La delgada línea
La línea que separa hechos recurrentes que hasta podrían parecer comunes y delitos graves es tan delgada, que romperla ocurre en tan solo un abrir y cerrar de ojos.
Pero –como decía– aplica para todo: una persona corrupta será una persona propensa a ser violenta, porque si no respeta las normas, explora el estirar esa liga en todos los terrenos de su vida diaria.
Por eso es tan grave que normalicemos algunas conductas que aunque sean frecuentes, no deben ser permitidas ni se trata de asuntos menores de la vida privada que no trascienden hacia otros ámbitos de esa persona.
A continuación hablaré en masculino sobre una forma de violencia que es más común de lo que quisiéramos, no porque no haya mujeres que también incurren en esta práctica, sino porque la tendencia es que es una conducta mayoritariamente cometida por hombres.
Pero que en el afán de evitar cumplir con sus responsabilidades para el sostenimiento económico de sus menores, ese sujeto incurra en violencias físicas o feminicidas hacia las madres de sus menores, es un paso que tristemente se observa que es más frecuente de lo que razonablemente podamos comprender.
En los últimos meses han salido a la luz pública casos en el país en donde el presunto agresor de mujeres es su expareja, que reacciona de forma violenta contra ellas luego de la denuncia que les interpusieron o por la exigencia de que cumplan con su responsabilidad financiera.
Más que traer los nombres de ellas a este espacio –lo que no hago para evitar continuar con su revictimización– me planteo la pregunta de ¿cómo es posible que las autoridades sigan sin considerar la gravedad que implica la violencia vicaria para las mujeres que la padecen?
Por ello hago un respetuoso pero potente llamado a todas las instancias para que no minimicen los casos de violencia vicaria de los que tengan conocimiento. Y claro, elevo la exigencia al Congreso veracruzano para que legisle en la materia, porque es inaudito que aquí ni siquiera sea delito.















