Análisismiércoles, 23 de julio de 2025
El deber de inspirar
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En tiempos donde la palabra se vuelve acción y el testimonio puede transformar realidades, las mujeres que hemos logrado abrirnos paso en los distintos ámbitos de la vida —la política, la academia, la ciencia, la cultura, el deporte, la empresa— tenemos una obligación moral ineludible: compartir nuestro trayecto. No como un acto de vanidad o autocelebración, sino como una forma concreta de justicia intergeneracional. Porque inspirar, cuando se tiene voz y visibilidad, también es un deber político.
Lo he comprendido al mirar hacia atrás y reconocer a las mujeres que, en distintos momentos de la historia reciente, se atrevieron a romper esquemas. Pienso, por ejemplo, en Rigoberta Menchú, símbolo vivo de la dignidad indígena y la resistencia de las mujeres frente a los sistemas de opresión más atroces. Su voz, tejida en lengua materna y en sufrimiento, logró trascender las fronteras y colocar en el centro del mundo las demandas históricas de los pueblos originarios. Hablar de Rigoberta no es hablar solo de un Nobel; es hablar de una memoria viva que sangra, que denuncia y que educa.
También pienso en Malala Yousafzai, víctima de la intolerancia y sobreviviente del fundamentalismo más brutal. Su historia no es solo un drama personal, sino una denuncia internacional sobre lo que significa ser mujer en regiones donde querer estudiar es un acto subversivo. Su valentía, al igual que la de tantas niñas en situaciones extremas, es una bofetada a las sociedades que aún hoy niegan el derecho a la educación como un privilegio que debe ganarse y no como un derecho humano elemental.
Y no puedo dejar de evocar a una mujer que marcó mi vida de forma personal y entrañable: la exdiputada oaxaqueña Eufrosina Cruz Mendoza. Mujer indígena zapoteca, rebelde contra la costumbre, símbolo de una lucha que empezó cuando su comunidad le negó el derecho a votar y ser votada por el simple hecho de ser mujer. Tengo el privilegio de conocerla y de llamarla amiga. Su claridad, su fuerza, su sentido de justicia, me interpelaron como legisladora, como mujer y como mexicana. Ella, como tantas otras, no esperó el permiso del sistema. Se enfrentó a él. Y al hacerlo, nos abrió puertas a todas.
A veces se olvida que detrás de cada mujer que rompe una barrera hay un contexto hostil que ha tenido que ser confrontado. La violencia simbólica, la condescendencia institucional, los techos de cristal que se esconden bajo discursos progresistas. Por eso, cada historia de éxito es también una historia de resistencia. Y cada historia de resistencia merece ser contada. Hoy, como diputada federal, como mujer feminista y orgullosamente veracruzana, tengo la firme convicción de que nuestro rol no se agota en legislar o representar. Nuestro testimonio debe ser útil para aquellas niñas y jóvenes que aún no saben que tienen derecho a soñar en grande. No basta con romper techos de cristal si no ayudamos a otras a construir la escalera para alcanzarlos.
Estoy convencida de que las mujeres que hemos llegado a espacios de toma de decisiones tenemos una responsabilidad social profunda: hacer de nuestra historia un puente. Abrir camino para otras no solo es un acto de solidaridad, sino de coherencia ética. El liderazgo femenino debe tener un componente profundamente generoso, porque el éxito individual no transforma estructuras si no se convierte en compromiso colectivo.
No hay liderazgo válido que no sea generoso. No hay poder legítimo si no se pone al servicio de otras. El testimonio, cuando es auténtico, se vuelve semilla. Y estoy convencida de que si cada una de nosotras planta la suya, este país puede florecer en igualdad, en libertad, y sobre todo en justicia. Porque toda niña mexicana, sin importar su cuna, merece crecer escuchando que su voz importa. Y que su historia, aún no escrita, puede cambiar al mundo.