diariodexalapa
Análisisdomingo, 1 de octubre de 2017

Sindicalismo Negro

Lo que cuentan son los

hechos, y no las palabras.

Napoleón Hill/Las leyes

del éxito

El sindicalismo no ha muerto, agoniza. Los dirigentes prestan mayor atención a las observaciones patronales que a las demandas del trabajador.

La base del sindicalismo descansa en la búsqueda de mejores incrementos salariales, la reducción de jornadas de trabajo, mayor protección social y la defensa de los intereses de la clase laboral.

El fallecimiento de tres secretarios generales permite ojear el rumbo impreso en los recientes cincuenta años de ejercicio.

La antidemocracia, amparada en presuntas reelecciones, el manejo nada transparente de cuotas, la negociación bajo la mesa de los contratos colectivos o condiciones generales de trabajo han dado forma al poderoso virus del corporativismo.

Las recientes reformas aplicadas a la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos en materia laboral pusieron sobre la mesa la debilidad o complicidad de los representantes sindicales en el Congreso de la Unión.

Los líderes saltaron del establo patronal a la sumisión política, haciendo a un lado las conquistas cacarareadas en la celebración de cada primero de mayo.

¿Por qué no pusieron el grito en el cielo o la marcha de protesta durante los debates reformistas escenificados en las cámaras de senadores y diputados federales?

En los últimos 50 años el sindicalismo no sólo ha servido para enriquecer dirigentes y allegados, sino también para la venta de plazas y promociones de tipo sexual.

Pequeños, medianos y grandes recintos antidemocráticos dirigidos por remedos de dictadorzuelas y dictadorzuelos, dispuestos a pactar con Dios o con el Diablo al precio que la circunstancia determine.

El romanticismo de los mineros de Cananea o de los textileros de Río Blanco quedó atrás.

La fuerza del sindicalismo se ha debilitado por las ambiciones más personales que de grupo, de los dirigentes.

Estos personajes escalan posiciones a cambio de comprometer el voto de sus agremiados con determinadas corrientes ideológicas políticas, económicas, sociales, culturales, religiosas, científicas y tecnológicas, nacionales y extranjeras.

Sólo basta con observar el nivel de vida del dirigente y el del agremiado para salir de dudas.

Las garantías, aun las constitucionales, no son las mismas, existe grieta bastante profunda entre el líder y el empleado.

La complicidad, abierta u oculta, lastima.

Y esto resulta mucho más grave cuando organizaciones extranjeras sean las que indiquen que en materia laboral no andamos bien, sino mal.

El aparato gubernamental, en sus tres niveles, tiene mucho que ver en que las mejorías económicas, sociales y culturales, no lleguen al obrero, al trabajador.

Resulta mucho más barato corromper al líder que aumentar algunos pesos, no centavos, al salario mísero del empleado o de la empleada.

Está visto que desde hace algún tiempo la ropa sucia, ya no se lava en casa, sino en el extranjero.

Es una vergüenza mayúscula que la casta dirigente en el curso de más de 30 años de mantenerse en el poder, no prestara atención a leer algunas líneas, no párrafos, de esa obra titulada El Capital, escrita por el doctor Carlos Marx Pressburg.

El sindicalismo negro, va en picada.

carloslucioacosta@gmx.com

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