Durante mucho tiempo me resistí a aceptar que existía un plan perverso de quienes detentan el poder económico y político para evitar que al pueblo se le imparta una educación de calidad. Mejor que no sepan ni piensen, diría en privado cualquiera de nuestros personajes públicos.
Nuestra generación dejó las aulas; llegaron otras que intentaron retomar nuestra lucha y luego otras menos combativas. Pero aquel fantasma de la privatización que impulsó el desmantelamiento de la educación pública y popular no se detuvo, lamentablemente.
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Mi equivocada creencia de que todos por igual aspirábamos a un mejor mundo, con un desarrollo generalizado, a una democracia educativa y cultural con acceso para todos a esos bienes intelectuales de la humanidad, era un ideal y un deseo de quienes se comprometían a ocupar cargos de elección popular, como es la misión de la democracia según se nos ha hecho creer.
Pero con el correr de los años fui entendiendo y aceptando que es real aquella vieja consigna de que un pueblo ignorante es un pueblo que no conoce sus derechos ni mucho menos será capaz de exigirlos ni de cumplir con sus obligaciones. O sea, es una masa informe de electores que pueden ser domesticados, acarreados y utilizados para fines aviesos de los partidos políticos. Tampoco serán capaces de comprender que la riqueza del país, según la Carta Magna, corresponde a todos los mexicanos y debería estar destinada a su desarrollo progresivo y no a la de un puñado de individuos que son quienes realmente la utilizan para su beneficio, haciendo uso de políticos, legisladores y autoridades judiciales que son el medio y comparsa para lograrlo. Pedir que ocurra esa maravillosa idea filosófica de la cultura tojolabal, el mandar obedeciendo, resulta ya verdaderamente impensable en la actualidad.
Me tocó estudiar, afortunadamente, en la UNAM. En la Escuela Nacional Preparatoria primero y luego en la Facultad de Filosofía y Letras. Al inicio de mi licenciatura también me tocó toparme, e integrarme a él, con un movimiento estudiantil, el CEU histórico, que se oponía frontalmente a varias de las medidas fondomonetaristas que pretendía introducir el rector en turno, el Dr. Jorge Carpizo. Ahí fueron consolidándose firmemente mis convicciones ideológicas, políticas y humanitarias que habían ido desarrollándose desde mis estudios en la Secundaria y aquellas lecturas de ese entonces.
La reforma propuesta por Carpizo para la UNAM tenía no sólo que ver con una probable privatización de la universidad pública y con el aumento de las cuotas de inscripción y una serie de pagos adicionales que a los estudiantes de escasos recursos y provincianos –como era mi caso siendo comiteco-, nos habría dejado imposibilitados para continuar nuestros estudios universitarios. Pero lo más grave, el país –estoy hablando de 1985- comenzaba a alinearse a las políticas rentistas, neoliberales, de extracción y expoliación de las riquezas naturales –petróleo, minería, forestales, hídricas- del FMI, del BID, del Banco Mundial –los grandes agiotistas internacionales e instrumentos de las incipientes políticas globalizadoras- que también comenzaron a incidir en nuestros países a cambio del suministro de préstamos leoninos e impagables de los países ricos a los países pobres ó “en desarrollo”; sobre todo en el aspecto educativo y los programas de enseñanza (no me voy a meter en los aspectos financieros, políticos, etc.).
Es decir, aquel puñado de jóvenes universitarios de todo el país nos opusimos a la política educativa que pretendía desmantelar el pensamiento crítico de las universidades y convertirlas en semillero, o como se dice hoy en día eufemísticamente “incubadoras” de mano de obra barata para la maquila mundial. Ahí también se inició la razón de la sinrazón por la cual nuestros países no invierten en ciencia, ni tecnología, ni investigación, sino que con el sistema actual de cosas estamos destinados a importar, depender y pagar altísimos costos por todo eso tan necesario para el desarrollo del país, en vez de producirlo, inventarlo, nosotros mismos.
Aquellos tiempos parecen tan lejanos. A partir de entonces tal pareciera que la marcha de la historia comenzó a caminar apresuradamente, con otros ritmos, precipitada y tan indetenible que pocos recordamos aquellos momentos en que en realidad se jugaba y decidía el futuro del país; de este país que como consecuencia de todo aquello, se nos está cayendo en pedazos entre las manos. En muy contadas ocasiones hay un articulista o editorialista que haga una reflexión histórica de todo este proceso para que podamos comprenderlo mejor. Pareciera que hay nuevamente una perversa intención de hacernos creer que no había otra opción, que todo esto ocurrió por generación espontánea y que era el camino ineludible. Como si la historia hubiera tenido nada más esta opción sin haber podido optar por otro sendero humano.
Sabemos del daño que las políticas públicas de las últimas décadas han procurado al campo. Su desmantelamiento. Su falta de productividad. Esta política de destinar a fondo perdido los apoyos económicos para el campo que buscan en vez de la productividad del mismo el conformismo y entorpecimiento del músculo de los campesinos con dádivas frecuentes a cambio de los votos asegurados para tal o cual partido en turno.
Es algo semejante a lo que ha ocurrido en la educación. Se destina quizá una parte muy sustancial –nunca suficiente ni la cifra adecuada y propuesta por la UNESCO que sería el 3% del PIB- del presupuesto anual, pero se esparce como en el campo yermo hacia lugares que no abonan a fertilizar la tierra. Es decir, gastos de operación y pago a líderes y canonjías que en nada son favorables realmente a aumentar la calidad de la educación ni mucho menos a ampliar la cobertura indispensable en el país. Con decir que en las últimas dos décadas no se han abierto nuevas universidades públicas estatales –cuando sí han proliferado los negocios particulares de educación que se han echado también a cuestas la responsabilidad que le corresponde al Estado-y por el contrario los rectores de las principales universidades del país han levantado su voz de protesta debido a que los presupuestos etiquetados para sus respectivas instituciones son cada vez más raquíticos. ¿Qué significa eso? Que va avanzando el proceso de estrangulación de la enseñanza superior gratuita de calidad. Esa sí que no se detiene.
Y los resultados están a la vista. Gente que no conocemos los reglamentos, las leyes, no tenemos conocimiento del daño al entorno ecológico, ni mucho menos idea de hacia dónde vamos como sociedad puesto que no somos capaces no solamente de comprender la situación ni mucho menos formular propuestas de solución. Pero tampoco tenemos, por falta de educación, el suficiente conocimiento para cuidar nuestra salud, ni nuestra seguridad, ni lo que comemos y sus valores nutricionales. Bueno, en pocas palabras, hasta la comida escasea. Nos hemos convertido en una sociedad productora de gente en pobreza extrema. Tres cuartas partes de la población mexicana viven en la pobreza. ¿No es eso suficiente para alertarnos? Simplemente en Chiapas está el 42% de municipios del país en extrema pobreza. Casi nada, ¿verdad? Entonces, ¿a qué esperarnos? ¿A que seamos la totalidad?
Recientemente conversaba con gente muy cercana que me expresaba su desaliento total ante el futuro del país, que me hablaban de únicamente asirse a una tabla de salvación para protegerse a sí mismos y su propia familia en medio de este caos y que al resto se lo lleve el carajo. Sin ninguna resquicio de esperanza, de ilusión por enderezar el barco. Se nos ha desarmado totalmente y desposeído inclusive de las herramientas para construir un mejor futuro ante tanta corrupción, impunidad y violencia. No perdamos de vista que la violencia es producto de la corrupción y de la impunidad, no a la inversa, no permitamos que nos sigan engañando.
La educación y la cultura son tan necesarias como lo pudieron haber sido al principio de esta pesadilla que vivimos; pero también siguen siendo el principio de la resolución de estos problemas actuales pero tampoco hoy las vemos ni pretendemos tomarlas en cuenta. Quizá sería el atenderlas la última oportunidad de despertar de esta pesadilla en que hemos convertido al país y permitirnos comenzar a soñar construyendo una mejor realidad.
Hemos llegado a tal grado de incompetencia como sociedad que tenemos un presidente que dice hemos “volvido” –nada de que no sabe conjugar los verbos, no se trata de aptitudes gramáticas sino de estulticia- y que confunde autores de libros porque nunca ha leído uno –aquella vieja anécdota suya en la Feria del Libro de Guadalajara cuando confundió un título de Carlos Fuentes con otro autor-, y cuya aritmética está enrevesada de tal modo que considera el valor 5 menor a 1; y después de eso, vienen quienes tampoco le quedan a la zaga: titulares del ejecutivo estatal ignorantes y superficiales y alcaldes que no imitan la onomatopeya asnal porque no consiguen encontrar la tonada. Esta es la realidad del país. No es que la educación no haya llegado a las altas esferas sino que los dueños del poder han buscado a los más ignorantes para elevarlos a las altas esferas del poder y sean incapaces de cumplir con sus responsabilidades.