas que había que hacer énfasis sobre su rutina en el espacio.
El detalle del ramen no es un capricho de producción, se trata de una decisión narrativa consciente que, para quienes nos interesamos por la nutrición espacial, genera una pregunta legítima: ¿qué está comiendo realmente ese hombre ahí arriba? Lo que Ryland Grace consume en la ficción es, con toda probabilidad, comida liofilizada.
En el espacio, los alimentos deben ser ligeros, duraderos y fáciles de preparar. / Foto: Cortesía Creative Commons
El alimento se congela primero a temperaturas de hasta -40 °C, y luego se coloca en una cámara de vacío donde, al aplicar calor bajo presión reducida, el agua que contiene no pasa por el estado líquido: sublima directamente de sólido a gas. Ese vapor es extraído del sistema, dejando atrás la estructura original del alimento, casi intacta, pero desprovista de más del 99% de su contenido hídrico.
El proceso puede durar entre 8 y 24 horas para la mayoría de los productos; el helado, por sus características, puede requerir las 24 horas completas, como documenta Rodney Smith, presidente de American Outdoor Products, empresa pionera en la producción masiva de este tipo de alimentos para el mercado civil.
¿El resultado? Un alimento que conserva su forma, la mayoría de sus minerales, enzimas y nutrientes esenciales, con una fracción del peso original, una vida de anaquel que puede extenderse años, y la capacidad de rehidratarse rápidamente con agua a temperatura ambiente. Nada mal para algo que parece una esponja liofilizada en forma de fideos.
La microgravedad afecta el apetito y el metabolismo de los astronautas. / Foto: Nissin Foods & Cortesía Creative Commons
Aunque la liofilización como técnica antecede al programa espacial estadounidense, fue la NASA quien la perfeccionó y popularizó para el gran público. En los primeros vuelos Mercury, los astronautas se alimentaban de cubos compactos y polvos deshidratados que resultaban, en el mejor de los casos, desagradables. Los instrumentos de la nave corrían el riesgo de llenarse de migajas flotantes, y la experiencia gastronómica era, según los propios tripulantes, penosa.
Para las misiones Gemini, la agencia regresó al laboratorio. Entre los requisitos, alimentos que pudieran rehidratarse con agua a 80 °F (unos 27 °C) en menos de diez minutos. Antes de estos avances, rehidratar comida deshidratada requería agua casi hirviente y un mínimo de veinte minutos. La NASA financió investigaciones en los Army Natick Laboratories que produjeron salsas y guisos freeze-dried capaces de reconstituirse en apenas cinco minutos. Un pequeño gran salto para la gastronomía de órbita baja.
El impacto tecnológico no tardó en llegar al mercado civil. En 1973, el centro de visitantes del Ames Research Center en California quería ofrecer a su público una experiencia táctil con la exploración espacial: ¿qué mejor que probar comida de astronauta? Contactaron a American Outdoor Products, una empresa fundada en 1951 por una líder scout de Boulder, Colorado, interesada en alimentos más ligeros para el campamento.
Cuando la NASA mejoró sus técnicas de liofilización, la industria alimentaria civil empezó a adoptarlas con entusiasmo. Así nació el icónico helado de astronauta, hoy disponible en más de 1,000 puntos de venta en todo el mundo y el artículo más vendido en la tienda del Smithsonian Air and Space Museum.
Dato curioso: uno de los productos más vendidos de American Outdoor Products no es el helado. Es el fettuccine Alfredoliofilizado. La razón, según Smith, el fideo liofilizado mantiene su forma geométrica original. No se deshace como el deshidratado convencional. Integridad de fideos: el estándar de calidad que nadie pensó que necesitaba, pero que resulta esencial a 400 kilómetros de altitud.
El ramen que aparece en Project Hail Mary no es instantáneo convencional. / Ilustración generada con IA bajo la dirección de Brenda Marquezhoyos. Esta imagen no representa un hecho real.
Aquí viene la parte que nos compete despejar. En la pantalla, lo que vemos parece ramen convencional. Tiene el aspecto de fideos, se prepara con agua, se consume en cuencos en condiciones de microgravedad. Pero la narrativa de Andy Weir es famosa precisamente por su rigor científico —el mismo que lo llevó a calcular trayectorias orbitales reales, ciclos de cultivo de papas y balances energéticos de propulsión nuclear para The Martian.
El ramen instantáneo comercial tiene una vida útil de entre 12 y 24 meses en condiciones normales, con algunas marcas extendiéndose a dos años si el empaque permanece hermético. Los fideos en taza duran incluso menos, entre 8 y 12 meses, por su envase menos sellado. Para una misión como la de Grace, que implica décadas de viaje interestelar, esto es nutricionalmente catastrófico.
La comida que Grace consume en la ficción —si Weir mantuvo su coherencia habitual— sería una versión de ramen liofilizado diseñado específicamente para misiones de larga duración, empacado al vacío en laminados de alta barrera con capa de aluminio, procesado para eliminar amenazas microbiológicas, compatible con la microgravedad y con una vida útil proyectada para años, no meses. En eso radica la diferencia entre lo que vemos y lo que realmente implicaría sobrevivir en el espacio profundo.
El ramen comercial aporta algo de hierro, algunas vitaminas del complejo B y manganeso. Pero carece de fibra, proteína completa, vitaminas A, C, D, K y una larga lista de minerales críticos. Además, un paquete estándar puede contener 1,760 mg de sodio, equivalente al 88% de la ingesta diaria recomendada por la OMS. Según la dietista registrada Jill Weisenberger, una dieta basada exclusivamente en este producto genera letargo explicable por la mala absorción de nutrientes, mientras que el exceso de sodio provoca retención de líquidos, presión arterial elevada y fatiga cognitiva crónica.
El primer estudio publicado en ScienceDirect que examina la asociación entre consumo frecuente de ramen y mortalidad total —la Cohorte de Yamagata, en Japón— encontró que ingerir estos fideos tres o más veces por semana se asocia con mayor riesgo de mortalidad en adultos jóvenes y hombres, principalmente por sus vínculos con enfermedades cardiovasculares y cáncer gástrico.
Investigadores de Keck Medicine de USC añaden otro dato inquietante, las mujeres que consumen fideos instantáneos dos o más veces por semana presentan un 68% más de probabilidades de desarrollar síndrome metabólico, independientemente de cuán activo sea el resto de su estilo de vida.
Los alimentos espaciales deben resistir radiación, vibraciones y largos periodos de almacenamiento. / Foto: Cortesía Creative Commons
Más allá de la anécdota cinematográfica, la nutrición espacial de larga duración es uno de los desafíos científicos más complejos del siglo XXI. Una revisión de alcance publicada en la National Library of Medicine —que analizó más de 5,400 artículos de siete bases de datos en chino y siete en inglés— sintetiza el estado actual de la investigación con una conclusión específica, los sistemas actuales de alimentación espacial, basados mayoritariamente en alimentos procesados y empacados, son insuficientes para misiones que superen los dos o tres años.
La nutrición espacial debe contemplar 16 nutrientes esenciales —proteína, calcio, hierro, vitaminas A, C, D, E, K, tiamina, riboflavina, B12, folato, magnesio, potasio, zinc, fibra y ácido pantoténico— en una composición macronutrimental de al menos 15% proteína, 30% lípidos y 55% carbohidratos, según los parámetros mínimos establecidos por la Organización Mundial de la Salud.
El problema es que los alimentos procesados actuales de la ISS (Estación Espacial Internacional) tienen una vida útil de 18 a 24 meses —adecuada para misiones de corta o mediana duración— pero completamente insuficiente para los viajes a Marte o más allá, que exigirían provisiones viables por 3 a 5 años.
Investigaciones previas han documentado que las vitaminas B1 y C pueden degradarse a niveles inadecuados después de uno y tres años de almacenamiento, respectivamente. Las vitaminas A, C, B1 y B6 muestran pérdidas notables durante el almacenamiento prolongado, incluso bajo condiciones controladas.
El dato que impresiona: un estudio publicado en npj Microgravity (Nature) midió 24 micronutrientes en 109 alimentos espaciales almacenados durante 3 años a temperatura ambiente. Los resultados revelaron pérdidas vitamínicas tan significativas que algunos productos dejaban de cumplir los requerimientos nutricionales mínimos antes de alcanzar los dos años de almacenamiento.
La comida liofilizada elimina más del 99% del agua para prolongar su vida útil. / Foto: Cortesía Creative Commons
El espacio no es solo un problema logístico de alimentación; es un entorno activamente hostil para la fisiología humana. La revisión de la National Library of Medicine identifica al menos siete factores ambientales adversos que impactan directamente en la salud y el estado nutricional de los astronautas.
La microgravedad es quizás el más estudiado. En ausencia de gravedad, la atrofia muscular y la pérdida ósea ocurren 10 veces más rápido que en la Tierra. La masa muscular disminuye, la densidad ósea cae, el sistema cardiovascular se deteriora. Las hormonas que regulan el apetito —leptina y GLP-1— aumentan en microgravedad, lo que paradójicamente reduce el deseo de comer en quienes más necesitan nutrientes. Los astronautas, en promedio, consumen entre un 25 y un 30% menos de lo que ingerían antes del vuelo.
La radiación espacial daña el ADN celular, promueve el envejecimiento prematuro y aumenta el riesgo de cáncer. Ningún alimento puede bloquear su efecto directo, pero una dieta rica en antioxidantes naturales —procianidinas, ácidos grasos omega-3, vitamina E, vitamina C, betacaroteno y selenio— puede mitigar el daño provocado por los radicales libres que genera la radiación indirecta. Alimentos como tomates, nueces, avena, arándanos, brócoli, salmón y té verde tienen un rol activo en este proceso de protección celular.
El sodio excesivo —presente en abundancia en los alimentos espaciales procesados, con ingestas documentadas de más de 5,000 mg diarios y hasta 12,000 mg en casos individuales— aumenta la excreción urinaria de calcio, eleva el riesgo de cálculos renales y agrava la acidosis metabólica de bajo grado, que a su vez acelera la reabsorción ósea. La NASA ha reformulado más de 90 alimentos para reducir la ingesta de sodio a 3,000 mg diarios, pero la dependencia de conservadores sigue siendo un desafío técnico no resuelto.
Cultivar alimentos en el espacio es uno de los grandes retos científicos actuales. / Foto: Cortesía Creative Commons
La conclusión más sólida de la investigación actual en nutrición espacial es también la más intuitiva, no hay sustituto real para los alimentos frescos. Las frutas y verduras aportan vitaminas, minerales, fibra y compuestos secundarios que los procesados simplemente no pueden replicar a largo plazo; el proceso de esterilización térmica, la vibración del transporte y la acumulación de radiación durante el almacenamiento van erosionando gradualmente su valor nutricional.
La ISS ya cuenta con sistemas como VEGGIE —una cámara de producción vegetal instalada en 2014— y el PONDS (Passive Orbital Nutrient Delivery System), un sistema hidropónico de autorriego que usa materiales de mecha capilar para conectar el sustrato con reservorios de nutrientes. Se han cultivado exitosamente tomates, fresas, lechuga, rábanos y pepinos en microgravedad. La iniciativa LED de la NASA para cultivos de hojas verdes y tomates ajusta condiciones lumínicas para optimizar el crecimiento bajo distintos escenarios.
Para misiones de muy larga duración —como las que implicaría un viaje a Marte o, en el extremo narrativo, la misión de Grace— la solución apunta hacia ecosistemas cerrados autosuficientes, fotobiorreactores de algas que conviertan el CO₂ y la luz solar en oxígeno y alimento, sistemas de reciclaje de nutrientes a partir de desechos orgánicos, y eventualmente hábitats con gravedad artificial que permitan técnicas de cultivo más parecidas a las terrestres.
La revisión de la NLM concluye que los sistemas de nutrición espacial más sostenibles para misiones de largo plazo dependerán principalmente de la producción de alimentos frescos in situ, dietas de alimentos naturales no procesados, reciclaje de nutrientes y la creación de biosistemas de ciclo cerrado. En otras palabras, el futuro de la alimentación en el espacio se parece más a un jardín que a una despensa.
El futuro de la alimentación espacial podría depender de ecosistemas autosuficientes. / Foto: Cortesía Creative Commons
El legado de la innovación espacial en materia alimentaria es más cotidiano de lo que suponemos. La liofilización que hoy encontramos en la sección de alimentos para bebé, junto a las frutas secas del supermercado o en las mochilas de los excursionistas, es tecnología que la NASA perfeccionó por necesidad operativa.
La industria civil la adoptó porque sus ventajas son irrebatibles, mayor vida de anaquel que la deshidratación convencional, rehidratación más rápida, mejor preservación de la arquitectura nutricional del alimento y, como apunta Rodney Smith de American Outdoor Products, una propiedad que parece trivial pero no lo es, el alimento liofilizado conserva su forma. El fideo no se convierte en papilla. El brócoli liofilizado sigue siendo reconocible como brócoli.
La paradoja es que, mientras la industria espacial trabaja para acercar la experiencia alimentaria del espacio a lo terrestre —más frescura, más variedad, más palatabilidad—, en la Tierra el consumo de ultraprocesados con perfiles similares al ramen instantáneo sigue siendo un problema de salud pública documentado. La brecha entre lo que la ciencia sabe que necesita el cuerpo humano y lo que termina en el plato cotidiano no requiere de microgravedad para manifestarse.
Entonces, ¿qué está comiendo Ryland Grace ahí arriba? Con toda probabilidad, una versión liofilizada y optimizada de ramen, diseñada para resistir años de almacenamiento, preparada con agua a temperatura moderada, empacada para tolerar la microgravedad y formulada para no llevarlo al escorbuto en el tercer mes de misión.