Aquí Querétaro / La capilla de Maximiliano
Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad de quien las emite y no de esta casa editorial. Aquí se respeta la libertad de expresiónLas lustradas botas de los príncipes Khevenhüller y Furstanberg empezaron a dejar de serlo un poco después de recorrer los varios metros que separaban su carruaje de la capilla, hermosa pero diminuta, que ya los esperaba. Seguramente se preguntaban por el cerro del que tanto habían oído y que aquí no alcanzaban a descubrirlo del todo.
En los alrededores, apenas contenidos por algunos guardias, cientos de queretanos los miraban, los admiraban más bien, arrobados ante sus perfectos uniformes y sus cascos persianos rematados con penachos con plumas de colores. Ahí estaban también los ministros de Alemania y de Bélgica, don José María Velasco, por entonces director de la Academia de San Carlos, y el obispo queretano Rafael Sabas Camacho, quien presidiría la ceremonia religiosa.
Johannes Franz Carl Khenvenhüller-Metsch conocía bien México, pero no Querétaro, pues pese a haberse desempeñado como responsable de la Guardia Imperial de Maximiliano de Habsburgo durante las duras épocas del Segundo Imperio, recibió órdenes de resguardar la capital del país cuando las tropas se replegaron a la llamada “perla del Bajío”. Cuando eso sucedió era apenas veinteañero, conde y capitán de caballería. Cosas del destino, con el tiempo logró trabar una buena amistad con Porfirio Díaz, que había sido su contrincante en la guerra, y recuperar las destruidas relaciones entre Austria y México.
Regresaba entonces a nuestro país, ya prácticamente sesentón, a presenciar la inauguración y consagración de la capilla propiciatoria que en el Cerro de las Campanas se había recién construido en el lugar mismo donde fueron abatidos los generales Miramón y Mejía, y, desde luego, el emperador austriaco. Se trataba del momento más emblemático de ese restablecimiento de relaciones y del recuerdo de un imperio de triste final. Era el 10 de abril de 1901.
Auspiciada por la casa de Austria, la capilla fue construida bajo la supervisión de Francisco Kasca primero y después de Santiago Gimeno, quien donó también el terreno, y del presbítero Marciano Tinajero, por entonces director de la Escuela de Artes y Oficios de San José, donde se elaboraron las verjas de ventanas y puerta, además de la madera del altar.
El proyecto arquitectónico de la histórica capilla fue responsabilidad del arquitecto vienés Maximiliano Mitzel, y la pintura del altar, una figura de la Virgen de la Piedad, obra del director de la Academia de Bellas Artes de Viena y donada por Francisco José, el hermano de Maximiliano; la pieza, por cierto, fue robada en 1931 y recuperada cuatro años después, cuando ya había sido substituida por una reproducción de don Germán Patiño.
Una cruz confeccionada con madera de la fragata Novara, la misma que había traído a Maximiliano a México y regresado su cadáver a Europa, se colocó sobre la mesa del altar donde oficio el obispo queretano, y todos los asistentes, príncipes incluidos y la esposa del gobernador, firmaron el acta correspondiente.
Como llegaron, los príncipes Khevenhüller, que había tenido una aventura amorosa con una mujer casada en su primera incursión mexicana y ahora venía con su esposa, y Furstanberg, mucho más joven y mucho antes de que se rindiera a la seducción política de Adolf Hitler, regresaron a su carruaje con las botas mancilladas de polvo. Los muchos curiosos queretanos, algunos todavía con la boca a medio cerrar, siguieron admirándolos hasta que desaparecieron en la distancia y tras una nube de polvo que les nubló la vista.