Sin dinero
La economía nacional está comenzando a mover fuertemente las bases de aprobación y las coordenadas electorales del país.
Estamos viviendo ya un largo periodo de estancamiento. Este año, si bien nos va, la economía crecerá apenas 0.6%. Quizá menos.
No es una novedad: es una constante.
En seis años de AMLO, la economía creció a un ritmo promedio de 0.8% anual. En su sexenio, apenas se registró un aumento acumulado que roza el 5%.
Cierto: enfrentó la pandemia. Pero ya antes de empezar su sexenio, en 2018, la economía se contrajo por su decisión de cancelar el NAICM. La política económica no ha sido nunca el fuerte de la 4T.
La creciente concentración de poder político no ha estado acompañada de un impulso a la inversión de manera integral. Los proyectos de infraestructura del sexenio pasado le dieron esteroides al sureste. Cuando terminaron, vino el desplome.
Ahora, el freno se siente en los bolsillos de las familias. Se saben sin dinero.
La inflación, sobre todo en alimentos, se come el mandado.
Los aumentos en el salario mínimo no alcanzan porque la informalidad crece y, además, porque padecemos una destrucción de empleo formal.
La deuda sigue creciendo. En un año, aumentó en 1.4 billones de pesos. Ya rebasa los 18 billones de pesos y en 2026 se incrementará en 1.7 billones más.
El año entrante las cosas no serán mejores. Habrá un primer semestre lleno de incertidumbre por la revisión, renegociación o segmentación del tratado de libre comercio con Estados Unidos y Canadá. La incertidumbre ahuyenta la inversión.
La reforma judicial ha inyectado gran incertidumbre para invertir en el país.
Los polos de desarrollo son una buena idea para impulsar el crecimiento, pero no se ve, aún, que exista el andamiaje robusto necesario para pasar del plan al programa y del programa a la realidad.
La falta de liquidez del gobierno comienza a generar tensiones políticas en diversos sectores, en diferentes estados.
Las familias empiezan a resentir la escasez.
Sin dinero, la política se transforma.
Ya lo estamos viendo.
