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El primero de septiembre de este año será una fecha para marcar en el calendario, no solo como el arranque de un nuevo periodo legislativo, sino como el día en que se consolidó, de manera oficial y sin ambigüedades, el control absoluto de la llamada Cuarta Transformación sobre los tres poderes de la Unión. El ejecutivo, en manos de Claudia Sheinbaum; el legislativo, con mayorías amplias en ambas Cámaras; y desde hace apenas unos días, el judicial, con la integración de los nueve ministros electos el pasado 1 de junio. Morena y sus aliados ya no tienen rivales formales en los contrapesos institucionales. El tablero político se inclinó por completo hacia un solo proyecto y, con ello, se cerró el capítulo de las excusas. Ya no hay pasado al cual culpar, porque el pasado, en buena medida, son ellos mismos. Tras seis años de gobierno, con su narrativa de “primero los pobres” y “no somos iguales”, el movimiento gobernante ha acumulado un capital político suficiente como para dejar de mirar por el retrovisor y asumir, de una vez por todas, la conducción del país sin el recurso gastado de responsabilizar a administraciones anteriores.
¿Qué puede implicar semejante concentración de poder? Por un lado, la oportunidad de avanzar en las reformas prometidas y, quizá, cumplir con ese horizonte de bienestar y justicia que tantas veces se enarboló en campaña. Ahora tienen todo: votos, estructura, legitimidad de origen y respaldo popular. Pueden, si lo desean, rediseñar el sistema político mexicano desde sus cimientos. Pero, por el otro lado, también cargan con el riesgo más grande: quedarse sin excusas frente a un país que no espera discursos, sino resultados. La inseguridad, que sigue lacerando a millones de familias; el estancamiento económico, que golpea a quienes viven al día; la falta de medicinas, que se convirtió en un símbolo de la incompetencia gubernamental; la corrupción que se prometió erradicar, pero que florece en nuevas formas bajo nuevas banderas; todo eso ya no puede justificarse con el “nos dejaron un cochinero”. Hoy, el cochinero, si lo hay, es propio.
El poder absoluto siempre ha sido un arma de doble filo. Otorga la capacidad de actuar sin ataduras, pero también desnuda, con crudeza, los errores. Cuando todo depende de ti, no hay enemigo ni adversario que cargar a la espalda como pretexto. Morena insistió durante años en que necesitaba el control del Congreso y de la Corte para transformar de raíz el país. Hoy lo tiene. Y la ciudadanía tiene todo el derecho de exigir que esa transformación no se limite a cambios cosméticos o a la sustitución de unos nombres por otros en las mismas prácticas de siempre. La historia enseña que las concentraciones de poder, si no se acompañan de eficacia, suelen terminar en decepción y autoritarismo. Y aunque el discurso oficial promete una democracia más auténtica, lo cierto es que las señales despiertan dudas legítimas: ministros electos por acordeones, legisladores obedientes más al partido que a los ciudadanos, gobernadores alineados sin margen de crítica. Todo eso dibuja un escenario de uniformidad política donde la pluralidad, esa que debería enriquecer la democracia, parece quedar relegada.
Por eso, más que nunca, la vara de la exigencia ciudadana debe estar alta. El gobierno ya no puede hablar del “pasado neoliberal” ni de “los corruptos de antes” como si fueran fantasmas que todavía mandan. Ese pasado se diluyó con el voto masivo que la ciudadanía les confirió. Hoy, el presente y el futuro son suyos, y con ellos, la responsabilidad total. Resolver la violencia criminal, garantizar el crecimiento económico, atender la salud, recuperar la confianza en la justicia, asegurar que la educación sea una palanca de movilidad y no un privilegio: todo eso recae, desde ahora, sin excusas, en las manos de la 4T.
México entra, pues, en una etapa inédita. Una en la que, por primera vez en décadas, un solo movimiento político concentra el mando de los tres poderes. Lo que hagan o dejen de hacer no podrá ser achacado a nadie más. Si la vida pública mejora, será su mérito; si se deteriora, será su fracaso. La pregunta es si este gobierno está preparado para vivir sin enemigos a quienes culpar, si podrá gobernar con la misma eficacia con la que ha sabido ganar elecciones, si estará dispuesto a rendir cuentas sin oposición que lo obligue. La concentración de poder abre la puerta al cambio, pero también al riesgo de la autocomplacencia y la soberbia. Y la verdadera incógnita, la que millones de mexicanos se hacen hoy, es simple y brutal: ¿qué hará Morena con el poder total que tanto deseó?