Futuro del ciudadano
Si quieres una imagen del futuro,
imagina una bota pisando un rostro
humano... para siempre.
George Orwell/1984
El futuro pinta de excelencia a los nostálgicos de la dictadura, pero pésimo a los fanáticos de la democracia.
No son necesarias licenciaturas, maestrías o doctorados en Derecho, Ciencias Políticas o en Sicología, para entender lo que pasa durante las 24 horas en el país, en los estados o en los municipios.
El origen de los problemas políticos, económicos, sociales, culturales, religiosos, científicos y tecnológicos obedece a la falta de congruencia entre lo que se piensa, dice y hace.
La existencia del doble discurso y la practica de la doble moral empuja más a la confusión que al esclarecimiento de ideas.
No se busca la honestidad o la transparencia para enganchar la confianza del ciudadano común y corriente, de los de en medio, de los de abajo o del montón.
El panorama a corto, mediano o largo plazo no se ve del todo halagüeño a los propósitos de mejorar las condiciones de vida del jornalero, del campesino, del empleado, del técnico o del profesionista, que representan la base productiva real de la nación.
El futuro sombrío dibuja escenarios que se antojan extraídos de una novela de ciencia ficción.
El ciudadano del futuro cercano, mediano o lejano —en un lamentable descuido— sólo tendrá cuatro alternativas para sobrevivir —no vivir— en el fascinante mundo del cambio, del estamos bien y viene lo excelente.
Los cambios que se avecinan —si otra cosa no sucede por aquello de la magia y del milagro— son lo suficiente claros como para no advertir a tiempo.
El ciudadano común quedará a merced de la manipulación informativa, a la práctica de la vigilancia masiva, a la represión política y al sometimiento social.
Un sector altamente considerable —de acuerdo con encuestas a nivel nacional— no confía en los partidos, en los candidatos propuestos y en la palabra del político de los tres niveles de la administración pública.
Los representantes de elección popular y los responsables de cargos administrativos se han olvidado de la pieza fundamental del concierto democrático: el ciudadano.
carloslucioacosta@gmx.com














